La primera batalla siempre se libra en el lenguaje. Quien consigue imponer las palabras termina imponiendo la realidad. Por eso resulta tan importante rescatar un concepto que durante décadas ha sido secuestrado por quienes pretendían convertirlo en el certificado de defunción de Occidente. Hablamos de la posmodernidad.
Hay batallas que se ganan en las urnas. Otras, en los parlamentos. Las más importantes, sin embargo, se libran mucho antes: en el terreno de las palabras. Quien consigue definir los conceptos termina definiendo también la realidad. Por eso ha llegado el momento de disputar uno de los conceptos más importantes de nuestro tiempo: la posmodernidad.
Durante décadas hemos aceptado una definición que nunca debimos aceptar. Se nos ha dicho que la posmodernidad era el relativismo, la muerte de la verdad, la deconstrucción, el nihilismo, la desaparición de las identidades, la fragmentación de la cultura o el triunfo absoluto del individuo sobre cualquier comunidad.
Sobre la posmodernidad han teorizado muchos autores, desde Lyotard o Jameson hasta Bauman con su modernidad liquida. Pero esa definición nunca fue neutral. Fue la definición elaborada por quienes seguían pensando desde las categorías de la Modernidad. Y precisamente por eso debemos empezar rechazándola.
La posmodernidad no es una ideología. No es una escuela filosófica. No es un movimiento cultural. La posmodernidad es un tiempo histórico. Un tiempo que comienza con la caída del Muro de Berlín en 1989 y que concluirá cuando aparezca una nueva civilización capaz de sustituir definitivamente a la Modernidad. Igual que nadie durante el Renacimiento sabía que estaba viviendo el Renacimiento, tampoco nosotros conocemos todavía el nombre de la época que sucederá a la nuestra.
Lo decidirán los historiadores del futuro. Nosotros únicamente sabemos una cosa. Vivimos en un interregno. Vivimos el largo crepúsculo de la Modernidad.
Toda época histórica nace, alcanza su plenitud y termina agotándose. La Modernidad no constituye una excepción. Podemos situar su nacimiento filosófico en Kant. No porque antes no existieran elementos modernos, sino porque es Kant quien formula el gran proyecto intelectual que dominará los dos siglos siguientes: la autonomía absoluta del individuo, la confianza ilimitada en la razón, la universalización de principios abstractos y la convicción de que la Historia avanza necesariamente hacia un progreso moral y político. Desde ese momento la política occidental quedó marcada por una misma estructura intelectual.
Liberalismo, Socialismo, Comunismo, Fascismo… Todos enfrentados. Todos distintos. Pero todos hijos de la misma matriz moderna. Todos compartían una misma fe: la existencia de un modelo universal válido para toda la humanidad. Todos prometían un final de la Historia. Todos terminaron fracasando. Sin embargo, la Modernidad todavía no ha muerto.
Como cualquier civilización en decadencia continúa aferrándose a su último gran metarrelato. Ese metarrelato se llama globalismo. Conviene distinguirlo cuidadosamente de la globalización.
La globalización describe un fenómeno histórico favorecido por la tecnología, el comercio o las comunicaciones. El globalismo, por el contrario, constituye una ideología. Es el último intento de la Modernidad por seguir gobernando el mundo. Es la promesa de una humanidad homogénea, administrada por instituciones supranacionales, sometida a una moral universal y reducida progresivamente a individuos intercambiables dentro de un mercado global. No representa el nacimiento del futuro. Representa la resistencia del pasado.
La posmodernidad todavía no ha sido definida
Aquí comienza la verdadera batalla.
¿Por qué aceptamos que sean precisamente los últimos defensores de la Modernidad quienes definan la época que viene después de ella?
¿Por qué permitimos que el liberalismo, la izquierda o el propio globalismo decidan qué significa la posmodernidad?
No podemos aceptar ese marco intelectual. Porque quien consigue definir una época termina condicionando la forma en que esa época será construida. La pelea empieza en el concepto. Y por eso debemos reivindicar la palabra.
La posmodernidad no es el nihilismo. No es el relativismo. No es la desaparición de toda verdad. Todo eso son únicamente los síntomas de una Modernidad que agoniza. No la definición del tiempo histórico que estamos viviendo.
La verdadera posmodernidad es el espacio abierto donde todavía está por decidir qué civilización sucederá a la Modernidad. Ese folio permanece en blanco. Y precisamente porque sigue en blanco todavía podemos escribir sobre él.
No basta con denunciar la decadencia. Toda crítica que no termina proponiendo una alternativa acaba convirtiéndose en una forma elegante de resignación. Nuestra tarea consiste en algo mucho más ambicioso. Debemos pincelar los fundamentos de la época que vendrá. Una época que deberá responder de forma distinta a los grandes dilemas de nuestro tiempo.
Frente al consumismo, el bien común.
Frente a la redistribución como único horizonte, la justicia social.
Frente al totalitarismo tecnológico y burocrático, una libertad arraigada en la responsabilidad.
Frente a la manipulación ideológica, una educación orientada a formar hombres libres.
Frente al individualismo, la comunidad.
Frente al economicismo, una economía subordinada al bien común.
Frente al igualitarismo nivelador, el reconocimiento del mérito, la excelencia y la diversidad natural.
Frente a la barbarie, la civilización.
Frente al relativismo, principios permanentes.
Frente a la globalización entendida como uniformización cultural, la defensa de la identidad de los pueblos.
Este no es un programa electoral. Es un horizonte civilizatorio.
Pero la disputa no pertenece únicamente a la filosofía política. Es una batalla por toda la cultura.
Es pictórica, recuperando la belleza mediante el realismo y el hiperrealismo.
Es escultórica, reivindicando el figurismo frente a la disolución de la forma.
Es arquitectónica, construyendo ciudades humanas y viviendas pensadas para familias, no para individuos aislados.
Es económica, subordinando el mercado al bien común.
Es demográfica, devolviendo a la familia su condición de primera comunidad política y favoreciendo la natalidad como garantía de continuidad histórica.
Es educativa, recuperando la transmisión del conocimiento frente al adoctrinamiento.
Es cultural, restituyendo la memoria de los pueblos.
Y es espiritual, recuperando una visión trascendente de la existencia frente al materialismo que reduce al hombre a consumidor.
Las civilizaciones no nacen primero en las instituciones. Nacen en las ideas.
Por eso Posmodernia se llama Posmodernia
Algunos creen que nuestro nombre como organización responde a una provocación. Se equivocan. Es una declaración de principios.
Posmodernia se llama así porque rechaza que la posmodernidad haya sido ya definida. Porque entiende que la posmodernidad no es una ideología, sino el nombre provisional del gran tiempo histórico que separa la agonía de la Modernidad del nacimiento de una nueva civilización. Porque se niega a que sean el globalismo, el liberalismo o la izquierda quienes escriban el significado de esta época. Y porque está convencida de que la primera batalla no consiste en conquistar gobiernos. Consiste en conquistar los conceptos.
Posmodernia no pretende administrar el final de la Modernidad. Pretende contribuir, desde nuestra humilde aportación, a fundar la época que vendrá después. Ese es el sentido del nombre. Y ese es también el sentido de este proyecto.
Porque la posmodernidad no es el final de la Historia. Es el tiempo en el que se decide la próxima Historia.