Vivimos tiempos osados, o mejor dicho: de osadía. Lo dijo el clásico y no le faltaba razón: Quam temeraria sit ignorantia. Nada por lo que asombrarse, desde luego. Desde que cualquier cualquiera puede acceder al mundo y a todos los conocimientos humanos, pagando una tarifa plana a precio módico, el que no sabe es porque no quiere y el que no opina y avanza disparates y burradas es porque no se ha decidido todavía a abandonar los refugios de la prudencia. En nuestra época, la tierra suele ser plana o en forma de boniato —hay que comprobarlo en las últimas fotografías de la NASA—, los niños nacen sin género y los hombres pueden convertirse en mujeres, tener la menstruación y quedarse embarazad@s; la ciencia es religión aunque nadie entienda de qué y por qué, el aceite de oliva está caro por culpa del cambio climático y dentro de poco moriremos todos, unos abrasados en verano y otros ahogados en invierno por los océanos desbordados, aunque estas últimas desgracias pueden conjurarse si separamos el vidrio del plástico en la basura doméstica y además nos compramos un coche eléctrico.
La episteme contemporánea es un conjunto de creencias —convencimientos—, asentadas en dos robustos pilares: la fe absoluta en quien las predica y el recelo mortífero hacia quien no las comparte. Tal ecosistema ideológico, naturalmente, es campo abonado para todo tipo de teorías y conjeturas sobre el sentido del mundo y de la historia, siempre formuladas desde esa amalgama de sesgos morales, adhesiones políticas, prejuicios y disociaciones cognitivas que articulan la ideología dominante.
Todo esto, ya se dijo, es bastante normal y ha sucedido desde siempre, en todos los períodos históricos. Lo que no sienta bien y desespera un poco es que justo ahora, cuando el desarrollo tecnológico permite el acceso general al completo saber humano, la gente sea más necia que nunca. Y lo que sienta fatal es que precisamente desde lo ámbitos académicos y supuestamente científicos, de vez en cuando, se aventuren espectaculares desatinos, encima adornados con la prosopopeya propia de quienes se consideran investidos por la autoridad del saber. No quiero poner ejemplos porque no me apetece entrar en polémicas con nadie, pero sepan los lectores de esta columna que si alguien les dice que lo niños —y las niñas— de siete años tienen derecho a mantener relaciones sexuales con quien ellos/as elijan, detrás de la enorme grosería hay un doctor sociólogo y otro filósofo-politólogo que defienden la tesis. El conocimiento y el estudio siempre han aspirado a “calar” y participarse en los saberes populares; pero hoy sucede el fenómeno inverso: la brutalidad y el ancestralismo “rebotan”, ascienden desde lo turbio y contaminan los formulados presuntamente científicos. En eso debe de consistir la ciencia democrática: no llevar la contraria a las concepciones mágico-instintivas del mundo y de la historia.
Bajemos un poco el tono y el grado. Vamos a la anécdota y lo amable —por lo pintoresco—. Hace unos días leí en no recuerdo qué periódico las declaraciones de un geógrafo/historiador que afirmaba, tan campante, que si el imperio romano no hubiera caído, la humanidad habría llegado a la luna en el año mil. Tal cual: ucrónica historiografía.
Veamos, sí. La Edad Media nunca ha tenido buena prensa. Mayoritariamente se la considera bajo el prisma de las películas: una época mugrienta y de enorme ignorancia, oscura, arruinada por el fanatismo, la degradación social y la perdida de la sabiduría clásica, las hogueras y las guerras de religión. No tiene nada que hacer si se la compara con los esplendores del mundo romano, el blancor de las togas senatoriales y la púrpura imperial, aquella elegancia coliseica de una civilización que, de no haberse extinguido, habría llegado a la luna en unos cuantos siglos. No se hace hincapié, sin embargo, en que el poder de Roma decayó y fue a la quiebra absoluta por el agotamiento de un modo de producción —el esclavista y sucesivos sustitutos—, incapaz de dar más de sí. El imperio romano no se derrumbó porque los bárbaros emprendieran migraciones en el siglo V, sino todo lo contrario: los pueblos de más allá del Rin y el Danubio derribaron los límites del imperio porque ya no había imperio que mantuviese el estatus geopolítico de la época; y no lo había porque el orden romano estaba en bancarrota, económicamente asfixiado y sin posibilidad de recuperación, puesto que no habían perdido el trigo sino la capacidad de moler trigo. Con aquella hacienda, llegar a la luna habría sido un poco más difícil que aprender a volar arrojándose desde un cerro.
Respecto a la Edad Media, qué decirles. Los avances tecnológicos que marcarían el tono de la producción y de la vida cotidiana hasta mil quinientos años después —hasta la primera industrialización—, aparecen inmediatamente después del imperio: la rotación de cultivos y el arado de hierro son avances que redundan de inmediato en la calidad de vida de los siervos de la gleba. Se empiezan a usar molinos de viento y prensas hidráulicas en la agricultura y la minería, progresan enormemente la construcción naval, la arquitectura y la medicina —las gafas, qué invento—; los relojes mecánicos son otro primor medieval que hoy nos fascina, por no mencionar los relojes astrarios que tan útiles habrían resultado a los romanos para llegar a la luna, y la industria del papel, los códices medievales y, por supuesto, la imprenta. Las culturas esclavistas no tenían necesidad de desarrollar demasiado la tecnología porque todo lo arreglaban con mano de obra esclava y masiva. En occidente, la Edad Media supone el inicio del progreso tecnológico adaptado a las necesidades de los individuos —gleba, burgueses, pobladores—. En consecuencia, hablamos del inicio de la modernidad, un desarrollo de los potenciales humanos que habría sido imposible en un entorno jerarquiza sobre los principios del trabajo esclavo. Pero bueno, si el cine dice que la Edad Media es tiempo de atraso, oscurantismo y suciedad… Roma Semper Vincit .
Lo importante, hoy, es el relato histórico, la historiografía ajustada al canon moral contemporáneo. ¿Cómo va a haber algo positivo en una época como la Edad Media, subrayada por la prevalencia ideológica de la Iglesia? Todo debe ser malo. Igual que hoy, por otra parte: ¿Cómo va a haber algo bueno fuera del discurso dominante, de los dogmas indiscutibles de la Bondad Universal? Los historiadores idealistas, reproductores de mitos, adoran la visión legendaria y aural que autores como Winckelmann y arqueólogos como Schliemann mantienen sobre el mundo clásico. Los historiadores de método, supongo, acuden a la Edad Media vitalista, laboriosa, espiritual y paciente que el propio legado de aquella época nos desvela. En breve: una cosa es la verdad y otra lo que se va contando por ahí; una cosa es buscar la verdad y otra empeñarse en que la objetividad fáctica se acomode a lo que previamente pensamos sobre ella. Una cosa es vivir en el presente y otra haberse anclado entre dos mundos: la realidad y el deseo; justo donde nadie quisiera estar: en medio de la Edad Media, sin imperio romano que nos redima ni catedral gótica que nos acoja y ampare en derecho de asilo. Y así se va tejiendo el ideario de unos tiempos, decíamos, osados aunque muy sentimentales. Pre-irracionales.
Allá cada cual.