Gonzalo Fernández de Córdoba nació en la localidad cordobesa de Montilla en septiembre de 1453 (el mismo año de la conquista otomana de Constantinopla). Sería apodado, dada su destreza y sus éxitos en el arte de la guerra, «El Gran Capitán».
Era miembro de la Casa de Aguilar. Hijo de Pedro Fernández de Aguilar, V señor de Aguilar de la Frontera y de Priego de Córdoba, y de Elvira de Herrera y Enríquez, prima de la reina consorte de Aragón. Por tanto Gonzalo era familia de Fernando el Católico.
Gonzalo se crio junto a su hermano mayor, Alfonso, con el paje Pedro de Cárcamo. De niño se puso al servicio de Alfonso de Castilla, hermano de la que sería Isabel la Católica. Y a la muerte de éste se puso al servicio de la princesa Isabel, a la que sería muy fiel.
En 1479 ya destacó como valioso soldado en la batalla de Abuera contra los portugueses. Por entonces contrajo matrimonio con su prima Isabel de Montemayor, que murió en su primer parto. Se esposaría por segunda vez con María Manrique de Lara y Espinosa, descendiente de los duques de Nájera y Dama de la reina Isabel. Tuvieron dos hijas: Beatriz y Elvira. Esta última sería la heredera.
En la Guerra de Granada destacó de manera sobresaliente en el sitio de la torre de Tájara. Allí mostró sus cualidades para el mando e ingenio, al diseñar con puertas de las cosas una máquina de asedio con el fin de que las tropas enemigas no avanzasen. Pero sobre todo destacó en las tomas de Íllora y Loja.
En Loja haría prisionero al rey nazarí Boabdil, el cual se entregó pidiendo piedad para los vencidos y moradores. Boabdil, acompañado de Fernández de Córdoba, al que incluso llegó a considerar su amigo, se arrodilló ante el rey Fernando.
En 1486 Fernández de Córdoba sería nombrado Alcaide de Íllora con el objetivo de hacer enfrentar a Boabdil con el Zagal. Mediante la antigua táctica del divide et impera, nuestro protagonista sería espía y negociador a fin de que Boabdil rindiese el reino nazarí a Castilla, como así ocurriría el 2 de enero de 1492. Gonzalo fue recompensado con la encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Órgiva (en Granada) y con rentas de la producción de seda granadina, lo que hizo incrementar su riqueza.
En 1495 se pone al frente de la expedición de la guerra contra Francia en Nápoles con 60 naves y 20 leños, en los que cabían 6.000 soldados y 700 jinetes. Conseguiría asegurar el reino de Nápoles para Don Fadrique, hijo de Fernando I de Nápoles y de Isabel de Chiaramonte. Después reuniría sus tropas para disolverlas, pero el Papa Alejandro VI (el Papa Borgia) le pediría socorro a fin de que le ayudase contra el corsario vizcaíno Menaldo Guerra, el cual se había apoderado de Ostia con la bandera de Francia, acción por la cual cerró el río Tíber y sometió a tributo a Roma. Las baterías españolas bombardearon las fortificaciones durante cinco días, hasta que finalmente se abrieron las murallas y Ostia fue liberada de Menaldo Guerra y sus secuaces que fueron apresados sin oponer resistencia.
Gonzalo Fernández de Córdoba sería aclamado en Roma, entrando en la Ciudad Eterna en loor de multitudes, pues el asedio francés hizo que la escasez y el hambre hiciesen estragos. Disintió con el Papa por acusar a los Reyes Católicos de no ser gratos con Su Santidad, pero Gonzalo le contestó al Sumo Pontífice con una retahíla de grandes servicios que sus Católicas Majestades hicieron a favor de la Iglesia. Gonzalo señaló al Papa como ingrato y le aconsejó a voces que reformara su vida porque la misma era un ejemplo de escándalo de pecado y corrupción para la Cristiandad. Y con todo, Alejandro VI le obsequió a Gonzalo con el Estoque bendito y la Rosa de Oro, la máxima distinción pontificia que premia anualmente a la persona que más beneficios otorga a la Iglesia.
Tras tres años de guerra, en 1498 las tropas españolas vuelven a los reinos de Castilla y de Aragón dejando a Don Fadrique como rey de Nápoles. Fueron en estas campañas donde Gonzalo Fernández de Córdoba se ganó el sobrenombre de «El Gran Capitán», además de ser nombrado duque de Santángelo.
De 1501 a 1504 se lleva a cabo la segunda expedición a Italia, con la que Gonzalo, como capitán general de mar y tierra, parte de Málaga con una armada de 60 barcos y 800 hombres de infantería y caballería. Se reunieron en Mesina con unos 2.000 soldados españoles que permanecieron allí tras la primera expedición, y a su vez se reunieron varias naves vizcaínas. El 24 de diciembre de 1501 los españoles conquistaron la isla de Cefalonia, tomando la fortaleza de San Jorge.
En 1502 el Gran Capitán toma Tarento. Franceses y españoles se reparten Nápoles, pero las hostilidades no tardarían en reanudarse. Con su habitual habilidad el Gran Capitán logra vencer a los franceses en la batalla de Ceriñola en abril de 1503, donde serían aplastados 3.000 soldados franceses y suizos a las órdenes del joven Generalísimo francés y duque de Nemours Luis de Armagnac. Tales tropas eran la flor y nata de la caballería francesa. Al mismo tiempo el ejército español comandado por Fernando de Andrade vence a las tropas francesas de Bérault Stuart d’Aubigny en la batalla de Semirana. Al poco tiempo el Gran Capitán tomó las fortalezas de Castel Nuovo y Castel dell’Oro.
Luis XII de Francia llevó a cabo una nueva ofensiva con 30.000 soldados que incluían a 10.000 jinetes y abundante artillería. Gonzalo se apoyó en los castillos de Montecassino y Roda Seca a fin de impedir la entrada del ejército francés en la capital de Nápoles. El ejército francés sería sorprendido la noche del 27 de diciembre de 1503, por lo que tuvo que huir en desbandada. Al día siguiente los franceses capitularon, y no por falta de hombres y artillería sino por el hundimiento de su moral. La batalla de Garellano y la toma de Gaeta expulsaron a las tropas francesas de Nápoles.
Tras la guerra el reino de Nápoles sería anexionado al reino de Aragón y el Gran Capitán gobernó cuatro años como virrey, y lo hizo como si fuese un rey soberano. El rey Fernando escuchó rumores que acusaban a Gonzalo de apropiarse de fondos de guerra durante el conflicto en Nápoles. Isabel la Católica defendió al Gran Capitán de tales acusaciones que se le hacían. El rey Fernando temió a que el Gran Capitán se independizase, y prestigio y notoriedad no le faltaban. Cuando en 1506 el rey Fernando desembarcó en Nápoles le reclamó al virrey Gonzalo la claridad en sus cuentas. A principios de 1507 el rey optó por deshacerse del Gran Capitán como virrey de Nápoles para sustituirlo por el conde de Ribagroza, que al poco tiempo sería reemplazado por el catalán Ramón de Cordona, que tendría algunos contratiempos contra los ejércitos franceses en los siguientes años.
En junio de 1507 el rey de Francia, Luis XII, invitó a un banquete a Fernando el Católico, su nuevo esposa Germana de Foix y al mimo Gonzalo Fernández de Córdoba. El monarca galo le mostró el gran respeto que sentía por su figura: «Mande Vuestra Señoría al Gran Capitán que se siente aquí; que quien a reyes vence con reyes merece sentarse y él es tan honrado como cualquier Rey». Estas palabras, que no se sabe si son legendarias o históricas, despertaron el recelo del rey Fernando, que veía perder su protagonismo por uno de sus vasallos.
En 1508 se retiró como alcaide en Loja (Granada), lo que parecía un exilio encubierto. El nombramiento se lo concedió la reina Juana la Loca. Era un cargo menor pero con rentas del comercio de seda en Granada.
En 1509 el rey no quiso contar con él para la toma de Orán, pese a que el Cardenal Cisneros apoyaba la elección del cordobés para encabezar tal empresa. Su Católica Majestad despreció al Gran Capitán optando por un hombre sin tanta experiencia.
Asimismo, el monarca procuró evitar la boda entre la hija mayor de Gonzalo, Elvira, su heredera, y el condestable de Castilla, Bernardino Fernández Velasco; pues temía que los matrimonios entre nobles perjudicasen a la Corona.
En 1512 el rey prefirió contar con el II Duque de Alba para tomar Navarra que con el Gran Capitán, que enfermó y finalmente regresó a Granada donde murió el 2 de diciembre de 1515 a los 62 años de edad a causa de un brote de fiebres cuartanas que contrajo en la ribera del Garellano durante las guerras napolitanas. Moriría un mes antes de que lo hiciese el rey Fernando.
Años después sus restos serían trasladados al panteón de la iglesia de San Jerónimo de Granada junto a 700 trofeos de guerra. En 1810 las tropas francesas del general Horace Sebastiani profanaron cobardemente su tumba mutilando sus restos y quemando los 700 trofeos. Cuando Sebastiani huyó de España en 1812 se llevó la calavera del Gran Capitán y una supuesta copia de su espada de gala.
El Gran Capitán fue un revolucionario en el arte de la guerra y sería el primer militar que empleó al mismo tiempo la infantería, la caballería y la artillería. Cambió el papel de la caballería, la cual ya no se emplearía para romper al bando enemigo sino para perseguirlo y hostigarlo una vez roto. Abandonó la táctica medieval de guerra de choque sustituyéndola por la táctica de defensa/ataque que daba preferencia a la infantería sobre las armas. Sus reformas militares desembocaron con el Tercio.
Fue idolatrado por sus soldados y admirado por todos. Y muy temido por sus enemigos. Los franceses llegarían a decir que en Nápoles «no habían combatido contra hombres sino contra diablos».
Las grandes espadas de la literatura española (Cervantes, Quevedo, Góngora y Gracián) se refirieron a Gonzalo como el modelo de caballero, el soldado leal y un genial estratega.10