En tiempos en que el empleo y la ocupación crecen como un río caudaloso tras la sequía —seguramente por culpa del cambio climático—, especialmente en el sector público, el futuro toma la forma de más y más promesas de estabilidad y progreso social, a pesar de que todo muestre signos de agotamiento y carencia de modelo productivo. Pero hay un puesto que permanece en la penumbra, olvidado por casi todos. Mientras las noticias celebran nuevas plazas en Correos y la expansión de plantillas públicas, nadie parece reparar en este lugar singular.
No hablamos de un cargo ruidoso ni de un oficio que últimamente genere titulares. Es el tapado de los mejores empleos. Es, más bien, un rincón silencioso dentro de la gran maquinaria pública.
En un momento en que nos enfrentamos a poder conseguir un empleo, pero sin garantías de bienestar real, queda un reducido puñado de puestos de trabajo que nadie parece querer, pero que necesitan ser ocupados y obtener relevo generacional. Otrora se hablaba de albañiles, soldadores y conductores. Pero eso ha quedado en el pasado, pues para eso siempre podemos disponer de millones de inmigrantes que lo hagan por una fracción de precio y los sufridos empresarios puedan respirar tranquilos en sus todoterrenos alemanes. Hablo de un puesto de trabajo que únicamente personas bien informadas y que hacen oídos sordos a las perogrulladas que pretenden que trabajemos de forma productiva pueden ocupar.
Hablamos de un trabajo de alta remuneración, dietas, despacho, secretaria, asesores, fondos para la creación de un equipo de dirección, vehículo de empresa con chófer, avión de la empresa, domicilio facilitado por la empresa, vacaciones pagadas, entre otras muchas ventajas. No se requiere experiencia ni preparación académica. No se precisa de conocimientos ofimáticos o de gestión, tampoco de idiomas, ni mucho menos de saber trabajar en equipo. Es más, no se requiere saber o tener disposición a trabajar.
Tenemos que imaginar un puesto de asalariado del más alto rango en el que, aunque se le atribuye la más alta responsabilidad, en la práctica no significa nada. Se puede rehuir de cualquier atisbo de hacerse cargo de la situación y, es más, se puede disfrutar del espectáculo de la degeneración producida por la propia incompetencia y desidia mientras se culpa a otros y se muestra una lágrima de víctima.
Podría irse uno de vacaciones, recibir una amenaza terrorista contra la sede de la empresa días antes y decidir no suspender los planes. Es más, no informar a nadie. Y que, efectivamente, al final la sede de la empresa, con trabajadores y clientes dentro, sea tomada por atacantes, la empresa ocupada y los trabajadores y clientes secuestrados. Pero podríamos seguir de vacaciones sin problema: nos merecemos un descanso. Incluso pedimos que apaguen las cámaras de seguridad para no crear el caos fuera de la empresa y que se envíen periódicamente pizzas a los atacantes para no desmoralizarles y que cometan alguna barbaridad. Porque tomar la empresa, por lo visto, no es un crimen. También se comienzan a publicar notas de prensa sobre que todo va bien, que no hay ataque alguno. Luego, que es cierto que algún intruso intentó colarse, pero no es una novedad. Y otra nota sobre que es verdad que entró alguno finalmente, pero no muchos. Luego, que entraron cientos, pero que ya han salido voluntariamente. Familiares de los retenidos muestran información sobre sus familiares, algunos agredidos y abusados, pero se pone en cuestión tal versión tendenciosa, que es obvio que busca atacar la reputación de la empresa. Miembros de la junta directiva cuestionan la maliciosidad del ataque y hablan de un aumento puntual de la afluencia. La policía y la organización mafiosa encargada del ataque, finalmente, deciden solicitar la apertura de la empresa para que los atacantes puedan salir porque las puertas llevan 20 días cerradas por decisión de la dirección, e incluso los familiares de los atacantes prefieren recuperar a sus miembros aunque haya represalias. La dirección se niega, dice que los atacantes tienen derechos y ahora son parte de la plantilla. Se comunica que la organización mafiosa que gestionó el ataque es un socio muy fiable y se señala a la compañía de enfrente como peligrosa, pues ha decidido poner severos controles de acceso ante la evidencia de que la zona no es segura.
Y tras 27 días de vacaciones, podremos volver y declarar que nos hacemos cargo de la situación. Pero antes, un par de días más de vacaciones en las montañas y la publicación de unos cuantos vídeos más de nuestro ocio en redes sociales: necesitamos estar frescos para gestionar la situación.
Supongo que, tras toda la exposición de las ventajas de tal puesto de trabajo, muchos sentirán interés. Y también es cierto que, conforme iba avanzando en mostrar los mejores puntos de tal empleo, más me iba pareciendo que hablaba del presidente del Gobierno, pero jamás ha sido mi intención. De hecho, es un equívoco únicamente atribuible a los últimos años en España, pues ser presidente del Gobierno no es un oficio tan cómodo e, idealmente, requiere de sacrificio por el interés nacional y para favorecer las mejores condiciones de vida para la nación. Ciertamente no es el caso actual, pero ha habido una grave y rápida degeneración en dicho puesto que genera la confusión con el empleo que he descrito. Y tal empleo no tiene nada que ver, pues el oficio de traidor poco o nada debería tener en común con el jefe de Gobierno. Aunque, en ocasiones, unas monedas de plata o una amenaza oportuna ayudan a que ambos puestos se asemejen, especialmente si hay predisposición previa a la miseria moral y a la falta de escrúpulos.