Hay que reconocer que salir a la calle y luego encender el televisor es un ejercicio de coraje extremo.
Ver la realidad con los propios ojos, sentirla en la piel y en el estómago para luego ser llamado poco menos que extremista por gente que parece vivir en esa moderna pecera plana puede hacernos dudar de nuestra propia estabilidad y salud mental.
Nadie que sufra cierto grado de disonancia cognitiva se ve capaz de continuar indefinidamente adelante sin apagar esa luz roja de «algo no cuadra». Y así surgen los miles de ciudadanos que parecen repetidores de señal de los medios y, también, todos aquellos que ya no pueden hacer uso de ningún medio de comunicación sin algún grado de medidas profilácticas previas y un escepticismo que en muchos ya es abierta oposición. Y no es de extrañar.
Tenemos que entender que no sucede nada extraordinario. Es más, como diría el típico iluminado: «en los 80 también había inseguridad». Gracioso que jamás hablen de los 90 ni mucho menos mencionen tiempos aún anteriores, que la bicha da mucho miedo. Por lo visto, más miedo que la imagen de una señora mayor que sale a pasear con su perro por el campo y acaba asesinada por un caso aislado con patas y botella.
Últimamente suceden muchos casos aislados y excepcionales por parte de enajenados. Casos aislados y excepcionales que se repiten con una periodicidad cada vez más acelerada y con patrones claros de ejecutor y modus operandi. Vaya, que los casos aislados podrían ser llamados violencia sistemática unidireccional sin demasiada complicación. Y es cierto: los medios comienzan a mostrarlos por la audiencia que da el morbo, pero no por ningún tipo de denuncia de una patente y creciente inseguridad ejercida por perfiles concretos que sienten el mismo respeto por la ley y la policía que por la propiedad privada, la integridad física y moral o pagar billete en medios de transporte públicos. Vaya, menos que ninguno en absoluto. Pero los medios muestran sus fechorías e impunidad mientras siguen el bonito camino de baldosas necias. Muestran la inseguridad, pero la relativizan o la niegan. Llegando al extremo grotesco de, a la vez, negar el problema y mostrar una absoluta cotidianidad con ideas que en un país seguro serían poco menos que distopías de algún enajenado. Únicamente en nuestros medios actuales podemos encontrar al mismo comentarista que niega la relevancia de otro asesinato más a navajazos por un cigarro, que haya otro tiroteo en Barcelona o una redada en que se encuentra un bazuca, pero que al mismo tiempo se pone a teorizar sobre un supuesto comando de mercenarios a sueldo de algún narcotraficante que quería saldar cuentas pendientes a tiros a plena luz del día en una terraza. ¿Ilógico? ¿Incoherente? Tanto como cotidiano. Se niega un problema manifiesto y al mismo tiempo se muestra una familiaridad con la violencia que debería resultar una ofensa para cualquier ser humano remotamente racional.
De ahí que estemos viviendo en una enorme disonancia mediática. La realidad y los medios enfrentados y opuestos uno al otro en una dura batalla. Una guerra en que los medios, que tan cansinamente repiten que muestran la realidad del mundo, están al borde de preguntarte: «¿Vas a creerme a mí o a lo que ven tus ojos?».
La calle o la pantalla. La bolsa o la vida. Y en el caso de los medios y el gobierno se elige siempre la pantalla y la bolsa. Lo que sucede en las calles y las vidas que se resquebrajan y pierden no son más que un horrible discurso de odio manipulador que pretende que la gente defienda violentas y nocivas posturas de seguridad y paz que podrían llevar a un terrible clima de represión y control social. Inasumible luchar contra el criminal. Mejor confinamientos selectivos. Anteayer por una enfermedad, ayer por unos jabalíes, hoy porque hace calor, mañana porque hace frío y, si es posible, con aplausos para los agentes que tan gustosamente impiden que salgas de casa pero son la risa de un escuálido saco de huesos de 20 kilos con gorra y chanclas.
El fantasma del discurso de odio parece esconderse detrás del grito indignado de cada ciudadano que se niega a aceptar ante los medios que la violencia que sufre cada día sea anecdótica y casual. No así detrás de cada ataque con claros patrones.
Cierto es que los medios son un engranaje más del poder real. Y el poder real no suele salir de las elecciones. Por lo tanto, medios y políticos son títeres de extraños sujetos que tienen algún desconocido interés en mantener esa disonancia entre el caos en que se están convirtiendo nuestras calles y el relato absurdo que nos intentan vender desde pantallas e instituciones.
¿A quién le viene bien la degradación de barrios enteros? ¿A quién beneficia que tanta gente deba vivir con temor y sospecha en su propia casa y vigilando cada movimiento mientras la policía se muestra impotente ante un ensayo de quinqui de tercera? ¿Quién puede obtener algún tipo de potencial renta del miedo y resignación del obrero y de la destrucción de la clase media? Y que tenga la suficiente influencia para controlar medios y gobiernos. ¿Alguna clase de poder corporativo? ¿O tenemos que pensar que realmente todos quienes están en medios e instituciones viven en una burbuja y creen en lo que dicen? Difícil de creer, la uniformidad no suele provenir de la ingenuidad. Siempre requiere de una autoridad más elevada que la imponga a sus tropas.