Durante la tercera semana de agosto tuvieron lugar las fiestas patronales de la localidad catalana de Igualada. Durante las mismas, el partido separatista Aliança Catalana, contrario a la inmigración masiva —especialmente la mahometana—, montó una carpa e intentó hacer una paella para sus simpatizantes. Y decimos intentó porque unos simpáticos progresistas, unas muy tolerantes personas de izquierda, arrojaron un kilo de sal ante la atónita cara del esforzado cocinero y la parsimonia de los agentes de los Mossos d’Esquadra allí presentes para garantizar la seguridad de los miembros de AC, que se hicieron los suecos de manera vergonzosa. Peor aún, el 10 de septiembre este partido volvió a ser objeto de un intento de boicot por parte de la izquierda separatista radical, produciéndose diversos incidentes que se saldaron con varios detenidos. El mismo día, un concejal de Vox en Sant Cugat del Vallés fue agredido por un separatista.
Obviamente, esto no son hechos aislados ni anecdóticos. Ni Aliança Catalana ni Vox pueden hacer campaña tranquilamente, esto es, sin que les apedreen, agredan, escupan, desbaraten sus carpas o les insulten, generalmente con la complicidad por omisión de la policía. ¿Y por qué? ¿Por qué no pueden dos partidos que participan en el juego electoral hacer propaganda y campaña con normalidad? Pues porque, a ojos de la izquierda —especialmente el sector más refractario a estos partidos— son fascistas, esto es, todo está permitido contra ellos porque, afirman, el fascismo no tiene cabida en nuestra sociedad. En realidad es igual si realmente son organizaciones realmente fascistas porque, en sus retorcidas mentes, fascista es cualquiera que les lleve la contraria.
Hemos visto también la verdadera cara de la izquierda de forma cristalina con el asunto de la invasión de Ceuta, alineándose sin disimulo con el invasor. Y esto es bueno: ¡fuera caretas! Que el trabajador de a pie, que es quien sufre las consecuencias de la inmigración masiva, el que no vive obsesionado con el cambio climático y los derechos de los transexuales, vea con quién está cada cual. De hecho, en muchas ciudades españolas, al tiempo que la gente sensata alzaba la voz contra la invasión y contra la gestión del Gobierno, los antifascistas se manifestaban a favor de los invasores y en contra de los partidarios de expulsarles, pues, obviamente, estos son ultraderechistas. No podía ser de otro modo, claro está. Estos especímenes supuestamente democráticos muestran la patita totalitaria en cuanto se les presenta oposición a sus postulados. Y ahí los tenemos, dando lecciones morales y ayudando a los moros con las ONG financiadas por Soros y por el Gobierno, obviando la inmensa cantidad de problemas que están causando a los ceutíes —por no entrar en otras consideraciones políticas más profundas—, violaciones de menores incluidas. En estos casos toca callar. Feministas, pero menos.
Entre sus muchos problemas, probablemente el más grave de todos sea su pretendida superioridad moral. Están tan convencidos de que son los buenos que no conciben ni por un momento que se pueda disentir sin ser necesariamente una mala persona, por lo que cualquier boicot o agresión contra el supuesto fascismo está justificada. Y esto no es que sea nuevo. Siempre ha sido así.
Hace treinta años, Theodor Kaczynski, Unabomber, ya nos legó un retrato exacto del perfil psicológico del izquierdista en su popular manifiesto La sociedad industrial y su futuro. Publicado en 1995 en los diarios The Washington Post y The New York Times, Unabomber disecciona de forma magistral al izquierdista tipo, lo que hoy en día llamaríamos un progre, el paradigma de la corrección política. El retrato que realiza es inmisericorde. Hace una radiografía bastante exacta de lo que él llama el izquierdismo, «una de las manifestaciones más extendidas de la locura de nuestro mundo».
Una de las mayores virtudes de Kaczynski fue, sin duda, su capacidad de anticiparse a cosas que se han demostrado ciertas con el paso del tiempo. Fue un hombre peligroso que segó tres vidas, es verdad, pero también una mente brillante, clarividente.
Kaczynski no entra a valorar corrientes ideológicas concretas de la izquierda, ya que considera que, en su tiempo, «el movimiento está fragmentado y no está claro a quién se puede llamar propiamente izquierdista». Por lo tanto, en la necesidad de acotar el término, aclara que se refiere a «socialistas, colectivistas, “políticamente correctos”, feministas, activistas por los homosexuales y los discapacitados, activistas por los derechos de los animales», y se deja aquí en el plumero a los activistas contra el racismo, que se unen al grupo en otros párrafos del manifiesto o escritos secundarios.
Pero lo esencial para Unabomber no es la consideración de la ideología en sí, sino el perfil psicológico del izquierdista. Así, les atribuye dos características fundamentales generalizadas, dos «tendencias psicológicas»: los «sentimientos de inferioridad» y la «sobresocialización». Lo primero empapa a todo el espectro izquierdista; lo segundo es más propio de un determinado segmento, aunque éste es el más influyente.
Kaczynski considera que estos sentimientos de inferioridad —que concreta en baja autoestima, sentimientos de impotencia, tendencias depresivas, derrotismo, culpa, autoaborrecimiento, etc.— son «decisivos al determinar la dirección del izquierdismo moderno». Esto lleva, en opinión de Unabomber, a que el izquierdista medio tenga la piel muy fina, lo que coloquialmente llamamos hoy un ofendidito: «Cuando alguien interpreta como despectivo casi todo lo que se dice de él (o acerca de grupos con quienes se identifica) concluimos que tiene sentimientos de inferioridad o baja autoestima. Esta tendencia está pronunciada entre los defensores de las minorías, tanto si pertenecen como si no a la minoría cuyos derechos defienden». De hecho, estos ofendiditos ni siquiera se encuentran, normalmente, en la minoría ofendida, sino que «provienen de estratos sociales privilegiados». Es decir, lo que hoy calificaríamos de pijoprogres o izquierda caviar.
Este complejo de inferioridad del izquierdismo le lleva necesariamente al rechazo de todo lo que suponga una imagen de fortaleza o de éxito: «Odian América, odian la civilización occidental, odian a los varones blancos, odian la racionalidad. […] Dicen que odian Occidente porque es guerrero, imperialista, sexista, etnocéntrico, pero cuando las mismas faltas aparecen en países socialistas o culturas primitivas, encuentran excusas para ellos […]. Así, está claro que estas faltas no son los motivos reales para odiar América y Occidente: Odian América y Occidente porque son fuertes y exitosos». Esta debilidad del izquierdista le conduce inefablemente al colectivismo, pues es la única manera en que pueden sentirse fuertes, siendo parte de algo más grande que ellos mismos como individuos. Kaczynski sentencia que «el odio por uno mismo es la característica izquierdista».
La otra tendencia psicológica que Ted K. considera como esencial del izquierdismo moderno es la sobresocialización. Antes de nada, nos aclara que la socialización es «el proceso por el cual los niños son entrenados para pensar y actuar como demanda la sociedad». Kaczynski entiende, pues, que en parte del izquierdismo esto lo encontramos especialmente acentuado. No obstante, se podría objetar —y lo reconoce Unabomber— que la imagen de rebeldía de la izquierda contra lo establecido es contraria a esta sobresocialización, por lo que se apresura a afirmar de forma contundente que «muchos no son tan rebeldes como parecen». En particular, Kaczynski apunta a que el sector sobresocializado del izquierdismo es el más determinante, el formado, por norma general, por «intelectuales o miembros de la clase media alta», lo cual afecta a la dirección del movimiento de forma decisiva.
En opinión de Kaczynski, el listón moral de los izquierdistas está tan alto que, sencillamente, no pueden llegar a cumplir con lo deseado, lo que genera la ya citada baja autoestima, culpa, autoaborrecimiento… Esto está relacionado enteramente con su propia convicción de ser moralmente superiores, algo totalmente apreciable a día de hoy, de modo que «para los izquierdistas, su doctrina juega el mismo papel psicológico que para mucha gente la religión. Necesitan creer en el izquierdismo. […] Sus creencias no son fácilmente modificables por la lógica o por los hechos. Tienen una profunda convicción de que es moralmente correcto […] y que no sólo tienen el derecho sino el deber de imponer su moral a todo el mundo». En definitiva, «el izquierdismo es una fuerza totalitaria».
Como ven, si nos dicen que Kaczynski escribió esto hace una semana, cualquiera se lo podría creer.
En definitiva, la izquierda ha perdido totalmente el sentido de la realidad, es impermeable a la misma. Son incapaces de ver más allá de su estanca ideología. La mayoría es irrecuperable, y ahí les tenemos, combatiendo a un enemigo fantasma, el fascismo. Un izquierdista furibundo, Pier Paolo Pasolini, ya se dio cuenta hace más de cincuenta años: «… ese fascismo [se refiere al fascismo de verdad] no ha de repetirse nunca. He aquí por qué buena parte del antifascismo actual, o al menos eso que ha dado en llamarse antifascismo, es o bien ingenuo y estúpido, o bien presuntuoso y de mala fe: porque presenta o finge presentar batalla a un fenómeno muerto y enterrado, arqueológico, incapaz ya de asustar a nadie. Es, en definitiva, un antifascismo cómodo y relajado».
Cartas boca arriba, pues. Fuera caretas. La izquierda globalista —eso es lo que es, por mucho que se llamen a sí mismos antifascistas— de la mano del invasor y contra el honrado trabajador español y europeo. Para esto ha quedado, para organizar brigadas anarquistas, atender amablemente a los invasores, darles sprays de pimienta… La pinza islamo-izquierdista contra el europeo nativo, como podemos ver en toda Europa.