La censura sufrida por la película Citizen Vigilante, escrita y dirigida por el germano Uwe Boll, le ha dado muy probablemente un impulso a la curiosidad de muchos ciudadanos por verla. Es más, sin esta censura —en Alemania se le negó la calificación por edades argumentando que promovía la violencia contra los inmigrantes— habría pasado mucho más desapercibida. El hecho de ser censurada, precisamente, dio pie a que Elon Musk publicara el film en su cuenta de X, donde es muy fácil encontrarla con subtítulos en castellano.
Como no podía ser de otra manera, Boll recibió las iras de la progresía y de la sociedad biempensante, raudas siempre en reclamar la libertad de expresión para sus propias barrabasadas y más veloz si cabe en criticar y tratar de prohibir lo que no les gusta. Para ser justos, hay que decir que también ha sido defendido por los que se alinean con el mensaje de la película.
El director tampoco se ha cortado un pelo defendiendo su obra, explicando que está basada en un caso real de una violación grupal por parte de jóvenes inmigrantes a una chica alemana de quince años en Hamburgo. La joven, que había bebido y perdió de vista a sus amigos, fue violada por un primer de grupo de cuatro jóvenes. Aturdida, vagaba por el parque donde fue abusada cuando un segundo grupo perpetró una nueva violación. Los hechos conmocionaran a la ciudadanía. Pero lo que añadió gasolina al fuego fue la actuación de las autoridades, en primer lugar del juez encargado del caso, que declaró públicamente que «en la cultura de la que los perpetradores provienen la violación en grupo es una especie de acto de formación de identidad, no se les debe guardar rencor». Con dos cojones. ¿Qué habría dicho semejante malnacido si le hubiera pasado a su mujer o su hija, si las tiene? La ola de indignación desatada llevó a que su señoría fuera objeto de amenazas. La psiquiatra Nahlah Saimeh —de padre palestino—, que trabajó en el caso, declaró en una entrevista que la violación grupal contra la indefensa joven pudo haber servido a los jóvenes para «dejar salir su ira y frustración en relación con su origen migratorio». De los once arrestados, dos fueron absueltos, ocho condenados a penas de uno a dos años de prisión con libertad condicional y el último a dos años y nueve meses de cárcel. Ni las rebajas, oigan.
Boll, que no parece un hombre especialmente preocupado por la integración de los inmigrantes ni por favorecer la sociedad multicultural, se ha defendido de las críticas y ha cargado contra este indignante discurso: «Era como si la prensa dijese: ‘Pobres agresores’. Vivimos en un entorno político completamente absurdo, especialmente en Europa”, comentó. “Hay una gran diferencia entre el llamado ‘discurso de odio’ y apuñalar a alguien en el cuello. Pero los hechos ya no importan».
La película está dedicada «a las miles de víctimas de violación y asesinato en Europa que fueron traicionadas por nuestro sistema legal», tal y como consta explícitamente en el mensaje final.
Y de estos hechos, Citizen Vigilante.
La cinta pone sobre la mesa un debate que ya no se puede ignorar, a no ser que alguien quiera engañarse: la relación evidente entre inseguridad ciudadana e inmigración masiva e incontrolada. A lo largo de toda Europa, los autóctonos somos víctimas de robos, apuñalamientos, violaciones y asesinatos a manos de inmigrantes, especialmente africanos y asiáticos, muchos de ellos musulmanes. En muchos de estos casos, las penas que recaen sobre los perpetradores son una maldita broma, e incluso se culpa a las circunstancias sociales en descargo de los autores de estos crímenes, cuando no se dice que el agresor ha sufrido un brote. Y no es sólo esto. En un alarde de cinismo, desde los medios y las instituciones se nos vende la burra de que el peligro para los ciudadanos es la extrema derecha y su islamofobia.
La película denuncia verdades como puños, como por ejemplo que los europeos trabajamos y pagamos impuestos que van destinados al sostenimiento de inmigrantes. No estaría bien caer en una generalización injusta, pero tampoco se puede negar que esto se da en numerosas ocasiones; muchos vienen a que les mantengamos. Esto es así. También refleja cómo los padres sufren por la seguridad de sus hijos o que muchas mujeres tienen miedo de salir por la noche. Y lo que es peor, se denuncia el papel no solamente cómplice, sino protagonista como actor negativo, del propio Sistema, señalado en las figuras de la policía, los tribunales y el Estado: «El Estado, los tribunales, la policía… no han fallado […]. Solo están para controlarte». En esa misma esfera de ejercer un control social sitúa a «las falsas religiones y falsas políticas». El papel del justiciero, pues, es ejercer la justicia que el Sistema niega a las víctimas y ayudar al ciudadano a tomar las riendas de su destino: «Estoy aquí para ayudaros a recuperar el control. Estoy aquí para mostraros que ya no sois víctimas. Estoy aquí para mostraros que ya es hora de salir y demostrarles a esos cabrones que ya no van a seguir saliéndose con la suya. Recuerda: hago esto por ti hasta que aprendas a hacerlo por ti mismo». Como decimos en España, sólo el pueblo salva al pueblo.
Es sin lugar a dudas una película muy valiente y con un mensaje muy potente que apunta sin disimulo a la inmigración islámica y a la izquierda woke, a quienes acusa de perpetrar «una toma de poder hostil», lo que pone en peligro la democracia y «las libertades».
Esto último, junto con algunas incoherencias argumentales, supone probablemente el punto más flojo de la película —no entramos a valorar su calidad cinematográfica. Las premisas de las que parte Boll no le permiten extraer todas las consecuencias posibles ni hacerse preguntas cómo si, quizá, no sería precisamente la democracia liberal y esas supuestas mal entendidas libertades las que nos han llevado a estar como estamos. Como decía Vázquez de Mella, pone tronos a las premisas y cadalsos a las consecuencias.
En conclusión, pensamos que vale la pena ver la película y comprobar cómo cada vez hay más personas que abren los ojos a la realidad. Porque Citizen Vigilante puede gustar o no, pero pone el foco en un problema candente y vital para la seguridad, la vida diaria de los europeos y el futuro de los europeos, y lo hace sin paños calientes.
Gracias, Uwe.