Clasismo sin clase

Clasismo sin clase. Axel Seib

Viven entre nosotros. Los conocemos y vemos cada día. Podemos reconocerlos fácilmente. Sus andares, sus maneras, sus palabras y sus pretensiones. Hay abundancia de ellos en ciertos rincones de nuestra sociedad. Y no, no podemos decir que parezcan normales.

Pertenecen a una clase acomodada, demasiado acomodada. Clase con todas las necesidades básicas garantizadas. La tripa tan llena que pueden plantearse elegir comida por avatares tan absurdos como un debate entre si un alimento ha sufrido más o menos o, es más, si el alimento es sujeto de derechos. Protegidos de la intemperie del hambre y el esfuerzo por su artificioso puesto de trabajo en o para la administración. A veces, incluso, herederos de alguna empresa o negocio que obtiene sus beneficios de jugosos contratos públicos. De una forma u otra, protegidos generosamente por el paraguas de un estado que sostenemos los demás.

Y así se pasean, pomposos y arrogantes, impasibles ante el sufrimiento y el sacrificio de quienes sostienen su bienestar. Únicamente preocupados por lo más etéreo y superfluo en su pirámide de necesidades. La superioridad moral y el mantenimiento de estatus. Tienen la tripa llena de compost ecorresiliente de comercio justo comprado en una gran cadena. Su puesto de trabajo está asegurado por la propia existencia de la plebe. Su coche nuevo está a todo riesgo. Su calefacción en invierno a tope y el aire acondicionado en verano es un no parar. Normal, son una especie de entretiempo, paradigma de los tibios. Proponen concursos de ahorrar agua si están en el ayuntamiento; ellos ya han comenzado a pedirle al jardinero que riegue menos. Un ejemplo. Sus domicilios, apartados de la chusma que paga su estilo de vida vacío pero colorido, tienen muros y fuertes sistemas de alarma y seguridad. Aquello que niegan a las fronteras del país del que viven y a los compatriotas a los que desprecian con cotidiana generosidad.

No hay día que no sientan asco y rechazo por aquellos currantes de furgoneta sucia y vieja que tras trabajar se ponen la camiseta de su selección nacional. Suerte que les han prohibido entrar al centro con sus coches viejos y espantosos. A lo sumo podrán ir en una lata junto a tantas otras sardinas, como debe ser. El centro de las ciudades debe ser de aquellos superhombres, superhembras o superambiguos que han sacrificado cinco minutos de atención y 10 meses de nómina con quinquenios en una lavadora con ruedas e incentivos fiscales. De ellos y de todos aquellos a los que han traído para enriquecer esa monolítica e infumable cultura que defendía la igualdad de oportunidades y ante la ley, la seguridad jurídica, la propiedad, el bienestarl y la movilidad social. Ahora, afortunadamente, se acabó esa opresión. Se acabaron las oportunidades y el mérito; tiene que estar claro que mandan ellos. Se acabó la igualdad: hay que ajustar la ley a cada perfil y colectivo que les haga gracia. El bienestar se conserva. Pero para ellos. Los demás podemos disfrutar del coliving, de precios abusivos, sueldos bajos e inseguridad, que es muy divertido. Mientras con todo aquello que nos niegan y arrebatan para ellos y otros recién llegados, hacen sus muros más altos.

Pero se aseguran de no quedar expuestos. Se aseguran de rechazar su condición de tiranorzuelos chupópteros, porque lo hacen todo por un bien común que difícilmente entienden. Se cargan al hombro ese pesado garrote de madera roída hecho de corrección política, clichés biensonantes y eslóganes mediáticos y se pasean por cualquier espacio repartiendo garrotazos a cualquiera que cuestione el sistema que les permite tal rol de justicieros enajenados.

El justiciero social de las causas insinceras enmudece con sus golpes los gritos de su mala conciencia y de todos aquellos que están hartos de cargar tanta tontería sobre sus espaldas.

«Ingrato animal es el fachapobre» —piensa el chupóptero—. «Necesita más pedagogía de palo y más enriquecimiento cultural» —añade.

Y así, con tales calificativos y pensamientos, trata al compatriota al que no considera ni del mismo género. El chupóptero es muy de defender a su clase, a la que llama obrera o trabajadora por interés en escudarse en retórica marxista. Pero a la hora de la verdad el sucio obrero le causa una horrible sensación de ansiedad y sudores fríos. Lo desprecia y lo teme. Le niega el pan, le niega su propia condición, le niega su clase. Y le niega el bienestar. Cuando lo tiene en casa haciendo algún remiendo, lo observa con sospecha e incredulidad. No siente confianza en su profesionalidad y capacidad de sacrificio. Ve un elemento potencialmente subversivo con familia, con orgullo, con patria y con valores. Un sujeto horrible que, según palabras de los chupópteros, jamás limpiaría el culo a sus padres. Ocultando el hecho de que cuando dicen eso se refieren a que ese trabajador no aceptaría el menoscabo de su dignidad y derechos aceptando limpiar el culo a los chupópteros por cuatro duros y en negro. Es el chupóptero el incapaz, pero señala al otro por sus propios pecados. Así oculta su verdadera esencia y comienza la falacia de «vienen a hacer los trabajos que no queréis hacer». Y tienen razón: no queremos. Por principios, algo que desconocen. Si los chupópteros no son capaces de hacer sus labores y pretenden que las hagan otros en condiciones inhumanas, nadie con principios debería ser colaborador en tal crimen.

¿Fachapobres? Más lo segundo que lo primero. ¿Esclavos de los poderosos? Los de siempre. La clase sin clase en la clase de suelo pélvico.

Top