El futuro de la enseñanza de filosofía en español o el futuro de España

El futuro de la enseñanza de filosofía en español o el futuro de España. Miguel Angel navarro Crego

En fechas aún recientes, del 20 al 24 de julio, se celebró en Santo Domingo de la Calzada, villa natal del filósofo Gustavo Bueno (1924-2016), el XXII Curso de Filosofía de la Fundación homónima que tiene su sede principal en Oviedo. El tema a tratar en conferencias y debates era Retos de la formación filosófica en el siglo XXI. Mas al ciudadano no avisado y que desconoce en qué consiste el saber filosófico, puede parecerle una frivolidad, una pérdida de tiempo de funcionarios de la Educación, el tratar cuestiones tan aparentemente alejadas de la dura y cotidiana realidad, dados los graves problemas que tiene España: ideología Woke infiltrada en las instituciones y medios de comunicación digital (incluidas las cadenas televisivas apesebradas y las redes sociales), corrupción galopante en el entorno más próximo al presidente de gobierno y su partido, que enraíza en los déficits lógicos (históricos, políticos y jurídicos) bajo los que se redactó y aprobó la Constitución del 78, bipartidismo secuestrado por el nacionalismo secesionista periférico que fosiliza la dinámica moral y política de la sufrida sociedad española, catástrofes “irresolubles” como la Dana, los accidentes ferroviarios y los incendios que con fatalidad se repiten todos los veranos (y que hacen sospechar que el sistema autonómico es intrínsecamente defectuoso), aumento de la delincuencia callejera, Agenda 2030, Tratado Mercosur, llegada masiva de inmigrantes ilegales etc.

Pero esto es un espejismo. La Filosofía, así en singular, no existe; como no existe la ciencia. Existen las ciencias y las corrientes o sistemas filosóficos. Estos casi siempre enfrentados entre sí, aunque se plateen los mismos problemas. Desde los presocráticos, pasando por Platón (el primer filósofo académico en sentido estricto) hasta nuestros días, en Europa, en la Cristiandad, y en su proyección imperial por el resto del mundo (fuera esta generadora o depredadora) las filosofías siempre han actuado. Si algo tienen en común, si algo es específico de la actividad filosófica como teoría y praxis, es ser el saber de las ideas. Pero con las ideas tratamos todas las personas adultas que operamos con un idioma complejo. Para Kant el ciudadano de a pie era el legislador de la razón y el filósofo de oficio el artista de la razón. Filosofía mundana y académica están en constante realimentación, como lo están política y filosofía. Ahora bien, Filosofía Académica no quiere decir, o no en sentido excluyente, filosofía administrada a sus alumnos por profesores de universidad que solo trasmiten doxografía, textos del pasado con los que no se manchan las manos. Las filosofías pueden ser exentas (respecto a los problemas del presente) bien en su versión philosophia perennis, metafísica o etnográfica.

Pero lo que aquí nos interesa subrayar es la importancia de la filosofía inmersa en nuestro presente en marcha, en la putrefacta caverna en la que nos toca vivir como españoles (y a algunos como diputados). Esta inmersión filosófica puede ser adjetiva o crítico-sustantiva. Entre las primeras se encuentran las filosofías espontáneas de muchos científicos, que creen que desde su categoría (p. e. la física, la medicina, la antropología física, la paleontología, etc.) pueden explicar toda la realidad, reduciéndola a su campo.  Enfrentar esto es luchar contra el Fundamentalismo científico, como combatir dialécticamente contra quien todo lo reduce al formalismo jurídico-político-democrático, es luchar contra el Fundamentalismo democrático (que cree e impone la creencia de que por el mero hecho de votar, de ejercer la democracia procedimental, todos los problemas del mundo se solucionan, incluido el cambio climático anantrópico, y esto por poner un simple ejemplo). Asimismo, encarar el Fundamentalismo religioso es enfrentarse a quienes ingenuamente (o malévolamente) creen que la práctica de la religiosidad (por ejemplo, la terciaria cristiana católica) todo lo soluciona. Y esto, aunque seamos practicantes. Practicar una religión no es ser un ingenuo bobalicón acrítico, como no lo son los creyentes y practicantes de otras confesiones que pueden entrar en colisión.

La filosofía inmersa crítica es aquel saber de segundo grado que, partiendo de los saberes de primer grado de nuestro infecto presente, (artes, técnicas, ciencias, tecnologías, regímenes políticos, mitologías e ideologías de toda condición, religiones, etc., que generan constantemente nuevos conceptos) vuelve la mirada –la teoría– a sus fundamentos, mediante el análisis y la trituración de las ideas en un proceso regresivo (intentar salir de la caverna, del mundo de las mentiras o “posverdades” aparentes) para progresar de nuevo, ya en la práctica, sobre la  imperfecta realidad,  buscando la verdad, el bien, la belleza y la justicia. Así lo hicieron Sócrates y Platón. Por eso la verdadera filosofía es una profesión arriesgada. Peligrosa la llama Luciano Canfora.

El caso es, y sin caer en la xenófoba máxima de Heidegger que afirmó que solo se puede filosofar en alemán, que el español es un idioma muy rico y complejo, y que desde los tiempos de la gramática de Nebrija es una lengua ella misma filosófica. El pensamiento público español, y sin tener que remontarnos al Quijote de Cervantes, así lo demuestra todos los días en las columnas de opinión de la prensa. Palabras como causa, finalidad, materia, orden, ser, sustancia, nada, todo, parte, bien, felicidad, libertad, justicia, democracia, etc., etc., son de uso corriente, forman parte del vocabulario del común de los españoles. Y son ideas e ideas principales, como lo son las de “generación y corrupción”, que, si hemos de creer a Aristóteles y a Hegel, fue Anaximandro de Mileto el primero que operó con ellas.

Los que intervenimos en el arriba citado curso, participamos en general de un mismo sistema, el Materialismo Filosófico (negación del monismo), aunque como es normal tengamos en nuestros diálogos, debates y publicaciones, puntos de vista diferentes sobre algunas cuestiones; pero me atrevo a afirmar sin rebozo que a todos nos preocupa y ocupa España, el problema del “ser de España” y de su devenir (otra idea filosófica) en los próximos meses. Por eso es baladí pretender refutar, y lo digo por un catedrático de una universidad andaluza, a quien nos llama nostálgicos o neofalangistas (y con semejante mofa despacha la filosofía política de Gustavo Bueno). La envidia, el cainismo y el Pensamiento Alicia (que en la práctica política es la antítesis de la ingenuidad bonachona –”la Alianza de Civilizaciones” —, pues es pura perversión y maldad mafiosa) siguen campando por España como en los tiempos de la picaresca y el caciquismo, de Cervantes o Unamuno. Si España es el problema, España es la solución…España y la hispanidad.

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