Del Benelux a Iberia: ¿qué es el iberismo?

Del Benelux a Iberia: ¿qué es el iberismo?. Aitor Vaz

En ocasiones —más de las que querría— he tenido que explicar el origen de mi primer apellido, pues, aunque es corto y resulta obvio que no es extranjero, suele generar curiosidad. Y también solía ser objeto de cierta mala uva por parte de personas salidas de un sistema educativo al que le brotaban forofos y filólogos. Así, mi flamante Vaz fue escrito insistentemente como “Baç” y “Bas” por directores con demasiado tiempo libre. Pero, anécdota pompeufabriana aparte, hay algo más importante en dicho apellido.

Vaz, sin entrar en significados y teorías variopintas, es un apellido galaico-portugués. Y digo galaico-portugués porque, en mi caso, proviene de Galicia. Ser arraiano -rayano si se quiere- por parte de padre tiene sus consecuencias. Aunque no es menos cierto que dicho apellido es mucho más corriente en Portugal y es de donde se puede considerar más propio. Que Luís de Camões fuera Luís Vaz de Camões no es un detalle menor.

Así se entiende que parte de mis orígenes son de la Raya y, aunque durante parte de mi vida no tuve un trato profuso con la otra nación de la península, el contacto con Portugal no me resulta extraño.

Tampoco es un detalle menor el haber trabajado —brevemente— cerca de Oporto y haber podido sentir la evidencia de la que pocos hablan aunque casi todos sabemos: es difícil sentirse extranjero en Portugal siendo español, y al revés. Pero antes de entrar en ese sentimiento y movimiento iberista, me gustaría abordar algunos datos menos sentimentales e históricos.

Hay que remarcar que muchas empresas actúan en los mercados español y portugués con una sola sociedad para toda la península. Y, del mismo modo, para muchas empresas de uno y otro lado de la Raya, la expansión más natural y efectiva es volverse hacia el mercado hermano. Basta decir que España es el principal socio comercial de Portugal.

Pero a nivel político cualquier atisbo de iberismo es palabrería y buenas intenciones en cumbres de papel maché. Las élites políticas no están interesadas en ello ni lo estarán. A las élites españolas, muy regionalizadas o enfocadas en negocios chuscos por Europa o Latinoamérica, Portugal se les queda muy pequeño y con otras élites con las que deberían competir. Y no me consta interés alguno en mejorar España en ningún aspecto real como para comenzar a gestionar un modelo de cooperación ibérica que mejore la vida de nuestros pueblos. A menos, claro, que hubiera oportunidad de sacar recaudación de ello: si cooperar e integrar significase gravar a más gente, en las Cortes estarían ya con proyectos ómnibus para invadir Portugal junto a la nueva normativa para bajar gatitos de los árboles.

A nivel europeo, menos aún. Un proyecto de integración peninsular que pudiera conllevar un “rearme” industrial, económico, cultural y social de más de 58 millones de almas iba a ser tolerado como un paseo de Putin por Amberes. Lo que les faltaba a Alemania y Francia: un rival económico con gran potencial más en una UE en la que ya ven que Polonia avanza sin freno.

Pero quiero volver al origen de la cuestión, que es mucho más que un mero interés económico o geopolítico más o menos puntual para ambos pueblos.

Porque va de pueblos. Portugal y España, en la actualidad, aunque hermanos y con una larga historia que nos hace prácticamente gemelos, también es la historia de dos pueblos que se conformaron de espaldas el uno al otro, incluso haciendo lo mismo.

Cierto es que nuestro origen es el mismo, es idéntico. Y tan cierto es que la integración —o reintegración, si se quiere— de los distintos reinos peninsulares que se opusieron y combatieron al enemigo que nos sometió durante siglos era una idea que, de forma u otra, siempre estuvo allí. Ningún reino peninsular, por mucha disputa que pudiera tener con otro, dejó de ser consciente del germen común y del posible desenlace de todos unidos.

Sería aventurado, quizás falso, decir que existía una conciencia o identidad nacional clara por encima de los reinos. Pero si se indaga, es evidente que siempre existió una protoconciencia común. Quizás débil, quizás incompleta y, llegado el momento clave, mal ejecutada. Pero dicha protoconciencia existió y, seamos claros, permanece. El llamado iberismo es la forma política o ideológica que toma la evidencia de que ningún portugués es extranjero en España, como tampoco yo me he sentido fuera de casa en Portugal. Algo que no se replica en Italia o Francia por mucha supuesta afinidad lingüística o cultural que nos pueda unir con esos otros pueblos.

Pero, repito, en el momento en que tal integración pudo o debió haberse ejecutado, a la península le saltaron las costuras. Procesos europeos y de la autoridad imperial se entremezclaron en asuntos domésticos. Fue Portugal el que decidió salirse del juego. Aunque podría haber sido el Principado. Estar en tantos frentes hacía difícil y muy sensible de gestionar una unión ibérica con posesiones en ultramar y un potencial imperial nunca visto. Y completamente inaceptable para otros. Una península separada conllevaba imperios separados. Y si se conseguía cierta oposición y disputa entre reinos ibéricos, mejor para los intereses de terceros.

Y todo ello sin menospreciar algo en absoluto menor: España lleva muchísimo tiempo siendo vista en Portugal con cierta suspicacia. Pues si la unión ibérica pudo ser interpretada como una supremacía de Castilla y un agravio para Portugal, la historia posterior no deja de ser la continuación de una relación basada en convivir en el mismo espacio pero de espaldas y con sospechas.

La crítica corriente dentro de España (y en algunas de sus partes) sobre que se entiende nuestra identidad como una Castilla ampliada es también algo compartido con Portugal.

La identidad portuguesa, entre muchos elementos previos y posteriores, tiene la oposición a la Castilla histórica en su núcleo. Los portugueses son portugueses porque no son castellanos. Y al entender que la concepción de España es la de ser todos castellanos, se les hace incompatible.

Pero sobre esa cuestión hay mucho que aclarar.

Primero, es cierto que España se construye con Castilla como columna vertebral y que la unión ibérica, más que probablemente, le reservaba ese mismo rol. Tampoco era de extrañar: era la mayor potencia económica, militar  y demográfica de la que disponíamos. Y culturalmente no se podía tratar en absoluto de atrasada, todo lo contrario.

Es cierto, pues, que con el devenir histórico la unión ibérica habría “castellanizado” Portugal en algún grado. Especialmente con la política borbónica y los arrestos del siglo XIX.

Aunque no es menos cierto que Castilla ha sido la más dañada por ese rol histórico preponderante. Castilla en la actualidad es una entidad dividida administrativamente, sin una clara forma territorial incluso en los mapas de supuestos nacionalistas castellanos. ¿Por qué? Yo diría que, siguiendo las palabras de Ortega sobre “Castilla hizo España…”, la misma Castilla fue deshecha en el proceso de conformación de España, quedando diluida y sin identidad ni forma clara. Pensamiento evidente, pero poco tratado. Dentro de España, podría llegar a pensarse que Castilla está formada por los territorios y gentes que no pueden tratarse de otra cosa. Aquellos que no pueden enclaustrarse en ser catalanes, gallegos, vascos, canarios o lo que fuera, que suele coincidir con las mesetas. Castilla es lo que no puede ser otra cosa. Pensamiento muy de Cánovas.

Esta idea es digna de ser dirigida a los portugueses (y no solamente) que siguen entendiendo que la Unión Ibérica fue y es una amenaza por parte de Castilla. Pues la conformación nacional española diluyó más a Castilla que al resto.

No con ello quiero decir que no hubiera (o no haya) más que posibles y previsibles problemas. La integración de ambas naciones, aunque fuese en forma de una mera coordinación muy superficial de ciertas competencias que no llegarían ni de lejos al plano confederal, siempre tendería a cierto desequilibrio.

El peso de España no es el de Portugal y eso puede producir cierta tendencia arrogante y condescendiente en la gestión de asuntos comunes. E históricamente ha habido tal deriva por parte española. Cosa que digo como autocrítica, no como forma de fustigamiento.

Al final, el iberismo que tenemos hoy en día es el poso de un sentimiento muy natural y muy legítimo que hace entender que portugueses y españoles somos parte de lo mismo. Cierto es que hay asociaciones e intelectuales influenciados por el ideal de la Unión Ibérica, pero de una forma más romántica que efectiva. Hay que ser claros, el iberismo y la Unión Ibérica son más sentimientos que ideas. No por ello menos relevante, quizás lo haga destacar más. Pues es una emoción común, un semilla que casi todos poseemos en algún  modo. Pero el debate real se entiende lejano y, quizás, así deba ser. Hemos estado separados durante siglos y con tendencia a darnos la espalda, por lo que la prisa no es buena.

Además, toda forma de integración debería ser dirigida por una clase política que, en el caso español, se encuentra muy a gusto en su coto de caza particular y no quiere líos. Es más, si el coto se pudiera subdividir y hacer más exclusivo, mejor. Por lo que no entra en los planes ninguna forma de iberismo. Y no me apena: es mejor dejar la afinidad entre ambos pueblos a los mismos pueblos.

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