Del ser al vencer

Del ser al vencer. Fernando Villalba

Desde pequeño he normalizado vivir formando parte de minorías. Soy español en una Hospitalet que es cada vez menos española. Soy del Real Club Deportivo Español en una Barcelona donde no ser del Barça te excluye del relato oficial de la catalanidad. Y soy patriota en una Cataluña donde, hasta hace bien poco, eras repudiado por dos frentes: por un separatismo antiespañol y por un constitucionalismo rancio, acomodado y de despacho que hoy solo se viste con la bandera nacional por puro cálculo electoral.

Esta condición de minoría jamás ha conjugado bien con mi animadversión a la derrota. No me gusta perder; no me ha gustado nunca. Y tristemente, llevo años viendo cómo los míos y yo mismo perdemos muchas más veces de las que me gustaría. Ante esta realidad, y movido por una obsesión casi visceral por ganar, no me ha quedado otra que buscar caminos alternativos. Porque me niego a aceptar que ser pocos signifique estar condenados a la derrota.

Cuando se habla de futuro —y más aún cuando se hace en términos electorales o estrictamente políticos—, la conversación suele limitarse a las mayorías parlamentarias: cómo alcanzarlas, cuándo se lograrán o cuántos años tardaremos en aplicar nuestras medidas.

Yo vengo a reivindicar algo distinto.

Al inicio de la temporada 2016/2017, el RCD Español lanzó una campaña titulada “Maravillosa Minoría”. Aquella propuesta recordaba que no siempre vence el superior en número y convertía el ser menos en una virtud, un valor diferencial y un acto de rebeldía. El mensaje era claro: ser parte de la minoría no es el camino fácil, sino una elección romántica, auténtica y contracorriente, no un complejo, sino un privilegio.

Aquel mensaje fue relevante y hoy debe servirnos de lección.

Pero para cambiar España no será suficiente con ser una maravillosa minoría sino que hará falta, sin duda, una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados. Estoy convencido de que esa mayoría solo se construirá a través de pequeñas minorías dispuestas a dar la batalla en su barrio, su universidad o su grupo de amigos.

Como catalán, me niego a creer que sean necesarios 67 diputados en el Parlament para empezar a cambiar las cosas. Esperar a la mayoría absoluta para actuar es la excusa de los cobardes.

La historia reciente demuestra que no hace falta ser mayoría para provocar grandes transformaciones.

No necesitó una mayoría Plataforma per Catalunya para abrir en la región, hace más de quince años, el debate sobre la inmigración masiva.

No necesitó una mayoría Jaume Vives cuando, en 2017 y ante los aquelarres separatistas, convirtió su balcón en un faro de esperanza para miles de catalanes silenciados.

Tampoco la necesitaron Chantal Moll y otros profesores de la Universidad de Barcelona que se plantaron con valentía ante la instrumentalización ideológica del Rectorado.

Ni la ha necesitado VOX para irrumpir en el Parlament, dinamitar el cordón sanitario y obligar a debatir sobre identidad, seguridad y libertad educativa, devolviendo la cordura tras décadas de hegemonía separatista.

Todos ellos eran pocos. Todos fueron señalados, insultados y dados por perdidos. Sin embargo, todos lograron mover el eje del debate político.

Es por ello que, a mi parecer, Cataluña es el ejemplo perfecto de que las minorías audaces son las que escriben la historia, incluso cuando esa minoría representa el rival.

Ser minoría puede llegar a ser cómodo. Tiene una mística innegable, te otorga superioridad moral y te mantiene con la guardia alta. Pero la resistencia por la mera resistencia es una trampa.

Estoy profundamente harto de la romantización de la derrota. Ser la «maravillosa minoría» es un excelente punto de partida, pero jamás puede ser nuestra meta. No existimos para recibir palmaditas en la espalda por lo valientes que somos al levantar la voz. No resistimos para dar batallas testimoniales e irnos a casa con las manos vacías y la conciencia tranquila. No hemos venido a ser los héroes trágicos de una película con final agónico.

Hemos venido a ganar. Y para ganar de verdad, necesitamos convertirnos en mayoría.

Pero seamos sinceros, esa victoria no llegará manteniéndonos como un club selecto de convencidos. Llegará cuando todas las pequeñas minorías —el vecino que exige barrios seguros, el estudiante que reclama libertad en las aulas, el trabajador harto de imposiciones ideológicas— coincidan en un mismo camino.

Las minorías audaces son la chispa indispensable, pero nuestro objetivo no es contemplar el fuego desde la esquina: nuestro objetivo es encender a toda España.

Dejemos la mística de la derrota para otros. No nos conformemos con medallas de consolación. A nosotros nos toca levantar la cabeza, romper el silencio y construir, hombro con hombro, una mayoría imparable que preserve la Patria que recibimos como legado.

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