Cambio de acera

Cambio de acera. Óscar Cerezal

Hubo un tiempo, ya remoto, en que el que alguien que se reconocía o pretendía hacerlo como parte del universo amplio de las izquierdas se encontraba, en mayor o menor medida, espacios que desconfiaban del poder, cuestionaban los dogmas, defendían la libertad de expresión aunque molestara, protegían al trabajador y al más débil frente a los abusos, mirando con recelo cualquier intento de imponer un pensamiento único. No era una cuestión de siglas, sino de principios enraizados en la tradición histórica del movimiento obrero organizado.

Hoy, uno contempla a buena parte de esa izquierda, la nueva y la vieja, y la sensación es la de haber entrado por error en una convención de censores con pelos de colores, camiseta reivindicativa y certificado oficial de superioridad moral mientras viven alborozadas como pequeñas élites locales al servicio de los mercados y las grandes corporaciones globales.

Quienes antes denunciaban la propaganda de los poderosos ahora la fabrican con recursos públicos. Los que proclamaban que había que combatir los privilegios han construido una red de privilegios ideológicos donde importa más repetir el argumentario correcto que defender la verdad. Y aquellos que presumían de rebeldía se han convertido en los guardianes del pensamiento otorgado. La revolución terminó el día en que consiguieron un despacho.

Resulta curioso comprobar cómo palabras como igualdad, solidaridad o justicia social han ido perdiendo contenido para convertirse en simples herramientas de marketing político. Ya no importa tanto mejorar la vida de la mayoría como ganar la batalla cultural en las redes sociales. El obrero y trabajador ha sido sustituido por el pijo con bici eléctrica, si es racionalizado y de sexualidad no hetero mejor, y la preocupación por lo que le pasa realmente a la gente que vive en los barrios y pueblos, sin urbanización con pista de pádel y piscina, por un hashtag ingenioso para señalar a los otros.

Mientras tanto, muchos que crecimos, por razones familiares o sociales, en una izquierda que valoraba la cultura como herramienta de masas, el esfuerzo como mérito, el debate y la crítica permanente nos sentimos como esos invitados que van a una fiesta de antiguos alumnos del colegio y descubren que ya no conocen a nadie. O peor aún: que ahora son considerados sospechosos por seguir defendiendo exactamente las mismas ideas que defendían hace veinte años. ¿Es que la izquierda no defendía barrios vivibles como espacios de convivencia, derechos y cercanía? ¿Cuando la búsqueda de la seguridad -en todos los aspectos- no era algo básico para garantizar a quien por sus condiciones objetivas, materiales o físicas, es más vulnerable? ¿Porqué hemos cambiado las certezas de la necesidad inapelable de darle la vuelta a este sistema por adaptarnos las reglas que nos marca del mercado, de desarraigo, perdida de calidad de vida y nuevo modelos con nombre anglosajón para endulzar la precariedad…?

Lo más curioso es que parece que el problema no es haber cambiado esencialmente de principios, sino no haberlos cambiado al ritmo que dictan las modas ideológicas progres del momento.

Quizá por eso tantos antiguos votantes de izquierdas ya no encuentran su sitio o lo encuentran en otros lares. No porque se hayan vuelto fachas, como repiten con entusiasmo los comisarios de la nueva ortodoxia, sino porque la izquierda decidió abandonar buena parte de los valores que decía representar para abrazar una política ajena a los verdaderos intereses de las mayorías populares.

La ironía es difícil de superar: quienes prometían emancipar al ciudadano han acabado dedicando buena parte de su tiempo a decirle qué debe pensar, qué palabras puede utilizar y hasta qué chistes tiene permitido reír. Al final, el viejo espíritu crítico y revolucionario no desapareció. Simplemente cambió de acera. Y algunos seguimos intentando, de vez en cuando, buscarlo donde un día estuvo, pero mira que nos ponen difícil volver de la otra acera.

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