Dos mil millones de olvidos

En Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, John Steinbeck introduce un episodio fugaz que siempre me ha parecido inquietante, tanto por lo enigmático como por lo que sugiere: cuando el rey Arturo acude de madrugada y en solitario a enfrentarse con el rey Pelinor —quien tiempo después sería padre de Perceval—, se cruza con Merlín, fugitivo de tres airados campesinos que persiguen al mago con intención de darle muerte. Arturo ayuda a Merlín y lo libra de la situación; y no vuelve a mencionarse el lance en el transcurso de la obra. Como el libro de Steinbeck es adaptación de la novela original, La muerte de Arturo, de Sir Thomas Malory, supongo con bastante convicción que aquellos párrafos figuran igualmente en la primera versión medieval de las leyendas artúricas. ¿Por qué los campesinos persiguen a Merlín con tanta saña? ¿Qué fechoría había cometido, qué ofensa les había infligido? Un servidor, inclinado a pensar mal de los personajes literarios, siempre ha imaginado que el viejo Merlín, de vez en cuando y contraviniendo la supuesta dignidad que le conferían su edad y sabiduría, andaba en aventuras bizarras más propias de sátiro provecto que de consejero áulico y adivino al servicio del rey; también de vez en cuando sería sorprendido en faenas licenciosas y tendría que salir por piernas, huyendo de padres mancillados en su honor y esposos vilmente cornificados. No exagero, Merlín dio pistas suficientes sobre su condición aventurera en el sentido que se señala. Sus amoríos seniles con la doncella Niniana, protegida de Pelinor y también del oficio nigromántico, son buena muestra de ello. Aquella pasión crepuscular —“idiotizado” según Steinbeck y Malory—, lo llevaría a un final terrible, desventura que de sobra se había buscado. O sea que sí: Merlín era mago poderoso y también era un pintillas; como dirían en Granada; un saltabalates.

Resulta estimulante volver cada cierto tiempo, por etapas en la vida, al rey Arturo y sus hazañas y miserias, las cuitas de sus nobles caballeros, las tristezas de sus amoríos y la funesta recurrencia de sus incestos, los cuales le procurarían una descendencia de cría cuervos. Resulta instructivo comprobar que la saga permanece intacta, sin que el tiempo desdiga su potencia literaria, aunque la lectura nunca sea la misma. La muerte de Arturo que leí a los diecinueve años no es la misma que me entusiasmó con cuarenta, ni aquellos hechos a veces luminosos y a veces sórdidos me emocionaron de la misma manera que ahora, ya casi en la séptima planta de mis edades —sin contar los bajos del edificio—. También se añade el aliciente de ir descubriendo retazos argumentales a los que no di importancia en lecturas anteriores. El episodio de los campesinos persiguiendo a Merlín me llamó la atención en 1975, pero no fue hasta 2006 que descubrí la verdadera identidad del caballero Balaaín, bastante santificado en las versiones cinematográficas del mito. En mi visita de esta temporada, veinte años después, me he dado cuenta de que la espada que Merlín arranca del yunque y, por tanto, lo legitima como rey de Inglaterra, no es Excalibur; tampoco la espada que le obsequia la Dama del Lago antes de perecer decapitada. En fin, resumiendo: no hay dos lectores iguales para un libro ni hay dos lecturas iguales del mismo libro para la misma persona, tiempo mediante.

Los libros tienen vida propia y la vida de los libros tiene su propia lógica. Mi última lectura de Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros ha sido un volumen publicado en primorosa edición por Círculo de Lectores en 1992, ejemplar que obtuve de gratis en el punto de intercambio del estanco cercano a mi domicilio. ¿Quién podría sospechar que el mago Merlín era un viejales un tanto rijoso metido en correrías nocturnas inconfesables? ¿Quién me iba a decir a mí que, pasado el tiempo, libros como este y otros muchísimos títulos iban a reposar en estanterías libres, al alcance de cualquiera que se compadezca y los lleve a casa para leerlos y después devolverlos, o quedarse con ellos como si fuesen joyas dignas de caja fuerte? En el último año he descubierto tres de estos «puntos de intercambio»: el ya mencionado, en pleno estanco; el que airea a las puertas de la óptica Debor en el Puertito de Güímar (Tenerife), y el que ofrece a los usuarios del centro de salud de Viladecans la posibilidad de amenizar la sala de espera con un libro, aparte de otras especialidades de comunicación obsoleta como películas en VHS, volúmenes de la enciclopedia Larousse, revistas culturales y cosas así. Esos cementerios son un clamor.

Según el Instituto Nacional del Libro, en los hogares españoles hay, aproximadamente, 1.930.000.000 de volúmenes entre obras de ficción, géneros ensayísticos, guías, enciclopedias, libros ilustrados y de texto. Unos nueve millones de toneladas de papel impreso. Estas cifras se incrementan muchísimo si se añaden las bibliotecas públicas y de instituciones/fundaciones privadas, las bibliotecas del ámbito educativo/académico y las propias de la administración.

El número de libros condenados al olvido es inconmensurable. Su destino es el mismo que el de los periódicos y revistas: la digitalización progresiva, inapelable. El libro como soporte de prestigio se mantendrá, no cabe duda, como referencia en bibliotecas familiares muy reducidas. Lo demás… De nuevo el tiempo va a decirlo, pero no se auguran tiempos boyantes. Ni siquiera los libreros de viejo, usado y de ocasión ven el asunto con optimismo, a pesar del inmenso potencial de suministro que tienen delante: las bibliotecas familiares que ya van haciendo demasiado bulto; la gente prefiere las páginas de descargas —aun las piratas—, antes que visitar la librería de viejo. Hace años escuché una conferencia de Juan Eslava en la que afirmó, tan desenfadado como suele ser este autor, que “dentro de quinientos años nadie sabrá quién fue Cervantes”. Pudiera ser.

Lo cierto y real, y actual —no hace falta esperar quinientos años—, es que ya hay jóvenes que no saben cómo se utiliza un libro; no hablo de comprensión lectora sino del fenómeno que los anglosajones llaman “impossibility”, algo que se resumiría en la incapacidad para entender la necesidad de la experiencia cognitiva para saber sobre algo; en este caso, la necesidad de leer un libro para saber lo que dice y asumir su contenido. Tanta página y tanta letra junta se antojan inútiles en un mundo —una cultura— que ofrece contenidos desmenuzados, “digeridos” por la IA y consumibles por cualquiera con dos dedos de luces; el libro abruma a nuestros jóvenes —y no tan jóvenes—, y los conduce al lamento: ¿de verdad hay que leer todo eso? Menos mal que la tecnología informática y la inteligencia artificial están al quite: ya existen numerosas aplicaciones que resumen el contenido de cualquier libro y lo exponen en breve podcast de cinco minutos. Una de ellas —aplicación megapublicitada—, promete a sus usuarios el lustre cultural de quien lee cien libros al año, por medio de exhaustivos resúmenes de otros tantos títulos y por módico precio. Lo peor de estas dinámicas, sin embargo, no es que la gente pueda suplantar la aventura personal de leer cien libros por la mezquindad de cien resúmenes perpetrados por una IA; lo peor es que la inmensa mayoría no sabrá —no sabe— que hay cien libros, cien autores, cien argumentos que le convendría conocer. Como dijo el otro: «Lo malo no es no saber, es no saber que no se sabe». No es que no sepan buscar —en internet sabe buscar todo el mundo—, es que no saben qué buscar. Hace unos días, en un programa de TV de esos que se dedican al salseo barato, una chica de 19 años afirmaba muy rotunda y muy convencida de sí: «No sé dónde está Málaga»; y como alguien la interpelase, «¿No se te ha ocurrido buscar en el mapa?», afirmó más convencida todavía: «Nunca me lo he planteado».

Y ese parece ser el futuro. Sin remedio. Nadie hablará del genocidio cultural/espiritual de estos tiempos. Para genocidios, Gaza. Lo demás, ni se plantea.

En fin… Uno, en su antigüedad, no ve más que ventajas en los libros editados en 1992. Y asume que es posible, en efecto, que dentro de quinientos años nadie sepa quién fue Cervantes. Me conformaría incluso con que dentro de quinientos años alguien sepa que los libros existieron, y para qué servían. Pero seguramente nadie pensará en ello. Ya se dijo: es el futuro.

Top