No pretendo analizar de forma clásica ni previsible los actuales fenómenos de bandas que campan por nuestras calles, haciendo de las suyas y con apenas castigo. En España, como en cualquier otro país, hemos tenido fenómenos similares previos o, incluso, antecedentes directos de los actuales.
Vale la pena recordar que en Cataluña se aprobó en 2006 a los Latin Kings como asociación legal, en un intento tan inútil como ridículo para reconducirlos. A veces sería necesario saber de qué clase de cabezas salió dicha forma de luchar contra las bandas. Supongo que de las mismas que harían asociación gastronómica de un grupo de caníbales o gremio pirotécnico a barbudos con afición a los explosivos. Bromas aparte, es cierto que hay antecedentes inmediatos y más lejanos, si lo pensamos.
A nivel más autóctono y anterior, podemos citar hasta cierto punto todo lo plasmado en el cine quinqui. Es cierto que el quinqui español tenía un componente individualista muchísimo más marcado que las bandas actuales, aunque comparte un elemento central que mentaré más adelante.
También podemos pensar, con otras referencias cinematográficas, en las bandas americanas tan plasmadas en el cine americano, con films como Rebelde sin causa, Salvaje, West Side Story o Grease.
Las bandas siempre han existido y seguirán existiendo, principalmente porque la sociabilidad y la tendencia a la asociación en los humanos son algo inherente a nuestro ser. Excepto casos extremos, el ser humano siempre tiene, en grado alguno, formas de asociación con otros. Y esas formas de asociación no son meros lazos utilitaristas o pragmáticos; acaban siendo —si el proceso no se detiene— un conjunto de lealtades, códigos compartidos, implicaciones emocionales y símbolos que generan toda una identidad. Y toda forma de identidad tiene cierta tendencia a afirmarse en confrontación con otros que no forman parte del grupo. Y dicha confrontación suele ser violenta.
Lo que afirmo puede valer para un grupo de amigos, una familia, una pareja, una nación, una comunidad religiosa, un club de petanca, aficionados a un club de fútbol, un grupo terrorista o una pandilla con pantalones cagados y machetes. Tristemente, todos esos grupos, y cualquier otro, pueden entrar en esa dinámica de violencia y criminalidad. Y algunos podrían sostener que las familias, parejas o grupos de amigos no tienen dicha tendencia. Pero las organizaciones mafiosas basadas en familias, clanes y relaciones de parentesco no han sido extrañas. Es más, las dinámicas de venganzas entre familias y clanes por afirmarse en algún tema o propiedad han sido corrientes allí donde se quiera investigar.
Pero que no se me confunda la intención. Si bien quiero dejar patente que en la condición humana existe dicha tendencia hasta cierto punto, no es una justificación en absoluto a la violencia ni a toda la lacra de bandas criminales que han prosperado y proliferado en los últimos años en España, y en otros países, aunque me centraré en el caso español.
Dicho todo esto, me gustaría entrar en lo específico y actual: las bandas que tenemos por nuestras calles con aparente impunidad.
Primero, voy a ser claro y crudo. Hablamos, en general, de bandas o grupos de jóvenes extranjeros, altamente violentos y que crean imágenes horribles. Imágenes que ya han calado en la conciencia colectiva. Y eso nos espanta más y genera más inseguridad. Y, tristemente, eso les beneficia. Lo cual no quiere decir que haya que ejercer cualquier tipo de censura contra esas acciones y ocultar sus actividades, pautas de conducta, códigos y origen. En absoluto, yo abogo por mostrarlo en su totalidad. Lo que no podemos hacer es tener un caos de publicaciones de grupos de cafres en que únicamente se ve su impunidad contra débiles e inocentes, mientras los grandes medios suelen dejar el tema para no “alimentar discursos” o, peor, mostrar esos mismos vídeos para ganar audiencia morbosa sin más contexto ni análisis.
Sinceramente, contra esas bandas tenemos mucho trabajo que hacer si queremos prevalecer.
Y lo primero que tenemos que hacer es arruinar su aura de impunidad. Eso es labor legislativa y policial, no lo voy a negar. Es imposible combatir una criminalidad que, en la práctica, no es punible en el grado adecuado porque la propia ley lo evita.
Y esa aura también se debe quebrar con los medios y con información. Pero no la información corriente de los grandes, que lo reducen todo a tres formas: silencio, condena sin análisis o, la peor, la excusa con los pretextos de excepcionalidad o alguna peregrina patraña socioeconómica. Pobres hay muchos, pero criminales menos, y de muchos estratos sociales. El crimen no es un estatus socioeconómico; es una decisión moral. Algo que parecen olvidar muchos, no sé si por interés o por ausencia de código moral alguno.
La cuestión es conocer dichas bandas y grupos de tal forma que nos sean comprensibles y, en la medida de lo posible, previsibles. No se trata de conocerlos por empatía; se trata de anular la inseguridad que causa la incógnita, el desconocimiento de sus pautas de conducta que nos hacen creer que es violencia gratuita, en el sentido de violencia repentina e inesperada. Casi ningún criminal o banda improvisa. La improvisación es enemiga de la seguridad. Y por eso necesitan de nuestro desconocimiento de sus formas y pautas, mientras ellos desarrollan hábitos y formas concretas que pueden acabar siendo previsibles y, precisamente, haciéndolos vulnerables. Si destripamos sus pautas y códigos y los ofrecemos al gran público, les dejamos con el culo al aire.
Un ejemplo. Pongamos el caso de tren o metro. Individuo que va solo y que podemos ser nosotros. Vamos aislados, con auriculares y mirando el teléfono. Una pareja o trío de sujetos, que podemos fácilmente identificar como “ociosos jóvenes”, se sientan a poca distancia, dejando mucho espacio. Uno de ellos se levanta y aparenta mirar. Luego merodea. Y, más tarde, se sienta junto a nosotros en clara violación del espacio personal en un transporte público con mucho espacio. Ya sabemos lo que ocurre. Si alguien no lo ve así, tiene más trabajo que hacer. Pero avancemos.
En esa dinámica ya podemos saber que somos diana. Guardamos el móvil en el bolsillo contrario y elevamos la cabeza, sin mirarlo pero sin la pasividad de mirar al suelo. Tened por seguro que, aunque llevéis auriculares, os hablará. Quiere que, al quitaros el auricular, entréis en la dinámica de obedecer o de complacencia con sus demandas. No evitéis la mirada en ese momento. Mirad y quitáos un auricular. Os repetirá algo, seguramente una pregunta neutra o no aparentemente agresiva. En ese momento, poned expresión seria, levantaos con determinación y salid de su bloqueo e invasión del espacio personal junto a una respuesta tipo: “No tengo el día para esto”. No hay que buscar enfrentamiento; siempre serán más ellos y tienen más ensayada la violencia, pero no están acostumbrados a que les rompan la dinámica. Hay que tomar, lógicamente, precauciones y evitar distancias cortas con ellos y prever que, junto a ellos, la agresión es posible y hay que estar dispuesto a la defensa. Pero, por lo general, en esa situación hipotética, les hemos roto la dinámica, porque jamás se habrán encontrado con que un objetivo no actúe con complacencia o pasividad para evitar el conflicto. Si nos reafirmamos y les rompemos el guion y la distancia, en ese caso las probabilidades de salir bien son más altas que creyendo que, respondiendo a una supuesta pregunta neutra, nos van a dejar en paz sin subir repentinamente a una amenaza o demanda de dinero, móvil o cualquier cosa que les interese para sentirse dominantes ante una persona pacífica.
También es cierto que la generalización de respuestas que les rompan sus pautas podrían producir que cambien dichas pautas, quizás para mejor o para peor. Pero no es menos cierto que, si dejamos el tema, la situación se enquistará y empeorará.
Pero hay algo más. Y es el factor que enlaza a esos grupos y bandas actuales con algo tan aparentemente distinto como nuestros clásicos quinquis.
Pensemos que en España, durante un tiempo, aun siendo criminales, los quinquis reales y ese cine crearon auténticos iconos pop. Para muchos es imposible no tener en la mente la imagen del Vaquilla, por ejemplo. Y no digo que se tuviera o tenga como ejemplo de conducta, pero sí que aparece como un icono popular, como cierto “ídolo” criminal y, más exactamente, como una referencia de un momento determinado de nuestra historia y sociedad. En el imaginario colectivo español, el Vaquilla se inserta como puede estar insertado el bandolero español, el guerrillero contra Napoleón o los soldados de los Tercios y nuestros navegantes. Y eso debe entenderse.
Toda identidad grupal tiene códigos y símbolos compartidos. Las naciones tenemos héroes, villanos, mártires, batallas, rebeldes, líderes, tabúes, fechas, signos y mucho más. Algo que se repite en grupos más pequeños.
Y aquí me quiero meter en un jardín. Primero, aunque ya lo he dicho sin mucho complejo, las bandas que nos encontramos hoy en día suelen estar formadas por extranjeros o sujetos de origen foráneo. No voy a entrar en nacionalidades concretas ni en un análisis pormenorizado de las posibles diferencias entre bandas según su origen, pues no es su origen lo que determina completamente su comportamiento. Del mismo modo que he afirmado que el crimen es una decisión moral y no una insalvable consecuencia de un estatus socioeconómico, tampoco afirmo que ser nacional de un lugar u otro predetermine un comportamiento criminal per se.
La mayor relevancia de la nacionalidad en esos grupos es que existe un grado de afinidad cultural previa que contribuye decisivamente a su formación. Eso es innegable. Del mismo modo que cualquier español que se encuentra en el extranjero puede sentir la tendencia a interactuar con otro español. Eso existe y es difícil de negar. Es cierto que ello no conduce irremediablemente a la formación de grupos y bandas criminales, únicamente a reunirse entre semejantes. Y por ello también podemos entender que hay muchos grupos y asociaciones de origen extranjero que nada tienen que ver con esa dinámica violenta, la inmensa mayoría en muchos casos.
Hablamos de jóvenes de procedencia foránea en un lugar que no les es propio. Y recuerdo comentarios estereotipados sobre que esos grupos surgen de la marginación y la falta de medidas de integración. Algo cierto, pero no en la forma en que se nos vende. El origen no se encuentra en una sociedad “racista” que no acepta a nadie. Lamento discrepar, pero, por lo general, el español promedio tiene de racista lo que de funambulista. Habrá alguno, pero pocos, y la mayoría de broma. Tener un conflicto con alguien y apelar a su nacionalidad, aunque ofensivo, tiene más de emocional que de tesis goebbeliana. Que haya personas que vivan obsesionadas con luchar contra frases como “no hay moros en la costa” es otro artículo que no estoy dispuesto a hacer.
Pero es cierto que hay un problema de integración. Y quizá por nuestra parte, pero no en el sentido de que se les rechace. Es una cuestión de que no se les ofrece nada a lo que integrarse. Y hay que comprender que, para la mayoría, la integración en una sociedad es un proceso de asimilación. Únicamente un ingenuo cree que alguien se integra en otra sociedad por vivir dentro de ella. Ubicación no es integración. Yo puedo estar en un estadio y no ser parte del equipo.
El problema es que esa visión absurda es la dominante en las autoridades y responsables. Y eso trae consecuencias. No se les ofrece a dichos jóvenes una serie de fórmulas para adquirir códigos, referencias, símbolos y valores compartidos con el resto de la sociedad. Se asume que deben preservar todo elemento de su sociedad de procedencia, pero dentro de otra. Supongo que los ideólogos de tal teoría creyeron que una sociedad con comunidades segregadas puede ser realmente una sociedad. No puedo compartirlo. Hasta el sistema yanqui de “melting pot” requiere de una base de identidad compartida, cosa que jamás se quiere recordar.
Así pues, con esa ausencia de armazón que ofrecerles para poder unirse al cuerpo común, muchos jóvenes quedan en el limbo. Y en ese limbo y edad crítica, aparecen referencias e iconos culturales que ofrecen una posibilidad de identidad grupal más íntima y fuerte, aprovechando el origen cultural previo. Adquieren y desarrollan referencias culturales comunes, iconos, símbolos y vestimenta. Todos sabemos que las diferentes llamadas bandas latinas tienen estéticas, símbolos, gestos y referencias culturales y musicales. Del mismo modo que los MDLR, aunque sin ser una banda definida, podrían entrar en la categoría de algo similar, pero más difuso y menos jerarquizado. Todos sabemos sus orígenes, estética y dinámicas. Es más, la industria musical ha encumbrado irresponsablemente a alguno de ellos.
Esto último es especialmente interesante, porque la moda y la industria musical han tenido un papel protagonista. En la larga dinámica de ofrecer ídolos musicales y de moda cada vez más “rebeldes”, pasando luego a lo “gangstah”, han llegado a colar a gente con más condenas y lazos criminales que notas capaces de articular. Criminales con micrófono y lazo. No de forma generalizada, pero esa tendencia existe y es fácil de observar. Los hermanos Gallagher no eran ni son hermanitas de la caridad, pero saben de música y no son precisamente un Morad; creo que se entiende.
Al final, el mercado ofrece lo que algunos buscan, pero habría que plantearse si ofrecer tales “productos”, que se pueden convertir en ídolos y símbolos de grupos cuestionables porque esos mismos productos son tanto o más cuestionables, es lo correcto en algún ámbito que no sea el meramente económico. Y la respuesta es clara, diría yo.
Los que deberíamos tener una identidad que ofrecer y en la que integrarse somos nosotros, pero parecemos estar en otros menesteres. O, más bien, las autoridades de toda índole, que parecen más interesadas en desactivar esa posibilidad incluso entre nosotros mismos que en ofrecérsela a los recién llegados. Ello podría explicar la cantidad de jóvenes españoles que adoptan formas extrañas al no disponer de las propias, en otro tipo de alienación muy evidente. Y ya vemos que los resultados son óptimos en todos los frentes. No para nosotros, pero parece que en ninguno de los aspectos que he citado para diagnosticar y combatir ese tipo concreto de violencia hay interés por parte de las autoridades. Ellos sabrán por qué.