Abandono la Sierra de Gredos dejando atrás una jornada especialmente intensa. He compartido el día con los niños que participan en el campamento Redescubriendo la Caza, donde, por segundo año consecutivo, he tenido la oportunidad de impartir una charla sobre la situación del lobo en España y sobre la cultura pastoril y cinegética que, durante siglos, ha desarrollado nuestra sociedad para convivir con este depredador y gestionar sus poblaciones.
Mientras regreso a casa, mi memoria viaja inevitablemente hasta una de las historias que más despertó mi imaginación durante la infancia: la del niño hallado en las selvas de la India a mediados del siglo XIX, cuya vida inspiró en parte el personaje de Mowgli, protagonista de “El libro de la selva”, de Rudyard Kipling. Cuando fue descubierto por un grupo de cazadores, aquel pequeño, de apenas seis años, habitaba una cueva junto a una manada de lobos y reproducía muchos de sus comportamientos.
Aquel episodio fascinó a antropólogos, naturalistas y escritores, convirtiéndose en uno de los casos de «niños ferales» más conocidos de la historia. Décadas después, la adaptación cinematográfica de Disney transformó aquel relato en una fábula universal sobre el enfrentamiento entre la naturaleza y la civilización, entre el instinto y la cultura, culminando con el regreso del niño al mundo de los hombres.
La ciencia ha estudiado numerosos casos de niños salvajes para intentar responder a una de las grandes preguntas de la antropología: ¿cuánto hay de innato y cuánto de adquirido en el comportamiento humano? Estos estudios han permitido comprender hasta qué punto el lenguaje, la empatía, las normas sociales o incluso determinadas capacidades cognitivas dependen del aprendizaje y del entorno cultural.
Sin embargo, mientras recordaba aquella historia durante el viaje de vuelta, me surgió una reflexión distinta. ¿Qué ocurriría si planteáramos el experimento en sentido inverso? ¿Serían capaces los niños que acabo de dejar en el campamento de desenvolverse durante un tiempo en plena naturaleza gracias a los conocimientos y habilidades que están adquiriendo? ¿Podrían orientarse, interpretar el comportamiento de los animales, reconocer el monte o comprender los ritmos del medio natural?
Esta pregunta conduce inevitablemente a una comparación entre dos formas muy distintas de crecer. No se trata de establecer una jerarquía entre el mundo urbano y el rural, sino de analizar las capacidades que cada entorno desarrolla y aquello que cada uno deja inevitablemente en segundo plano.
Mi hija lleva dos días en un archipiélago de Boa Vista en Cabo Verde, en mitad del océano atlántico en un voluntariado para salvar a las tortugas Caretas y sé que va a poner en practica todas las enseñanzas que he compartido con ella desde bien niña, estudia Biología y su frase preferida es: “yo no soy bióloga de bata sino de bota”.
Los niños que crecen en grandes ciudades viven rodeados de infraestructuras, tecnología y servicios que facilitan su vida cotidiana. Están acostumbrados a desenvolverse en espacios altamente organizados y conectados, donde el acceso inmediato a la información forma parte de la normalidad. Sin embargo, esa misma realidad suele alejarlos del contacto directo con la naturaleza. Muchos desconocen el origen de los alimentos que consumen, apenas distinguen las especies que habitan nuestros montes y rara vez desarrollan una relación cotidiana con los ciclos naturales.
Por el contrario, quienes crecen en el medio rural mantienen una vinculación mucho más estrecha con el territorio. Aprenden desde pequeños a interpretar el paisaje, a reconocer el comportamiento de la fauna, a identificar plantas, rastros y estaciones, y a comprender que la naturaleza funciona mediante complejos equilibrios donde la vida y la muerte forman parte de un mismo proceso. Esa experiencia cotidiana genera una percepción diferente del mundo natural, basada menos en la abstracción y más en la observación directa.
No significa que unos niños reciban una educación mejor que otros. Significa, sencillamente, que cada entorno transmite conocimientos y valores distintos. Mientras la ciudad favorece determinadas competencias tecnológicas y sociales, el campo conserva saberes ancestrales relacionados con la supervivencia, el respeto por los ciclos de la naturaleza y el conocimiento práctico del territorio.
Precisamente por ello considero especialmente valiosas iniciativas como el campamento Redescubriendo la Caza. Más allá de la actividad cinegética, estos encuentros permiten que muchos jóvenes entren en contacto con una realidad que difícilmente conocerían en otros ámbitos: el monte como escuela, la observación como método de aprendizaje y la naturaleza como espacio donde comprender mejor nuestro propio lugar en el mundo.

Gredos 2026
La transmisión de una cultura ancestral
Esta diferencia entre dos formas de entender la infancia adquiere una dimensión aún más profunda cuando analizamos el debate sobre la educación en torno a la naturaleza y la actividad cinegética.
El Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas ha recomendado a diversos Estados limitar la participación de menores en actividades cinegéticas y en determinados espectáculos con animales, como los taurinos, al considerar que podrían afectar al desarrollo de la sensibilidad hacia el bienestar animal.

La emoción de aprender
Frente a esta posición, quienes defendemos la caza sostenemos que constituye una expresión del patrimonio cultural del mundo rural y un valioso instrumento de transmisión de conocimientos, responsabilidades y valores. Lejos de promover la violencia, entendemos que la práctica cinegética, cuando se desarrolla dentro del marco legal y desde el respeto a la naturaleza, enseña a conocer los ecosistemas, comprender el equilibrio entre las especies y asumir la responsabilidad que implica la gestión del medio natural.
La creciente confrontación entre estas dos visiones refleja un conflicto mucho más amplio acerca del modelo educativo que deseamos para las futuras generaciones. Cada vez con mayor frecuencia, determinadas corrientes ideológicas promueven una concepción de la naturaleza profundamente alejada de la experiencia cotidiana del medio rural. En ocasiones, esa visión presenta el mundo natural desde una perspectiva idealizada, en la que desaparecen los procesos ecológicos que regulan los ecosistemas y las complejas relaciones entre depredadores, presas y seres humanos.
Muchos habitantes del medio rural perciben que los organismos internacionales y nuestro propio gobierno ideologizado hasta la medual están impulsando políticas que relegan tradiciones centenarias en favor de modelos culturales concebidos desde entornos urbanos. Desde esta perspectiva, consideran que el relato dominante apenas tiene en cuenta la experiencia acumulada por generaciones de pastores, agricultores y cazadores que han convivido históricamente con el territorio.
El debate, por tanto, trasciende la propia actividad cinegética. En realidad, plantea una cuestión esencial: ¿quién debe asumir el protagonismo en la educación de los niños? Corresponde, sin duda, al Estado garantizar una enseñanza de calidad y transmitir conocimientos comunes. Sin embargo, la formación moral, cultural y ética de los hijos pertenece, en primer lugar, a las familias, que poseen el derecho y la responsabilidad de educarlos conforme a sus convicciones y a su propia tradición cultural.
Cuando esa transmisión intergeneracional se debilita, también se resiente el vínculo entre las nuevas generaciones y el mundo rural. Las costumbres, los conocimientos prácticos, los oficios tradicionales y la relación directa con la naturaleza dejan de formar parte de la experiencia cotidiana para convertirse en meros recuerdos o referencias académicas.
A ello se suma una creciente tendencia a presentar la naturaleza desde una visión excesivamente simplificada. En muchos materiales divulgativos y educativos como las cartillas infantiles predominan relatos que humanizan a los animales o reducen la complejidad de los ecosistemas a una interpretación sentimental. Recientemente el proselitismo en las aulas ha llegado a plantear la condición de vegano del lobo ibérico, alimentándose de fruta y lechugas. Cuestionándome el valor pedagógico de estos intentos de adoctrinamiento alejados de la realidad natural, conviene recordar que “ahí fuera” las cosas funcionan mediante relaciones ecológicas complejas donde la depredación, la competencia y la muerte forman parte inseparable del equilibrio biológico.
Mi generación tuvo el privilegio de aprender directamente de nuestros mayores. Cazadores, pastores y hombres del campo nos enseñaron a interpretar el monte, a leer los rastros, a conocer el comportamiento de los animales y, sobre todo, a comprender que el respeto por la naturaleza nace del conocimiento y no de una visión idealizada de ella. Me siento orgulloso de ser descendiente de una familia de cazadores y de ver como mis hijos aprenden con interés el “juego de la naturaleza”.

Nuestros niños el mejor legado de la caza.2026
Por eso nunca he considerado la caza como un simple deporte. La caza es un arte y para mí constituye una manifestación cultural profundamente ligada a la historia del ser humano y a su relación con el medio natural. Practicada con ética, prudencia y responsabilidad, enseña una realidad que con frecuencia la sociedad urbana prefiere ignorar: toda vida depende de otras vidas y la naturaleza se sostiene sobre un delicado equilibrio entre nacimiento, supervivencia y muerte.
Esa enseñanza exige una enorme preparación. Cazar no consiste únicamente en abatir una pieza; implica conocer el terreno, respetar los periodos biológicos, comprender el comportamiento de la fauna, asumir estrictas normas de seguridad y aceptar que cada decisión tiene consecuencias sobre el ecosistema.
Precisamente por ello, la verdadera cultura cinegética desarrolla virtudes que trascienden la propia actividad: la paciencia, la templanza, la disciplina, el autocontrol, la capacidad de observación y el profundo respeto hacia el animal salvaje. Quien comprende la dignidad de la pieza también comprende que el último homenaje consiste en aprovecharla íntegramente, evitando cualquier forma de despilfarro y reconociendo el valor de la vida que ha hecho posible nuestro sustento.
Unos cuantos hemos dado un paso adelante y vamos a defender nuestras tradiciones y el legado desde el activismo por la caza, mejor que nosotros nadie va a defender los valores que nos trasmitieron nuestros mayores. ¡Viva la caza!