De todo lo posible y lo imposible

De todo lo posible y lo imposible. José Vicente Pascual

El ordenamiento jurídico y las leyes y tratados de la Unión Europea no fueron óbice para que en 2020, en veinticuatro horas, el gobierno metiera en casa a 47.000.000 de españoles, dejase las calles desiertas, los centros de trabajo cerrados, los comercios a cal y canto, los ambulatorios de la seguridad social vacíos, los bares y locales públicos a cerrojazo, el tráfico de vehículos detenido… Nos tapó la boca con mascarilla y movilizó a todas las fuerzas del orden, ejército y policía, para mantener el orden y la ley, vigilar a una ciudadanía empavorecida ante la pandemia y multarles en cuanto se saltaran las normas de confinamiento.

Todo eso lo hicieron en veinticuatro horas. Pero casi un mes después de la invasión de Ceuta no pueden solucionar el problema de cinco mil, o seis mil, o nueve mil inmigrantes ilegales, resto de los ochenta mil que asaltaron la ciudad para convertirla en la Gaza española. Aquí, en esta nación nuestra, las cosas se hacen o no se hacen dependiendo de lo que interese a los que mandan. Hay medios o no los hay según el mismo procedimiento: para algunas cosas, sobrados; para otras, imposible. Nos dicen que las leyes impiden devolver a menores no acompañados, a solicitantes de asilo, a quienes entraron nadando… Unas leyes de inmigración redactadas por niñatos buenrollistas y niñatas del beaterio arcoíris que tienen más experiencia en Tik-Tok y Only Fans que en asuntos de fronteras y, en general, problemas que afecten de verdad a la gente que pastorean desde sus despachos. Progresismo.

Nunca se ha recaudado tanto en impuestos —para mantener a esta pandilla, entre otros derroches—, pero nunca han funcionado tan mal, tan pésimamente mal, los servicios y medios teóricamente destinados a garantizar la libertad, el bienestar y la seguridad de los ciudadanos.

Nunca se ha cuidado tanto el medio ambiente, nunca ha habido en España una masa forestal tan abundante (somos el segundo país más frondoso de la UE, después de Suecia), nunca ha habido tanta campaña y tanta concienciación sobre la atención a nuestro entorno natural, y nunca el mundo rural ha estado más abandonado, y jamás en nuestra historia ha habido tantos incendios. España lleva ardiendo desde el mes de junio, sin parar, y no hay medios para contener el sindiós. ¿En qué lo gastan? ¿Dónde está el fondo del pozo negro donde van a parar los tributos que religiosamente y por narices pagan todos los ciudadanos?

Nos consuelan con el salmo de que los incendios se producen por culpa del cambio climático, y que los medios de prevención y extinción son competencia de las comunidades autónomas. O sea, propaganda y lavado de manos para hacer frente a una crisis ambiental que se mantiene durante meses: España ardiendo y ellos a lo suyo, que consiste más o menos en el saqueo y disfrute del Estado.

Nunca ha habido tanta preocupación por las energías alternativas. Nunca se ha invertido tanto en energías “limpias”, sostenibles, resilientes y pedroprogresistas. Y nunca hemos pagado tan caro el recibo de la luz.

¿A nadie le extraña? ¿Qué nos pasa a los españoles?

Nos han llenado el país, primero, de descomunales armatostes eólicos, ahora de campos de placas solares que se llevan por delante cultivos y arbolado. Algunos llamamos al invento «la burbuja de las sostenibles». Pero, en serio: ¿alguien se pregunta para qué sirve toda esa bambolla ecológica, qué beneficio real obtiene la ciudadanía de esta machaca majadera? Este mes de septiembre cada hogar español pagará una media de 105 € en el recibo de la luz, récord histórico. Eso sí, el territorio está lleno de instalaches, trastos que ponen cachondos a los ecologistas y les hacen soñar con un mundo donde haya tantísima energía limpia que nadie pueda pagar el recibo de la luz, donde plebe y gallofa, resignados, se conformen con vivir sanamente a oscuras. Progreso.

De verdad, ¿a nadie le parece raro? Vivimos en el país de la propaganda continua sobre «Todo es posible» mientras la realidad se empeña en demostrarnos que para ellos —y para los demás— todo es imposible.

Nunca ha habido tanta ley y tanta concienciación sobre la «violencia de género» y nunca ha habido tanta violencia de género; nunca se insistió tanto en «los derechos» de los ciudadanos y nunca ha habido tanta indecisión a la hora de hacerlos efectivos, tanta marginalidad, tanta inseguridad jurídica, y mejor no entrar en detalles.

Nunca hubo tanta gente oficialmente empleada y nunca la gente, que necesita trabajar, trabajó menos y ganó menos dinero. El número de ocupados aumentó en 486.000 personas en el último trimestre —mira qué bien—, pero 1.904.000 de esas personas “ocupadas” no trabajó ni una hora en la última semana de julio. Lo que nos lleva a otra conclusión: nunca tuvimos un gobierno tan imaginativo a la hora de contar parados.

Nunca hubo gobiernos que recaudasen tanto para hacer tan poco. Nunca los hubo tan soberbiamente instalados en la propaganda y la manipulación. Nunca tan pocos engañaron tanto a tantos.

Veremos hasta cuándo.

Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿en qué lo gastan?

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