Vivir en el Penedés es un constante y maravilloso espectáculo que me ha deleitado durante décadas y que considero que merece ser mostrado. Son los omnipresentes viñedos, su cambio de color con las estaciones, las extensiones de pinos en las zonas que aún se conservan salvajes, la tierra arcillosa que nutre la uva, el sol poniéndose en un horizonte montañoso que se convierte en una enorme explosión de fuego rojizo que impregna todo el paisaje.
También es el espacio entre Barcelona y Tarragona, la tensión entre dos polos que no consiguen terminar de absorber esta periferia casi rural. Es la resistencia del Penedès a ser Barcelona o a ser Tarragona, la voluntad de no verse arrastrados a ser, precisamente, la periferia de otros, sino ser el propio centro. Una autoafirmación en apariencia muy legítima, pero que esconde la sombra de siempre. Esa identidad popular que se intenta desmarcar de entidades ajenas es la fachada que utiliza el clásico caciquismo provinciano o comarcal que ve peligrar el control sobre su territorio y sus gentes por polos mucho mayores y poderosos. La irradiación de Barcelona y su área metropolitana es demasiado larga y la tienen que cortar antes de que les haga sombra. Es el oscuro secreto que casi siempre esconden los particularismos: que tras la supuesta defensa de una identidad colectiva se encuentran unas élites, petimetres o caciques con mucha ansiedad por ver su poder en cuestión.
Y así volvemos a mi pequeño municipio, Pacs. Municipio apenas conocido en la propia comarca y, cuando ha sido conocido, no por los mejores motivos.
Se trata de un municipio de apenas 900 habitantes al que he aludido en artículos anteriores, de forma implícita en la primera parte de mis «Crónicas Comarcales».
Un municipio gobernado hasta hace muy poco por los de siempre. Llámense Convergència, Junts o Impulsem. Pero todo llega a su fin. A veces, dar por supuesto que el poder es patrimonial e inalienable es un gran error. Especialmente cuando se estaba alimentando y dando medios a la camarilla que vio la oportunidad de acabar con el monopolio del poder político de los de siempre para ponerse ellos. Gente con escaso tiempo en el municipio, pero colocados estratégicamente, algunos con rencores muy bien actuados de oficio, se dispusieron en primera línea de salida para disparar y dinamitar a la antigua élite local para, según una lectura de intenciones, convertir un municipio rural disperso de 900 habitantes, con grandes empresas y siempre en superávit, en un enorme parque de atracciones porque, por lo visto, hay mucha gente que se mudó aquí y se aburre. Así que, bajo eufemismos cardíacos, ataques a la antigua corporación, promesas y posibles favores, llegaron al poder para «devolver a la vida» a Pacs.
Y ciertamente le han devuelto la vida. Solo hay algo que supere al nivel de gasto público y creación de actividades y puestos que han generado: el nivel de crispación latente. Y es que nos han devuelto a la vida a muchos que vivíamos tranquilamente desentendidos de las intrigas locales. La concesión del bar del pueblo acabó en manos de otros porque el ayuntamiento insistió en que los antiguos responsables del bar también se hicieran cargo de una «botigueta» o, para entendernos, una especie de colmado. Cosa que, por la más que dudosa rentabilidad y la mala comunicación, llevó a tener que cambiar la concesión de manos. También podemos hablar de la subida del 166,5 % en la tasa de basuras, que en el caso de mi vecindario ha ido acompañada del bonito e insignificante detalle de cambiar la ubicación de los contenedores a medio kilómetro. Sin contar con la apertura de una sala de lectura monolingüe y con libros infantiles tan sobresalientes como El semen mola. El servicio de Correos, aunque no es competencia municipal, debería comenzar a funcionar para poder ser tratado de nefasto. No ha hecho el ayuntamiento nada al respecto, supongo que porque una queja institucional a Correos consumiría mucho tiempo y recursos. Y bastantes recursos y tiempo invierten en ignorar instancias de ciudadanos. Lo cual tiene su gracia añadida porque la alcaldía está en manos de alguien que declara ser técnica superior en integración y mediación social. Gran técnica de mediación social es el silencio administrativo.
Otro hito reciente es la creación de un Consejo de Mayores bajo el eufemismo de «Consejo de la experiencia» y un Consejo de jóvenes. Instituciones muy útiles y necesarias en un municipio de 900 habitantes para escuchar a los vecinos. Aunque contrasta con la ausencia de respuesta a instancias y la falta de comunicación efectiva cuando ha habido problemas serios o medidas impopulares, situaciones ante las cuales prevalece el más absoluto silencio. Es de imaginar que la idea de los consejos proviene de alguna clase de inspiración y referencia cultural ante la que no hay más remedio que quitarse el sombrero y pedir gentilmente poder entrar en el tipi antes de ponerse a bailar con el resto de la tribu para conseguir que llueva.
Que parece haberse dilapidado dinero público en toda clase de cosas que en el fondo no serían más que formas de publicidad, de contentar a los afines y de narcisismo en redes sociales, es digno de análisis. Aunque no seré yo quien diga que hay delito, tratos de favor o clientelismo.
De hecho, a falta de farmacia, se decidió conseguir 3.000 euros de una empresa del municipio para abrir un «botiquín». Dicho botiquín y su gestión, que no queda claro si dispensará medicamentos con receta o no, ha sido asignado a una farmacia del municipio de origen de la actual alcaldesa. Municipio que a su vez tiene como alcalde a su hermano.
No es por suponer nepotismo, redes de favores ni clientelares, pero la apariencia importa. Y Pacs del Penedès parece una versión contemporánea del culebrón de TV3 Nissaga de poder. Culebrón noventero de la televisión pública catalana sobre, precisamente, lo más escabroso de un clan terrateniente del Penedés.
Quizás, al final, tal telenovela no era más que un aviso a navegantes sobre ciertas dinámicas existentes y que podrían llevar a situaciones similares a la que viven municipios como Pacs. Afortunadamente, la endogamia no parece haber llegado a los niveles incestuosos a los que llegó en el culebrón de los Montsolís.
Pero el corazón de la cuestión, el latido que se esconde tras la descripción de hechos concretos en estas crónicas, es mucho más general. No se trata de un municipio específico, de una comarca o de una provincia. Muchos se pueden sentir identificados en mi narración porque hemos dejado que la política, nuestras instituciones y organismos públicos queden en manos de personas interesadas únicamente en ellos mismos y en sus parroquianos. Sea en el municipio más pequeño o en el ámbito general, hemos aceptado como normal que la disputa política y electoral sea entre sujetos que quieren hacer suyo y de los suyos aquello que nos pertenece a todos. Y ese es el final de la política y de lo público, cuando lo de todos queda en manos de intereses particulares y el bien común se convierte en la fea del baile.
Nota del autor: No es mi intención difamar a nadie, por lo que no he puesto nombres propios ni he atribuido como probado ninguna clase de delito. Principalmente porque sería llamativo y ciertamente incómodo recibir una denuncia de los responsables políticos que han ignorado y callado ante instancias y solicitudes de información. Aunque me alegraría comprobar que saben leer.