Crónicas comarcales

Crónicas comarcales. Aitor Vaz

Recuerdo tratar del sistema político español de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en el instituto. También recuerdo toda la crítica que despertaba en la profesora y en muchos compañeros, oportunamente unidos en la brava tarea de criticar un sistema que creían muerto. Lo cual contrastaba con mi experiencia, pues veía tal sistema muy vivo en mi comarca.

Hablo del caciquismo del siglo XXI, que en el fondo no es más que el mismo que el del siglo XX y el del siglo XIX, pero con Instagram para poder venderse mejor.

Son los mismos clanes de toda la vida, de apellido castizo y sonrisa falsa. Los actuales líderes de una democracia municipal que son elegidos a base de red clientelar, favores e impostar un aura de líder providencial. Aquellos prohombres, o lo que actualmente se perciban, que se encumbran entre el populacho porque «mi abuelo fue el primer alcalde de la democracia». Forma alternativa de decir que son nietos del último alcalde de la dictadura. Pero eso vende menos.

Aunque tengo que ser justo, no hablamos de un mero sistema caciquil, es mucho más que eso. No se trata únicamente de que los señoritos, señoritas o señoronas hagan y deshagan a su antojo, controlando votos y lealtades a base de chequera y favores. También forman una enorme red de clanes intercomunicados, con representantes en juntas territoriales que deciden los avatares por los que conducirán a sus poblados y aldeas. En casos lejanos hablamos de señores de la guerra y de economías clanificadas. Aquí, por suerte, los líderes tribales van sin AK-47 y las reuniones en el Consell Comarcal son menos tensas. Tampoco deciden sobre la paz y la guerra, aunque pueden provocar el caos igualmente. Y sin tribunales de honor, cosa anacrónica y, peor aún, inaplicable por desconocimiento de tal virtud.

Sin embargo, pueden imponer toda clase de tasas, impuestos y sistemas absurdos, y emplear lo recaudado en mantener la enorme red del consejo. También pueden mantener los negocios. Puede ser que ya no interese que alguien desafecto mantenga un negocio en el pueblo y sea mejor asignar tal concesión a alguien afín. O ignorar los trapicheos de miembros de familias leales al más puro estilo afgano. Aunque más civilizados: aquí no van con una pickup Toyota como animales; aquí tienen coches eco y furgonetas de cristales tintados para las horas extra. Afortunadamente, en el Penedés no hay cultivo de amapolas. El tráfico suele ser de influencias y de plantas menos coloridas. Vinos aparte.

Cambian los tiempos y las apariencias, pero no así la asfixiante y odiosa neblina de ciertos apellidos. También ha cambiado el estilo, pero no el contenido. Hubo un momento en que eran «hereus» con influencia terrateniente. Luego pasaron a tropas caudillescas. Hace no tanto se reciclaron en adalides de las libertades y el bienestar. Y ahora mezclan un personaje de CEO municipal con animador sociocultural para seguir controlando el cortijo. Eso los distingue de otros sistemas caciquiles, pues el nuestro es un sistema ecosostenible: lo único que ha hecho es reciclarse una y otra vez para reutilizar a los mismos mequetrefes. Mequetrefes 3.0 en el caso actual, con presencia en RRSS para esparcir una sonrisa falsa y forzada que difícilmente consigue esconder esa soberbia infundada y el desprecio por el trabajador que sostiene, sobre sus hombros y su bolsillo, un sistema de castas que jamás ha estado sobre la mesa votar o cambiar. Solo faltaría, la democracia se trata de votar a Juan Pérez o a Pedro Juánez, no de cambiar las cosas ni de acabar con la opresión de un elitismo de pacotilla.

No sé si la democracia liberal que tenemos es un sistema pequeño-burgués y terrateniente que, curiosamente, se ha cargado a la clase media mientras insertaba a todos los miembros de las familias y clanes de siempre en la administración para impedir cualquier cambio por parte de los perdedores de tal carrera de ratas. Pero lo parece.

Es más, parece la escala más pequeña y permanente de un proceso global de establecimiento de estructuras cerradas y duras para impedir cualquier evasión por parte de la clase inferior o, en su defecto, de los desafectos.

Nada puede escapar al control de los que se han erigido como salvadores de una humanidad que nunca les llamó ni necesitó. A escala global parece que debo agradecer que una teutona que no ha salido de elección alguna, pero tiene fuertes lazos con una industria basada en obtener beneficios de la enfermedad, decida si puedo ir más o menos en avión por un precio razonable. Y a nivel local parece que debo deleitarme viendo las inmensas y bucólicas plantaciones —unas legales y otras consentidas— mientras una señorita Escarlata se pasea en su híbrido enchufable buscando nuevas formas de dilapidar los recursos de todos en los caprichos de algunos. Quizás podría organizar la fiesta del corsé para que la clase servil muestre sus aptitudes en el arte de vestir a los señores. Y el ganador puede llevarse un libro. Por ejemplo, un ejemplar de «El semen mola», hito de la literatura y gran obra infantil contemporánea. Ahora disponible en la sala de lectura del pueblo. Y en la lengua del amo, todo ventajas.

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