No hemos nacido ayer. Aunque el gobierno —progresista— y los poderes fácticos y los medios comunicativos adscritos a la Creencia Universal Bondadosa se empeñen en tratarnos como a niños, no hemos nacido ayer. Como nos mantienen colectivizados, obsesivamente victimizados, precarizados, puerilizados, creativamente contabilizados como mano de obra ejemplar, barata e inagotable que aporta su esfuerzo cotidiano y su justa quejumbre —más cotidiana todavía— a la gran causa de la igualdad, no queda otra que dirigirse al rebaño como si fuera una clase de cuarto de básica, dirigir sus inquietudes y referencias intelectuales como quien enseña a un adolescente a anudar los cordones de sus deportivas y, desde luego, generar las expectativas morales de esa sociedad idiotizada desde el magisterio de cualquier Barrio Sésamo ideológico, amplificado por la tele pública, las privadas y el sursuncorda mediático.
El verano y sus calores es época ideal para el discurso infantilizante. Como si las vacaciones escolares tuvieran correspondencia psicológica con la vagancia mental de los adultos, se expone sin pudor el asueto familiar como feliz período de cesación de todo discernimiento sensato por parte de padres, madres y gentes de edad en general; como si todos se hubieran vuelto niños de repente; o mejor dicho: como si los niños continuaran siendo niños y los adultos se hubieran convertido en gilipollas de la noche a la mañana. Es entonces cuando el discurso hegemónico se ve en la obligación de explicar a la ciudadanía, con mucha minucia y prosopopeya, que en verano conviene no hacer ejercicio al aire libre a partir de mediodía, mucho menos expuestos a la solana; no tomar el sol sin protección solar, no formar aglomeraciones en recintos con poca ventilación… Así como es recomendable beber bastante agua, hidratarse en general, usar un sombrerito que nos proteja del sol —o una sombrilla en plan no se estila—, caminar por la sombra, abstenernos de mahonesas y otros productos sensibles al calor y no abrir las ventanas si tenemos enchufado el aire acondicionado. Y sale el presidente del gobierno en un vídeo tictokero y nos lo explica, todo serio él, todo responsabilidad en él, todo ñoñería y todo bobería. Como si fuésemos niños. Como si hubiésemos nacido ayer.
No hemos nacido ayer. Somos el resultado de milenios de evolución humana, apreciable lapso durante el cual se enfrentaron nuestros congéneres antepasados a todo tipo de incomodidades climáticas y cataclismos naturales. Nuestra especie ha superado las tórridas arideces de los desiertos africanos y los fríos heladores del septentrión implacable, pasaron por glaciaciones y por épocas de calor abrasador, sufrieron plagas, terremotos, sequías, hambrunas, inundaciones… Y aquí estamos, tan vivos y tan quejicas y tan dispuestos a seguir adelante a pesar de los consejos de P.S sobre supervivencia estival, ejemplo mayúsculo de pretenciosidad y estupidez institucional, como no podía ser menos.
Los egipcios aprovechaban las crecidas del Nilo para cultivar tierras limosas, y el mismo río para transportar los enormes bloques de piedra caliza y granito rosa con que edificaron sus pirámides; los sumerios y pueblos asirios, que no tenían piedra a mano y encima vivían entre dos ríos salvajes, no se desanimaron y aprovecharon el barro para construir ladrillos, y con los ladrillos todo lo que se les antojase, incluidas las canalizaciones del agua que hicieron vivibles sus ciudades, todas ellas, por cierto, en un caluroso Creciente Fértil donde en verano se alcanzaban temperaturas de 55ºC. Los dorios descubrieron que el mármol es material fresco por naturaleza, y por eso mismo en España, mil quinientos años después, la gente con posibles construía sus mansiones en Andalucía con grandes pórticos de mármol, aisladas del calorón canicular propio de la zona; claro que mucho antes los árabes habían descubierto la manera de fabricar hielo en el desierto, y los neveros levantinos conocían el arte de los frigoríficos naturales que mantenían bebidas y alimentos frescos y saludables durante todo el año.
Aunque, si les digo, la verdad, el invento fresquero que siempre ha impresionado a un servidor es el botijo. Cómo el saber popular fue capaz de ingeniar ese artilugio, el proceso histórico quiero decir, la artesanía del barro y el uso elemental de nociones básicas de la física, conforman un cúmulo de avances entrañados en el propio decurso de la civilización humana. Desde ese punto de vista, bastante razonable, la historia del botijo es la historia de la humanidad: del recorrido estepario africano, escapando de depredadores, al patio andaluz con botijo colgando en la rama de un limonero. Entre un extremo y otro, el drama de la historia.
Sin embargo, los que mandan y llevan la manija y pastorean al pópulos se empeñan en que este verano de soleadas –la calor de siempre—, ejerza como el primer verano de nuestras vidas, el Año Uno de la alerta vociferada mundial por el cambio climático y las muertes por altas temperaturas. Ya se sabe: en Francia y en Alemania —y en Bilbao— no están acostumbrados a estos termómetros; o sea que la avería tiene que ser gorda, porque un alemán muerto por golpe de calor es más preocupante que una fuga en una central nuclear. Y así nos llevan otra vez a la escuela y nos instruyen sobre cómo vivir en la calor y cómo soportar el verano sin morir. Les ha faltado publicar un cuadernillo de Vacaciones Santillana con su ristra de consejos, como si nuestros abuelos no hubieran descubierto la camiseta de tirantes, el sombrero de paja y los zapatos de rejilla, y no hubiesen utilizado dichas prendas cuando era menester; como si nuestras madres no hubieran conocido el arte de bajar persianas y correr cortinas y “hacer fresquito” en casa a la hora de la siesta. Como si hubiésemos nacido ayer.
Así ardan.