Ese hombre que te maltrata y al que vuelves una y otra vez

Ese hombre que te maltrata y al que vuelves una y otra vez. José Vicente Pascual

Se queja mi amiga Merche de su mala suerte, de que por más que lo intenta y porfía no encuentra al hombre de su vida, ese compañero maravilloso que recorra junto a ella los tiempos y los afanes y sea siempre un dechado de cariño, comprensión y lealtad. Se queja también de que siempre, por prevenida que acuda a los llamados del amor, da con individuos que en un principio parecen encantadores, prometedores, pero fatídicamente acaban convirtiéndose en energúmenos egoístas, infieles y violentos, capaces de maltratarla tanto física como psicológicamente. O sea que no da pie con bola y el sufrir y desengañarse y arrepentirse de sus decisiones a la hora de formar pareja son su pan nuestro de cada temporada.

Merche, como tantas y tantísimas mujeres, busca un hombre amable, comprensivo, honrado, trabajador, responsable, que se enamore de ella hasta las trancas y la erija como su principal —quizás único— anhelo importante en esta vida, que la considere en plano de igualdad y la valore tanto por sus prendas personales como sus capacidades profesionales y, qué duda cabe, por su belleza. Un hombre con el que tener hijos y forjar los cálidos vínculos de una familia y que, como suele decirse, siempre esté ahí, para lo bueno y lo menos bueno, y siempre la trate con delicadeza y afecto y sea capaz de cuidar de la progenie, atenderla y ser al mismo tiempo cobijo de dulzura y pilar robusto sobre el que asentar la felicidad y la estabilidad del hogar.

Pero siempre se equivoca. Nunca elige bien, y eso que Merche, digámoslo ya, está en condiciones de elegir porque a sus indudables virtudes humanas y también propiamente femeninas añade una presencia —digámoslo de una vez— despampanante. Aunque ya se dijo: no acierta ni a la de tres. Algunas de sus relaciones han acabado con tremendas decepciones, engañada en flagrantes infidelidades, con reacción de él, al verse descubierto, entre cínica, canalla y soberbia; otras veces el asunto se ha puesto más serio y la cosa ha terminado en comisaría, con denuncias por violencia doméstica; y en ocasiones ha sido él quien ha huido, demasiado presionado por las expectativas de Merche respecto a la pareja, cuando él sólo ansiaba una relación divertida y sin demasiado compromiso.

Lo que Merche ignora —y de lo que nunca va a querer enterarse— es que el hombre atento, cariñoso, dulce y fuerte a la vez que anda buscando sin éxito lleva enamorado de ella desde hace un par de décadas, un tipo anodino que está deseando merecer su mirada y una oportunidad de resultarle grato, pero ella no le hace puñetero caso. Y no se lo hace porque, seguramente, el enamorado secreto sea el amigo pagafantas del que ella y sus amigas se ríen cuando no está presente: un incell, un nerd, un pringadillo sin gracia ni atractivo con el que no llegarían a más intimidad que el ascensor de la oficina. Ese hombre es el que quiere cuidar de ella, pero ella, naturalmente, lo desprecia porque se estima lo suficiente y posee bastante capacidad e independencia personal para que nadie —mucho menos ese primo—, se atreva a pensar que podría cuidarla. Bien se cuida ella, aunque en ocasiones haya acabado en urgencias con un ojo morado. Accidentes.

Lo dijo hace unos años Steven Fork Reegal, en su libro Amanecer en Bangkok: “… ellas, en la práctica, viven un feminismo que consiste en despreciar al hombre que quiere cuidarlas y admirar al hombre que las maltrata”. Naturalmente la novela de Fork sufrió las iras del radicalismo feminazi en USA, y el autor, aparte de la intensa funa organizada en su contra, sufrió en su hogar un hecho insólito, con méritos para figurar en el Ginness World Records: arrojaron en la puerta de su casa dos toneladas de basura, lo que equivale más o menos a la carga de camión y medio de los que se dedican a la recogida de residuos urbanos. Sin embargo, por deslenguado que pareciera, Steven Fork no quedaba falto de razón: hay una pulsión instintiva, biológica, histórica, que impele a los seres humanos a buscar parejas “peligrosas”, qué demonios, la vida es aventura y siempre será mejor recorrerla en compañía de alguien entretenido y jovial —y guapo a ser posible—, antes que bajo la sombra de un funcionario del amor honesto y leal.

Decía Novalis que enamorarse es entregar lo que no se tiene a alguien a quien no se conoce; una conjetura, una apuesta de que todo en el futuro saldrá con bien para una pareja ensoñada pero que aún no existe. Por cierto, esa conjetura es la que siempre se tuerce para Merche, aunque las condiciones de su elección van dando pistas sobre el final del episodio: prefiere el hombre encantador al sensato, el atrevido al prudente, el ingenioso y luminoso al calladito y grisáceo, y el guapo al feo como es natural. De lo que no acaba de convencerse es de que ese hombre encantador, atrevido, ingenioso y luminoso y de personalidad arrolladora y guapo a rabiar, ese mismo, es el que va a inflarla a hostias dentro de dos o tres meses; es el que va a serle infiel con la primera jamona que se le ponga a tiro; es el que va a manipularla, engañarla, reprocharle que sea desconfiada y achacarle trastorno mental en cuanto se vea descubierto. Hay muchas formas de maltrato, y seguramente el peor de todos sea aquello que mi amiga lleva presintiendo desde que empezaron sus debacles sentimentales: “Intentan anularme”, me dice. La tratan como si fuese una niña pequeña, una tarada, un ser irracional, con un paternalismo y una condescendencia irritantes al principio y con un desprecio humillante cuando las cosas se ponen más que feas. Así son los hombre que maltratan a las mujeres.

Tal como sean las mujeres maltratadas, las que acuden una y otra vez al hombre que las maltrata, quizás fuera objeto de estudio, aunque no por mi parte, desde luego. Yo no soy quién ni me atrevería por lo remoto. Tal vez entre ellas… Entre feministas y sociólogas y psicólogas y mujeres con experiencia en la lucha contra la violencia en las parejas, fuese procedente analizar no sólo el perfil del agresor sino también las constantes de las víctimas, algo así como «¿Qué sucede, qué hay, qué determina el que tantas mujeres busquen de continuo la compañía del hombre que tarde o temprano va a maltratarla de palabra y de hecho?». No me parece una cuestión sin relevancia. Ya sé que las víctimas tienen todo el derecho a no ser juzgadas, pero “nadie puede excusar indefinidamente su propia responsabilidad en los acontecimientos que conciernen a su vida”; no lo digo yo, es aserto de Hans Magnus Enzensberger, filósofo de cabecera para muchos adeptos a la ideología de género. Por mi parte, ya les digo: sólo se me ocurre recomendar a las merches de este mundo —que son legión—, algo que me parece de lógica y sentido común: si no están dispuestas a cambiar su forma de ser y entender la vida, el amor, las relaciones de pareja… Si no están dispuestas, al menos que cambien su costumbre de extasiarse a primer golpe y elegir invariablemente al hombre que las maltrata. Porque esos tipos, además, para guinda de las tarta, de vez en cuando matan.

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