El 29 de junio, festividad de San Pedro y San Pablo, es una fecha importantísima para los cordobeses, pues se conmemora la reconquista de Córdoba capital en el año 1236, de lo que ahora se cumplen exactamente 790 años. Fue uno de los acontecimientos más importantes de la expansión castellano-leonesa por el sur de España, la primera de las grandes ciudades tomadas por el rey caballero, cargada de simbolismo por haber sido capital del Califato y antigua gran capital romana de la Bética.
Este hecho de armas comenzó de forma inesperada a finales de 1235, cuando según la Crónica de veinte reyes, un pequeño grupo de soldados cristianos, aventureros almogávares que partiendo de Andújar aprovechó la escasa vigilancia de las murallas para entrar en la ciudad escalando sus muros la noche del 23 de diciembre y ocupar el barrio de la Axerquía, enviando emisarios al rey, que estaba en Benavente (Zamora), y al adelantado de la frontera, Alvar Pérez de Castro, que les socorrió antes al estar en tierras de Jaén . Al conocer la noticia el rey Fernando III el Santo estando en Benavente, en torno al 15 de enero, marchó inmediatamente desde tierras de León para apoyar a los atacantes. Según el obispo Lucas de Tuy, en su Chronicon Mundi, Don Fernando pronunció estas palabras a los caballeros leoneses y zamoranos que le acompañaban: “Si alguien es mi amigo y mi vasallo, que me siga”. Aún así, no alcanzaría Córdoba hasta el 7 de febrero, en pleno invierno muy lluvioso, según la Chronica latina regum Castellae o Crónica Latina, seguido prácticamente de sólo cien caballeros y un reducido ejército que se reforzó semanas después. Su llegada fue a través del puente de Alcolea, donde le esperaba Pérez de Castro con sus milicias, más las órdenes militares y las mesnadas de los obispos de Cuenca y Baeza. La desunión y debilidad del caudillo islámico Ben Hud, que dominaba buena parte de lo que quedaba de al-Ándalus, inmerso además en disensiones internas, ayudarían a la consolidación del sitio leonés y castellano sobre Córdoba, que tras un largo asedio de seis meses culminó al inicio del verano de aquel año, con la rendición de la antigua capital califal, cuyos habitantes entregaron las llaves de la ciudad por acuerdo de rendición.
Fue el sábado 29 de junio del año de gracia 1236. Nada más entrar colocaron la Santa Cruz y el pendón de Castilla en los principales edificios, incluida la mezquita principal. Así lo refleja Juan de Soria en su Crónica Latina:
Y así la enseña del Rey eterno fue acompañada con la bandera del rey Fernando. Al aparecer, por primera vez en la citada torre, produjo confusión y llanto inefables a los sarracenos y, por el contrario, gozo inefable a los cristianos. El día feliz iluminó a las criaturas de todos los puntos cardinales del mundo en la dichosa festividad de los apóstoles Pedro y Pablo; esta solemnidad anual se celebraba en ese día.
Ese mismo día, además, la mezquita principal fue consagrada de nuevo como iglesia cristiana (pues ya lo fue entre los siglos V y VIII). Así lo refleja la Crónica Latina también:
Por la tarde el canciller, a saber el obispo de Osma, y con él el maestre Lope, quien por primera vez colocó la señal de la Cruz en la torre, entraron en la mezquita, y, preparando lo que era necesario para que de mezquita se hiciera iglesia, expulsada la superstición o herejía mahometana, santificaron el lugar por la aspersión del agua bendita con sal, y lo que antes era cubil diabólico fue hecho Iglesia de Jesucristo, llamada con el nombre de su gloriosa Madre.
El mencionado Lope era Don Lope Fitero, que sería el primer obispo cordobés de la diócesis restituida. Al día siguiente, el domingo 30 de junio, entró solemnemente en la ciudad el propio rey Don Fernando, que se dirigió directamente a la iglesia nuevamente consagrada, celebrándose solemne pontifical oficiado por el obispo de Osma, una Misa a la que asistieron también los obispos de Baeza, Cuenca, Plasencia y Coria, y se entonó el Te Deum. Allí encontraron las campanas de Santiago de Compostela que el caudillo califal Almanzor saqueó en el año 997, llevándolas hasta Córdoba a hombros de cautivos cristianos, y que desde entonces servían como lámparas en la mezquita. Según el arzobispo de Toledo Jiménez de Rada en su Historia Gótica o De rebus Hispaniae, el rey Don Fernando las devolvió a la catedral de Santiago, a lo que añade Lucas de Tuy que, además, se hizo a hombros de moros: “Rex catholicus Fernandus fecit eas Sarracenorum humeris ad ecclesiam sancti Iacobi reportari”.
El rey residió en la ciudad hasta agosto, viajando después a Toledo donde le esperaba la reina madre Doña Berenguela, dejando como gobernador de Córdoba a Alfonso Téllez de Meneses y al frente de la posición militar a su fiel Alvar Pérez de Castro. A la ciudad de Córdoba llegaron posteriormente, ese otoño, miles de personas llegadas para repoblar desde toda España, principalmente del reino de Castilla y, como ha podido constatarse, sobre todo de las actuales provincias de Toledo y Ciudad Real.
La reconquista de Córdoba tuvo una enorme importancia porque puso fin al dominio musulmán sobre la antigua capital del califato y fortaleció el avance cristiano hacia el valle del Guadalquivir, facilitando posteriormente la reconquista de otras ciudades como Jaén, Sevilla o del resto de la actual provincia de Córdoba.
Tras 1236, Fernando III creó el reino de Córdoba, del que fue primer rey (unió el título a los principales títulos de León y de Castilla), e impulsó la repoblación de Córdoba y su territorio de 1236 a 1241 con habitantes procedentes de Castilla y León principalmente (especialmente como ya se ha mencionado toledanos) y repartió tierras entre quienes habían participado en la campaña. En los años 1240-41 consolidó la reconquista del territorio de la actual provincia de Córdoba, avanzando por el sur (llegando hasta la Subbética), y otorgó el Fuero de Córdoba, ley muy similar al Fuero de Toledo, pero también al Fuero Juzgo hispano-visigodo, un conjunto de leyes y disposiciones para gobernar y repoblar Córdoba en los siguientes decenios. De allí provenimos la gran mayoría de los actuales cordobeses, en un largo camino que se inició hace casi 8 siglos. Es muy recomendable, para su estudio y mejor conocimiento, entre otras, las obras “Fernando III el Santo” de D. Manuel González Jiménez y “La Iglesia y “El obispado de Córdoba en la Baja Edad Media (1236-1426)”, de D. Iluminado Sanz Sancho.
Debemos considerar y valorar, precisamente por todo lo comentado, la importancia que tiene para nosotros como cordobeses y como seres humanos, esta extraordinaria historia de casi ocho centurias, y reflexionar hondamente sobre el escaso conocimiento que de ella tiene el cordobés medio actual. El rey Fernando III es, verdaderamente, el padre de los cordobeses y aún de todos los andaluces actuales, como algunos venimos defendiendo desde hace tiempo.
Añadamos además, que los trabajos con fuentes y documentación original del profesor González Jiménez, un verdadero maestro de la historia bajomedieval andaluza, demostraron hace décadas la procedencia castellano-leonesa de nuestros ancestros, pero además recientemente los estudios genéticos de las Universidades de Oxford y Santiago de Compostela lo han confirmado, siendo que los habitantes de Santander, Burgos, Soria, Cuenca o Ciudad Real son los más similares genéticamente hablando de España a los cordobeses, en un eje norte-sur que se explica precisamente por el proceso de repoblación inherente al de Reconquista. Rompiendo mitos y falsas ideas románticas del s. XIX e inicios del XX que nos alejan del resto de nuestros hermanos españoles.
Por último, hay que proponer y animar al conjunto de la sociedad cordobesa al reto de conmemorar en 2036 los ocho siglos exactos de la reconquista de la ciudad y fundación del reino de Córdoba, hoy provincia, origen verdadero de la llegada de nuestros antepasados a la tierra que una vez fue, también, de sus ancestros (pues efectivamente fueron miles los cristianos -mal llamados mozárabes- los que en los siglos VIII al XI tuvieron que huir desde al-Ándalus al norte, repoblando Castilla y León hasta hacerlas lo suficientemente grandes y poderosas como para impulsar definitivamente, desde el importante eje de los años 1085 a 1212, el proceso político, militar, económico y restaurador conocido como Reconquista, que culminaría en 1492 gracias a Doña Isabel de Castilla y Don Fernando de Aragón, los Reyes Católicos).
Debería ser esa conmemoración, dentro de diez años, un proceso de toma de conciencia social y civil, que fuese impulsado desde abajo por asociaciones culturales y ciudadanas mejor que desde partidos o instituciones, pero que finalmente fuese asumido por todos, y que ayudase a galvanizar e impulsar también y en todos los sentidos a nuestra provincia. Ya algunas entidades lo llevan promoviendo desde hace tiempo, sin ir más lejos las asociaciones culturales Egabro 1240, en el sur de la provincia, y Paso al Frente, en Córdoba capital. Que así sea.