Cosas que pasan y de las que nadie es responsable

Cosas que pasan y de las que nadie es responsable. José Vicente Pascual

La realidad y la verdad en el espíritu de los tiempos son elementos gaseosos, evanescentes, brumarios como una peonza de helio bailando en un universo de indeterminación. Conocemos los efectos pero no las causas de los fenómenos, y a menudo las forzadas explicaciones son delirantes como mitos surgidos en el albur de cualquier eternidad en el reino de la fantasía. Por ejemplo: la culpa de la dana de Valencia fue de Mazón, como todo el mundo sabe; el apagón de 2025 es un misterio insondable y lo de Adamuz son accidentes que pasan; la culpa de los incendios veraniegos la tienen el cambio climático, Ayuso y los negacionistas de Vox; del subidón del recibo de la luz y de la cesta de la compra es culpable Trump, por meterse con Irán; y de lo de Ceuta son responsables la geopolítica, Rusia, Israel, las sentencias del Supremo y otra vez Trump, que no nos deja vivir tranquilos; y también tiene su parte de culpa el jefe de gabinete del delegado del gobierno en esa ciudad, que ya ha dimitido, gracias a Dios.

La culpa de que el último informe PISA sitúe el nivel de la educación en España allá por donde David tocaba el arpa, cerca del culo del mundo, la tienen el uso abusivo de medios digitales, pantallas y tabletas conectadas a internet, la pésima habilidad lectora/comprensiva del alumnado y la práctica desaparición del factor familiar como elemento impulsor de las capacidades intelectuales de los chicos/as. Como diría Milagros Tolón, ministra del gremio, «nuestros jóvenes, por lo menos, tienen curiosidad por saber». Menos mal.

Aquí nunca nadie es responsable de nada. Suceda lo que suceda, el origen de los problemas que agotan a nuestra sociedad siempre es imprevisible y por supuesto incontrolable; y la gestión de las consecuencias, por lo general, prácticamente imposible. Véase el caso de Ceuta: ni se pudo prevenir la invasión ni se puede resolver el conflicto; ni siquiera se puede limpiar el estercolero en que los seres de luz llegados desde Marruecos han convertido la ciudad, a menos que algún ministro vaya de visita. Total, que no hay remedio. Las reclamaciones, al maestro armero.

Vivimos en una sociedad dibujada y definida en su representación mediática —episteme, Karl, episteme—, como rejuntado fluyente de personas que deambulan buscándose la vida, sin más objetivo; compendio humano al que de vez en cuando azotan súbitas tempestades, pandemias, guerras, catástrofes naturales, subidones de precios en bienes de primera necesidad como la energía eléctrica, el combustible o la cesta de la compra… Un catálogo cada vez más extenso y profusamente argumentado de desgracias cuya responsabilidad es sólo achacable a eventualidades incomprensibles de la historia, o bien a fenómenos devastadores de la naturaleza. La pandemia del covid fue un buen ensayo para esta nueva concepción del presente como actividad de riesgo y escenario peligroso para la actividad humana, el famoso valle de lágrimas anticipado por la visión religiosa-lamentativa del mundo. Por supuesto, como nuestros gobernantes no son responsable de nada y nunca van a reconocer su indolencia —o mejor dicho, su interesada ausencia—, nos enseñaron con intensidad doctrinaria conceptos fundamentales para estos tiempos, como «resiliencia», «sostenibilidad» y parecidos, términos que describen la nueva realidad a la que es obligatorio acostumbrarse: estar desamparados por los poderes públicos, empobrecidos, precarizados, asfixiados por la voracidad tributaria y con la libertad justa para quejarse dentro de un orden, sin llegar a tanto que la vigilancia moral de los tiempos tenga que llamar la atención al díscolo y llamarle fascista.

Son las tiempos. Los medios de comunicación han dedicado más espacio al triunfo de AfD en las elecciones sajonas que al resultado PISA, hablan mucho más de la ley de nietos y el voto de los nacionalizados en hispanoamérica que del voto imposible de los exiliados del País Vasco. Aquí, lo importante es levantar argumentarios, ficciones sociales que centren la mirada del común allá donde no hay nada que hacer, las cosas que pasan y de las que nadie tiene la culpa: alemanes que votan mal, jueces del Supremo que dictan sentencias injustas, terremotos y tsunamis en el Pacífico, guerras en oriente y lluvia de meteoritos en Arkansas.

Entre todos y poco a poco van construyendo el ideario de la irresponsabilidad y la impotencia. Y lo malo es que el método se contagia, hay una ósmosis real entre la irresponsabilidad ética de los que mandan y el lavado de manos de los que obedecen. Si preguntamos a los docentes sobre el lamentable nivel de instrucción de sus alumnos, nos dirán que el 31% de los profesores tienen situación laboral precaria, que faltan medios a todos los niveles y que el colectivo, así en grueso, no tiene la culpa de nada. Si preguntamos a las familias de los pobres estudiantes, nos dirán que la responsabilidad es del consejero de educación, del ministerio y de los profesores, que son funcionarios y por tanto tienden a la pereza, tienen vacaciones de tres meses, trabajan media jornada y encima se quejan de esto y de lo otro. Si preguntamos a las comunidades autónomas dirán que el ministerio y la ministra. Y si llegamos hasta la ministra, ya se sabe: a nuestro alumnado le queda curiosidad. Algo es algo.

Todo es difuso, vago, inconcreto. Todo vagante, como un universo fantasmal en el que fluyen los individuos sin saber adónde van y qué desean aparte de seguir vivos como espíritus sin dueño y sin guía, como espectros sin odio en el alma y sin esperanza en los corazones, apáticos, huidizos de toda responsabilidad para sí mismos, «empáticos» respecto al compromiso de los demás; buenas gentes que ora se asombran, ora temen los turbiones del destino, esas cosas que pasan sin que nadie sea responsable y nadie tenga la culpa y que nos hunden la vida en cinco minutos.

Al respecto, pueden preguntar a los ciudadanos de Ceuta.

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