Tras dos crónicas comarcales del Penedés, una primera abstracta y una segunda muy localizada, me propongo hacer un análisis realmente comarcal a nivel social y político que advierta de ciertas dinámicas que están produciéndose y, probablemente, en sus efectos muestren o adelanten acontecimientos de ámbito catalán, que a su vez también tienen eco en todo el ámbito español.
El Alt Penedès o Alto Penedés, como comarca, tiene una fuerte dualidad, aunque se le suele otorgar un marcado carácter rural. Esa atribución como rural es más romántica y paisajística que real.
Es cierto que un paisaje marcado por la omnipresencia del monocultivo de la vid y una economía con una fuerte presencia del sector vitivinícola puede hacer entender que hablamos de una comarca de la Cataluña rural, pero no es tan cierto como podría parecer.
Nos encontramos en la encrucijada interior entre Barcelona y Tarragona, a escasos 40 km de ambas ciudades. La comunicación con Barcelona y su área metropolitana es la salida natural, tanto por tren de cercanías —sin entrar en la deficiencia del servicio— como por autopista. El flujo de trabajadores y estudiantes universitarios entre la comarca y el área metropolitana es apreciable y constante. Vilafranca, capital y municipio más habitado de la comarca, es eminentemente urbana, con una población aproximada de 44.000 habitantes. Sant Sadurní, conocida población por Freixenet o Codorniu, tiene unos 12.000. Sumando un par de núcleos más que son principalmente urbanos, podemos llegar a unos 60.000-65.000 habitantes de núcleos urbanos en una comarca que asciende a unos 116.000. Y habría que tener en cuenta que en muchos municipios rurales la conexión con los núcleos urbanos es fluida y habitual, además de que muchos municipios rurales poseen una configuración urbanística que los asemeja a núcleos urbanos.
Lingüísticamente, aunque debe inferirse parcialmente de una encuesta de un ámbito ligeramente mayor, cabe suponer con bastante fidelidad a la verdad que la población con el catalán como lengua materna asciende a un 35 % o quizás algo más, y que la población con el español como lengua materna ascienda a un 48 %. Siendo obvio que en los mayores núcleos urbanos la población de lengua española sube y la catalanohablante desciende, al revés que en las zonas rurales. Sin contar la población que tiene otras lenguas como lengua materna o personas que sostienen que tienen dos lenguas como lenguas iniciales.
También es cierto que la población hispanohablante suele ser descendiente de las distintas olas de trabajadores que llegaron a Barcelona, por lo que hay cierta correlación con los mayores núcleos urbanos, los barrios trabajadores y la población hispanohablante. Del mismo modo, la población con larga implantación en el territorio, con poder económico, político, social y cultural, es eminentemente catalanohablante.
De hecho, este último hecho es también muy evidente si se analizan los apellidos más frecuentes en la población general y se comparan con los apellidos que dirigen las diferentes escalas y áreas de la administración pública y el sector privado. Las corporaciones municipales, incluso en los núcleos mayores, tienen un carácter muy marcado. No veremos muchos López. Lo cual podía ser normal y esperable hace décadas, si bien se ha convertido en algo que demuestra que existe una dinámica implícita en que se entiende que hay unos más «preparados» para dirigir. La desproporcionada sobrerrepresentación y la aceptación tácita por la población sin demasiados problemas muestra que es una situación casi naturalizada. Pero también muestra que hay una especie de élite comarcal que, sin tratarla ahora de caciquil, existe y tiene autoconciencia de ello. Ha sido así durante décadas. Muchísimos ayuntamientos y organismos del Penedés se han mantenido con cierta estabilidad en su composición porque el cuestionamiento a dichas élites ha sido prácticamente inexistente. El principal movimiento y cambio en la política ha sido protagonizado por Vilafranca, la capital, que sirve de termómetro comarcal y, también, de ámbito catalán. Municipio tradicionalmente socialista, aunque también con una fuerte influencia catalanista conservadora, fue abandonando el apoyo al socialismo y el apoyo a distintas fuerzas nacionalistas fue en ascenso. La antigua Convergència llegó a gobernar, fuerzas a la izquierda del PSC fueron creciendo y decreciendo de forma irregular y, paradigmático, la fuerza de la CUP —especialmente a nivel social y cultural, no solamente electoral— en Vilafranca ha sido un factor muy diferenciador. Es cierto que el PSC ha vuelto a la alcaldía, pero no fue tanto una victoria propia como un desgaste extremo del resto de fuerzas.
Y de ese desgaste no han salido tras las elecciones de 2023. De hecho, al desgaste es posible que se una el PSC. La insatisfacción en muchos sectores sociales es patente. Se intentan publicar estadísticas o datos bastante cuestionables para negar la sensación de decadencia y de inseguridad. Y la población comienza a cuestionar abiertamente, a veces con sorna, otras veces con abierta oposición, el relato del «todo va bien». Ser la encrucijada con viñedos y bodegas entre Barcelona y Tarragona, también salida hacia Zaragoza, ha favorecido que problemas antaño propios de grandes zonas urbanas hayan aparecido con virulencia en nuestras calles. Y algo más importante y menos tratado: algunos de los escasos medios de comunicación comarcales han roto una antigua ley de hierro. Ya no ocultan ciertas noticias; ya no hay un acuerdo tácito sobre no publicar nada que pudiera hacer pensar que suceden cosas desagradables o que la situación no es óptima. No hace tanto, ningún medio comarcal rompía la baraja en una partida pactada. Es difícil pensar que la ruptura con ese acuerdo tácito de ocultar ciertos sucesos haya sido por un arrebato de querer informar. Más parece, de hecho, la evidencia de que informar sobre lo que la gente ve y sospecha aumenta la audiencia y los ingresos. Pero el motivo no es lo importante: la cuestión es que hay medios que han roto el antiguo y omnipresente relato oficial.
Cuando existe una sensación social bastante generalizada y, finalmente, discurso oficial y mediático comienzan a divergir, es cuestión de tiempo que se produzca alguna clase de fenómeno fuera de control de las élites.
Que ciertos medios comarcales hayan mostrado sin demasiados complejos una realidad que se había ocultado largamente pero era evidente para muchos, que ha ido empeorando de forma rampante y que contradice el discurso oficial, es una ventana de oportunidad para algunos.
Y en el caso de Vilafranca, la ventana de oportunidad se dirige a un apoyo amplio y rápido a un partido como Aliança Catalana. Y explico algunos motivos que llevan a pensar tal cosa.
Primero, se muestra como una opción que viene a romper ese discurso oficial de que todo va bien o también los «no todo va tan mal» y «siempre han pasado cosas». Por esa condición «outsider» en lo que a discurso se refiere, tiene mucho margen.
Añadido a eso, Aliança tiene un carácter nacionalista nada acomplejado ni apagado tras el final del llamado Procés. El votante nacionalista desencantado por un proceso que no llevó a ningún lado y que ha asumido como un fracaso o como un engaño encuentra una opción aparentemente rigorista que no ha renunciado a nada. Así que ya tenemos a dos perfiles muy comunes a los que puede atraer fácilmente y sin competencia.
Y, para terminar, la propia esencia nacionalista de Aliança requiere o implica que, aunque rompan cierto consenso o acuerdo tácito sobre ciertas cuestiones, su camino será dirigido, en términos generales, por una élite catalanohablante que ofrece esa «comodidad» de que son «los de siempre» y haya al mismo tiempo ruptura y continuidad. Factor muy a tener en cuenta, pues ofrece cierta seguridad emocional a personas que quieren un cambio del cómo pero no del quiénes.
Y también en esto último hay una cuestión central. El quiénes también es importante, pues es previsible que muchos de ellos sean los mismos que ya estuvieron hasta hace no mucho, pero con camisa nueva. Del mismo modo que muchos de los últimos alcaldes franquistas pasaron a ser los primeros alcaldes de la democracia y ahora sus nietos venden lo segundo y ocultan lo primero. Suele suceder que la nueva política no son más que los pioneros en el cambio de camisa.
Pero siguen siendo los mismos.
El desgaste de las élites locales y comarcales, producido por un engranaje desengrasado y sin encaje, puede conducir a este proceso de entrada de nuevos discursos. Porque dichas élites, lo repito, se están viendo superadas por una realidad y una ruptura del control mediático que ya no concuerdan en absoluto con su sempiterno optimismo, que ha pasado a ser signo de hipocresía, maldad o estupidez. Pero cualquiera de las tres opciones lleva al ciudadano a anhelar una alternativa. Y ahí aparece mi previsión sobre un partido como Aliança, aunque podría ser otro. Pues no es una mera advertencia de «que viene la extrema derecha». Es una advertencia global sobre la necesidad de cambio. Necesidad que las propias élites conocen pero no parecen saber articular. Necesidad que el ciudadano sufre y anhela cubrir, pero que se ve incapacitado para crear de la nada. Por lo que la «renovación» queda en manos de una antigua parte de la élite que lleva a cabo una ruptura discursiva con el resto.
Rompen el antiguo consenso retórico, pero mantienen lazos con las estructuras de poder ya consolidadas. Un «outsider» discursivo, es cierto, pero también un elemento del sistema que ha cambiado de siglas.
¿Ello imposibilita el cambio? No necesariamente, puede producirse. Pero lo que es seguro es que tal transformación de una parte de la élite en rupturista es la antesala a que el resto también intente encontrar acomodo en una reconfiguración política y social para mantener el sillón. Y ello, con el debido permiso, no aventura nada bueno.