El Penedés, una de las comarcas vitivinícolas más emblemáticas de Cataluña y cuna del cava, enfrenta una de las crisis más profundas de su historia reciente.
En solo dos años, las ventas de cava han caído un 24 %, pasando de cerca de 252 millones de botellas en 2023 (récord histórico) a 190 millones en 2025. Una caída importante aunque podría parecer puntual. Mientras tanto, miles de hectáreas de viñedo siguen plantadas, generando un excedente que presiona los precios de la uva a la baja y amenaza la viabilidad económica de muchos productores.
Esta crisis no es solo numérica. Detrás de las cifras recientes se encuentra un modelo que muestra diversos problemas: errores estratégicos de posicionamiento, una competencia internacional más que intensa, cambios culturales y una estructura de propiedad en la que una parte significativa de los suministradores de uva funciona más como terratenientes rentistas que como empresarios agrícolas adaptativos.
Lejos de ser un revés coyuntural, la situación del Penedés refleja problemas profundos del sector vitivinícola: rigidez, apego a rentas históricas y dificultad para reinventarse ante cambios fuertes en los hábitos de consumo.
Caída de la demanda y exceso de producción
Hablamos del núcleo del problema. Existe un desajuste entre la demanda de vino (en sus múltiples variedades) y la producción de uva. Se trata de una sobreproducción respecto a la demanda que, aunque es reciente, muestra indicios preocupantes de convertirse en una caída sostenida que requerirá un duro ajuste de superficie cultivada.
– De 2023 a 2025 la caída ha sido del 24 % (60 millones de botellas de cava menos).
– Los excedentes estimados por los propios viticultores para 2026 oscilan entre 7.000 y 10.000 hectáreas, es decir, entre un 30 % y un 35 % de superficie sobrante.
Los segundos datos pueden tacharse de catastrofistas, y puede que lo sean. Perder un 35 % de la superficie de vid es un porcentaje traumático. Pero aunque fuera solo un 15 %, seguiría siendo una cifra inasumible sin ningún plan alternativo para generar actividad económica.
Lógicamente, hay resistencia a arrancar viñedo, pero eso genera una incertidumbre muy negativa, pues mantiene el exceso de producción y los precios de la uva a la baja. Además, no existe una apuesta decidida por mantener la viña en expectativa a la espera de una posible recuperación de la demanda. Por lo tanto, nos encontramos en un limbo muy incómodo para todo el sector de la vid y el vino en el Penedès.
Errores del cava
No se puede negar que el cava, como vino espumoso, está muy bien posicionado dentro del mercado español. Polémicas de origen aparte, es un producto que puede competir con el champán sin entrar en precios abusivos. Es bastante común encontrar en él buena calidad, equiparable a productos premium de otras naciones. Pero eso también tiene un coste.
Apostar por el cava como una enseña de calidad y no como un mero vino espumoso de fiesta implicó tomar decisiones cuestionables. Por ejemplo, centrarse en cavas Brut y Brut Nature y abandonar o reducir drásticamente etiquetas como dulce y semidulce. Quizás se pueda mantener algún semiseco, pero suele ser el escalón más “accesible”.
El problema es que se dejó a una parte del potencial mercado sin producto adecuado por una apuesta excesiva por acercarse a la calidad de otros espumosos que ya tienen su nicho consolidado. Tarde o temprano, quien buscase un espumoso más dulce buscaría otras opciones. Así ha sucedido con el Prosecco: ofreció algo que una parte del mercado no encontraba en los cavas del Penedés, junto con buen precio y un marketing potente. Y así le arrebató una parte importante del mercado.
No es el único punto. Entre algunas bodegas opuestas a vender un cava muy asequible y menos refinado, caló la idea de separarse y formar Corpinnat. Sea cual sea su tamaño, se trató de una escisión dentro del propio cava, pero por el extremo opuesto. Lo cual demuestra que al cava le tiraban las costuras por todos lados. Gestionar la situación no debió de ser fácil, y debe reconocerse.
Aunque quizá se podría haber ofrecido crear submarcas reconocidas dentro del propio cava: unas para espumosos más dulces y baratos, y otras para gamas premium que no quisieran compartir nombre genérico con las primeras.
En cualquier caso, se abandonó una parte del mercado que seguía existiendo y se sufrió una escisión.
La competencia y la caída del mercado internacional
Aunque es cierto que la caída del consumo también se produce en el mercado nacional, esta es menor que el batacazo internacional.
Las razones ya quedaron patentes en el punto anterior. La caída existe, pero se acompaña del fuerte auge de la competencia internacional, principalmente del Prosecco italiano.
No ofrecer lo que una parte importante del mercado demanda suele ser un error que tarde o temprano se paga. A menos que se goce de una posición de monopolio, que no es el caso. Era cuestión de tiempo. Pero también es corregible: tan fácil como copiar las tácticas que han funcionado a otros y recuperar ventas.
Lo que resulta mucho más difícil de solucionar es la caída global del consumo de vino. No se puede obligar a la gente a beber. Y si los hábitos cambian y algunos desaparecen o se vuelven minoritarios, la actividad económica que los acompañaba también tiende a contraerse. Es algo difícilmente corregible a escala global.
Sí se puede y se debería haber comenzado a hacer del mercado nacional un baluarte para resistir. Aunque para eso no basta con apelar a ningún tipo de patriotismo. Se trata de algo en apariencia tan sencillo como titánicamente complicado: devolver a la cultura del vino su vigor. No se puede pretender mantener precios y producción cuando se ha permitido que España se convierta en un país de cerveza y en el que los jóvenes (y no tan jóvenes) pueden llegar a sentir cierta aversión estética al vino o incluso rechazo abierto por falta de costumbre. No se puede permitir que el vino o el cava sean productos de jubilados para el almuerzo y de modernos pretenciosos que quieren una foto con una copa mientras escuchan jazz en algún evento. Si se quiere mantener la producción, es necesario que exista demanda general y que no se convierta en un producto de nicho.
Rentistas rurales
Hay una parte nada desdeñable de la producción de uva y de hectáreas de cultivo en el Penedès en manos de particulares que suministran a las bodegas. Se trata de un grupo bastante numeroso al que habría que calificar más de terratenientes que de payeses, pues su estilo de vida y la fuente de sus ingresos dependen casi en exclusiva de la posesión de la tierra y los viñedos.
Muchos de ellos gustan de llamarse payeses, pero esa denominación forma más parte de un imaginario romántico y de mejorar su imagen que de la realidad. El payés evoca una pequeña explotación agraria autónoma con cierto idealismo rural. No suele ser el caso. Normalmente —y hay excepciones ciertamente— hablamos de una dependencia enorme hacia las rentas que genera la posesión de la tierra y un cultivo con escasa necesidad de inversión que proporciona beneficios anuales durante los 30-50 años de vida útil de la vid.
Tener un pequeño huerto como hobby tiene poco que ver con ser realmente payés. El perfil del que hablo está más cercano al de un terrateniente rentista que desea asegurarse “dividendos” anuales por la posesión de la tierra y que no responde bien a los vaivenes del mercado cuando le son adversos. Entonces, bajo la fachada de payés humilde de campo, hace valer su posición de terrateniente.
No son todos, pero hay una parte nada pequeña que muestra las características económicas y de personalidad del clásico propietario rentista. Características muy distintas de las del auténtico payés o del empresario del sector primario que debe adaptarse y competir en el mercado. El perfil de rentista rústico que describo es inflexible y, habitualmente, las únicas medidas que utiliza para “adaptarse” son ejercer influencia en las instituciones y maximizar beneficios (por ejemplo, reduciendo salarios o aumentando la competencia extranjera en vendimias y operarios).
Incluso traslada a las instituciones públicas la responsabilidad de alojar a los vendimiadores, ahorrando así en uno de los pocos gastos puntuales que requiere un sector como el de la vid, infinitamente menos demandante que otros.
Esa actitud inflexible de rentista genera una enorme rigidez en el sector, que siempre acaba exigiendo “precios justos” para la uva. Algo razonable y comprensible, pero que esconde la nula voluntad de someterse al mercado cuando no les favorece, la confusión interesada entre “precio justo” y maximización de beneficios al margen de la demanda real, y los estrechos lazos entre el sector terrateniente y el poder político.
Protección gubernamental
Recientemente, la Generalitat ha aprobado de urgencia el uso de 9 millones de euros para parchear la situación. Y digo “parchear” porque lo único que se pretende es superar la presente campaña como sea. Esos 9 millones se destinarán básicamente a subsidios de una u otra forma: pagar toda la uva verde o inmadura antes de la vendimia para reducir la producción y ajustarla artificialmente a la demanda, y, previsiblemente, destinar recursos a la destilación alcohólica hacia otros sectores (sanitario u otros).
Lo interesante es observar que, cuando una institución ve a determinados sectores en pie de guerra, no duda en usar recursos públicos para alterar el mercado. Algo que no haría con otros sectores que quizá tengan más importancia económica. Pero aquí no se trata solo de relevancia económica.
No es ningún secreto que en territorios con sectores dominados por una casta terrateniente, estos también dirigen o influyen fuertemente en la política local. Suena anacrónico, pero la influencia económica, social y simbólica de ese sector terrateniente en el Penedès no es poca cosa. No hablaremos de corrupción (algo que no me corresponde juzgar y que requeriría una investigación seria), pero sí es evidente que existe una red política local y comarcal con profundos lazos con esa clase. Así, el daño a una afecta a la otra.
A pesar de ello, hay que subrayar que no todos los viticultores responden al perfil de terrateniente rentista. Hay muchos pequeños productores que también elaboran, pero se ven arrastrados por las inercias y la influencia de aquellos que obtienen rentas fáciles de la uva y se niegan a cualquier solución que no pase por subsidios o pagos al margen del mercado.
Esta dinámica, además de injusta e insostenible a largo plazo, resulta contraproducente para los propios pequeños elaboradores con cultivo propio, que ven cómo el exceso de producción actual se debe en buena medida a terratenientes que únicamente venden uva anualmente y, sin interés real en el sector elaborador ni en las condiciones del mercado para los demás. Se trata de una competencia interna que, gracias a su enorme capacidad de influencia política, suele arrastrar al resto y distorsiona el mercado, perjudicando especialmente al pequeño elaborador.
Conclusión
El artículo pretende ser únicamente una exposición de la crisis actual de la vid en el Penedés, centrada en el cava y con algo menos incidencia en vinos tranquilos.
Hay otros factores a tener en cuenta en la crisis que enfrenta el sector, pero los principales pueden ser estos. También se podría tratar de lo que han llegado a condicionar los años de sequía junto a la bajada de demanda, la recuperación de producción actual o el rol de las grandes bodegas elaboradoras que también poseen tierras. Todos ellos, factores también relevantes, pero que harían del artículo un texto aún más largo y farragoso.
Así que para ofrecer una conclusión más positiva, hay que decir que lo más probable y factible es que se impongan de un modo y otro unos límites de producción -cosa que ya se intenta llevar a cabo de diferentes formas- que faciliten el mantenimiento de la superficie cultivada y ofreciendo cierto margen de maniobra para ajustarse a la demanda. Aunque los diferentes tipos de actores y sus intereses en la cuestión pueden hacer que la crisis se prolongue sin una solución clara y se arrastren, una vez más, problemas de origen que empeoren la situación futura. Las siguientes campañas y el mercado lo mostrarán.