Dos mil millones de olvidos (II)

Dos mil millones de olvidos (II). José Vicente Pascual

Hace unas semanas, mi mujer y un servidor emprendimos viaje a León para recuperar unos montones de libros que teníamos guardados en trastero rural desde hacía más de una década; libros que no pudieron acompañarnos en las últimas mudanzas al archipiélago canario y tiempo después a Barcelona, y de los que no estábamos dispuestos a desprendernos. Hay gente que se deshace de los libros que abultan demasiado vendiéndolos al peso, nutriendo el mercado de ocasión; otros los dejan abandonados en el banco de un parque, en cualquier esquina o a la entrada de algún edificio público, como huérfanos desamparados igual que aquellas criaturas semi literarias a las que empaquetaban en el atrio de un convento con la esperanza de que monjitas o frailes se hiciesen cargo de la anomalía. Hay personas que incluso, en el colmo de la ruindad, abandonan sus libros en el contenedor de la basura. Más de un ejemplar he rescatado en esas condiciones, con el consiguiente rapapolvo de mi esposa, quien no admite en casa objetos procedentes de la basura aunque el dicho objeto esté compuesto de portada y contraportada y muchas páginas impresas por medio.

Reconozco que a lo largo de estos años hemos sopesado, en ocasiones, algún método para dar salida a los libros que ahora acabamos de recuperar. Valoramos la donación a alguna biblioteca —la del pueblo en la montaña leonesa donde estaban guardados como primera opción—, o hacer lotes y regalarlos a amigos, familiares y allegados. Sin embargo, al impulso de generosidad siempre se impuso un prejuicio algo atávico —demasiado literario igualmente—, según el cual hay que tener mucho tacto y estar muy seguro de lo que se hace antes de olvidar libros en León, por ser esta ciudad de bibliotecas secretas, archivos prohibidos y ejemplares raros, luminosos y con su punto excitante de malignidad; libros que permanecen ocultos bajo los mantos del tiempo, en edificios antañones, iglesiucas milenarias y criptas silenciosas donde late el espíritu de siglos intactos bajo el temblor de las telarañas. Todo lo cual es retórica, pero no ficción del todo. Desde que Lovecraft desentrañase que el Necronomicón había sido traducido al castellano precisamente en esa ciudad, con el título mistérico de Alacife, oculto en un hueco sigiloso de la Pulchra Leonina, la materia da para pensar despacio en el asunto. No olvidemos que el famoso traductor Francisco Torres Oliver halló, a finales de los años 60 del siglo pasado, un enigmático infolio de 32×25 cm., el cual, según entusiastas expertos en la obra lovecraftiana, pertenece supuestamente al Alacife traducido en tierras leonesas, allá por 1498. Datos eruditos aparte, la cantidad de mitos locales, anécdotas y hechos bizarros acaecidos en León, siempre con libros prohibidos, perdidos, olvidados como protagonistas, obligan a que uno lo valore dos veces antes de tomar decisiones radicales sobre su biblioteca en aquella parte del mundo.

Total que cargamos los libros en vehículo a propósito y nos trajimos el completo voluminario a Viladecans. Tras reponerme del viaje y sus esfuerzos —uno ya está mayor y algunos afanes pesan—, y después de días de desembalaje, clasificación y ordenación en las correspondientes estanterías, los célebres libros ya descansan en nuestra biblioteca barcelonesa. Laus Deo.

Organizar todo ese material, aparte de una retrospectiva sentimental, ha provocado cierto trabajo de íntima reflexión, qué duda cabe. En primer lugar, sobre el sentido de esas cantidades ingentes de papel impreso, la tonelada de celulosa empleada y el caudal de tinta vertido en una industria doméstica que camino lleva de convertirse en recuerdo, y cada biblioteca familiar en cementerio, conservado a perpetua memoria de tiempos pasados que no han de volver. Afirma Nicolás Gómez Dávila, en sus Escolios, que la literatura no tiene interés en lo general para el común de las gentes, si bien puede alcanzar enorme interés en lo particular —véanse “pelotazos” como El código Da Vinci o El nombre de la rosa—; las bibliotecas, sin embargo, adquieren relevancia en lo general, siendo lo particular, en ocasiones, un poco descorazonador. De todos los libros recatados en León, si me pusiera exigente desde una perspectiva “de valor”, conservaría veinte, treinta como mucho; el resto… vuelta a imaginar los métodos para desprenderse de libros que abultan y ocupan demasiado espacio. Aunque, siempre hay un “aunque”.

Aunque debo reconocer que de todos esos libros que en otro tiempo me distrajeron, me emocionaron, me aburrieron o me dejaron indiferente, a los que más cariño les tengo es a los que forman el pelotón de la irrelevancia. No por lástima, lo prometo, sino por respeto. Cuánto trabajo hay en ellos, tanto del autor como de los editores; cuántas horas de documentación, redacción, corrección, prueba y error, lectura cero y contraste de opiniones y vuelta a empezar, reescritura y levantarse de nuevo… Cuánta ilusión habría en cada uno de esos libros, cuántas esperanzas y, claro, al final, cuánta desilusión, qué enormes decepciones, pérdidas económicas, quiebra de ilusiones. Un libro siempre es una conjetura sobre un posible éxito, quizás modesto éxito pero que al menos no supusiera la bancarrota editorial, en fin: una aventura donde quien no se juega el dinero se juega el puesto de trabajo, el prestigio, la cuenta de resultados, el nivel autoral que puede ir de exitoso a no recomendable para editores; y de todas esas vicisitudes, lo que queda a la postre es un testigo mudo, implacable, indiferente al paso del tiempo. A veces símbolo de tiempos felices, en ocasiones acusador despiadado.

A esos libros les tengo más aprecio que a los demás, más estima que a los de autores famosos y ventas boyantes. Estos últimos caben en mi lector de e-books, artilugio electrónico un poco más grande que un paquete de cigarrillos. Los otros, los que nadie quiso y casi nadie apreció y ninguno leyó, necesitan estanterías enormes para estar en mi casa, ocupando el lugar que en justicia les corresponde: el nimbo de los olvidados.

Total, como diría el gran Miguel Ángel Zapata: a todos nos tragará el olvido. Y respecto del olvido, lo mejor que podemos hacer es erigir pequeños templos en su conjura, como el pequeño altar dispuesto en mi humilde casa para libros de los que nadie se acuerda. Estarán ahí cuando yo me vaya y después nadie sabrá más de ellos ni de mí. Como ya se dijo: nos tragará el olvido. Seguiremos siendo de buena intención, simpáticos y con ganas de haber agradado… Pero nos tragará el olvido.

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