No recuerdo haber pasado más frío que las noches del 30 y 31 de julio pasado, viendo los vídeos de Ceuta. No era un frío físico sino un frío interior que hiela la sangre, era el helor del miedo cuando te dicen que una frontera es «permeable» y ves a 80.0000 personas, o las que fueren, cruzándola a nado, en donde la playa se convirtió en escenario surrealista cruzado por almas desesperadas entre flotadores de colores, gigantescos neumáticos de camiones e incluso una bicicleta. Y es este el frío que siento, el frío que, cuando se esconde, se convierte en rabia.