La sabana blanca intervenida, desplegada en Atlanta frente a las narices de la diplomacia británica, reabrió una compuerta que el liberalismo vernáculo siempre intenta clausurar con candados de corrección política. La furia del establishment isleño y la previsible respuesta del 10 de Downing Street no hicieron más que confirmar una regla de oro de nuestro pensamiento nacional: el fútbol, en estas latitudes, no es un hecho aislado ni mero entretenimiento de masas. Es el escenario sagrado donde los pueblos vulnerados tramitan sus dolores comunes y ejecutan, aunque sea por noventa minutos, una justicia poética que la diplomacia formal les niega.
Cuando se agita el trapo de Malvinas en un estadio, el eco no resuena únicamente en nuestros lares. Viaja, por canales subterráneos de la memoria colectiva, hacia geografías unidas por la misma cicatriz imperial. Sin embargo, la persistente zoncera de nuestra Cancillería —atendida por una partidocracia de espíritu colonial— insiste en transformar esos fogonazos de hermandad en una acción «tribunera», vacía de densidad institucional. Incapaces de comprender la mística de los pueblos, confunden la política exterior con los modales de un salón de té.
El espejo del Sur Global: el grito de Bangladesh
Miremos, si no, el fenómeno de Bangladesh. Desde el Mundial de 1986, esa lejana nación asiática adoptó la camiseta argentina como una liturgia propia. Detrás del fervor por Diego Maradona o Lionel Messi no hay un capricho del marketing deportivo ni un algoritmo de las multinacionales; late la memoria histórica de un pueblo que padeció el yugo feroz de la Corona Británica y las hambrunas inducidas que diezmaron a su población. La victoria futbolística argentina contra Inglaterra fue leída en las calles de Dacá como una reparación vicaria, un grito de rebeldía del Sur Global contra el opresor histórico.
El tercer peronismo, en los años 70, entendió ese lazo primigenio desde el realismo de la Tercera Posición: fue uno de los primeros Estados en reconocer su independencia y abrir una embajada. Una avanzada estratégica que luego sería desmantelada por el analfabetismo geopolítico de la última dictadura cívico-militar y el posterior repliegue neoliberal. Aquí radica el nudo gordiano que Arturo Jauretche denunciaría con su habitual agudeza: la incapacidad congénita de las élites locales para traducir el sentimiento popular en doctrina de Estado.
Esta sensación de inferioridad que anida en nuestros representantes no es una anomalía aislada; es el rasgo distintivo de la intelligentzia que promueve la balcanización cultural del continente. El reciente editorial del influyente semanario uruguayo Búsqueda, que trató a sus propios compatriotas de “envidiosos, del primero al último” por simpatizar con el vecino, es una muestra cabal de cómo opera el poder blando anglosajón. Buscan socavar los últimos despojos donde anida nuestra identidad nacional. Convertir la solidaridad internacional en una acción «tribunera» es el triunfo de la desmalvinización pedagógica. Es creer que el apoyo mutuo es sólo un tuit viral, y no la base para edificar una política transnacional permanente.
La urgencia de la insubordinación fundante
Es aquí donde el pensamiento nacional debe armarse con la categoría clave de la insubordinación fundante. Todo proceso de emancipación exitoso en la historia —desde los Estados Unidos de Alexander Hamilton hasta la Alemania de Bismarck o el Japón de la era Meiji— exigió un doble movimiento: una insubordinación ideológica contra el pensamiento dominante impuesto por la potencia hegemónica, seguida de una eficaz subordinación estatal que organice las fuerzas productivas y políticas de la nación.
Nuestras élites diplomáticas operan exactamente al revés. Han internalizado la subordinación cultural y pretenden que el Estado se adapte a las reglas de juego de un orden internacional diseñado para mantenernos en la periferia. Cuando la hinchada o los jugadores desafían ese orden con una bandera en Atlanta, están ejecutando un acto de insubordinación cultural espontánea. El drama histórico de la Argentina es que esa rebeldía del barro nunca encuentra un correlato en la superestructura política; el poder político carece de la audacia necesaria para convertir la insubordinación popular en una doctrina de poder estatal que desafíe el statu quo colonial.
La vía muerta del eje Madrid-Buenos Aires
¿Por qué, entonces, no existe una solidaridad estratégica con España? La analogía jurídica entre Malvinas y Gibraltar es perfecta ante los ojos de los internacionalistas de salón: dos enclaves coloniales británicos encallados en la geografía de terceros Estados, dos reclamos respaldados por el principio de integridad territorial y dos potencias ocupantes blindadas en la soberanía prepotente del Foreign Office. Sin embargo, la zoncera del espejo roto salta a la vista: mientras los pueblos del Sur Global se identifican con la Argentina desde el barro del sufrimiento compartido, el eje estratégico Buenos Aires-Madrid por Gibraltar es una vía muerta.
Para comprender esta parálisis conceptual, resulta útil observar la trama de la economía real y la sumisión ideológica de nuestras élites. El 80% de la pesca capturada ilegalmente en las aguas de Malvinas desembarca en el puerto español de Vigo, donde se procesa en plantas gallegas para su comercialización europea. Esta acción no coloca a España necesariamente en el bando británico; es el espejo de nuestra propia negligencia soberana. Ningún Estado ni empresa va a dejar de aprovechar jugosos negocios por mera solidaridad retórica si el propio Estado afectado carece de una política de insubordinación económica y mira hacia otro lado.
Mientras el Reino Unido monta bases militares e impone la trampa retórica del «deseo» de los isleños, España procesa el conflicto bajo el corsé de la OTAN y la Unión Europea, priorizando pactos fronterizos sobre la soberanía. Por nuestra parte, la Cancillería abdica de construir una pinza diplomática transnacional asertiva con Madrid según el derecho histórico. Los diplomáticos de cóctel prefieren no tensionar con la «madre patria» para resguardar los intereses de las multinacionales energéticas y financieras españolas radicadas en el país, transformando el unánime apoyo de los pueblos en una postal folclórica y aislada.
Hacia una política exterior con matriz nacional
La política de solidaridad estratégica que había desplegado el primer gobierno de Perón para aliviar la carestía alimenticia que aquejaba a España —bloqueada por el orden de posguerra— fue desconocida tras el golpe de 1955. Las relaciones reanudadas bajo el paraguas socialdemócrata liberal en 1983 estipularon una relación asimétrica, donde nuestro país aceptó un rol subsidiario y dependiente de la globalización. Ante esta debilidad estructural, el deporte nacional sigue siendo la única ventana de expresión al mundo de nuestras demandas históricas.
Una política exterior con matriz nacional no puede ser un espectador pasivo del folclore de las tribunas. Debe ser la encargada de dotar de insubordinación fundante a la diplomacia. Esto implica capitalizar estratégicamente estas corrientes de simpatía global para consolidar bloques de presión en el Sur Global, coordinar denuncias conjuntas contra el saqueo de recursos pesqueros y petroleros en el Atlántico Sur, y forjar alianzas culturales sólidas que desgasten el relato colonial.
En este páramo intelectual, la sentida labor desarrollada por el historiador revisionista Marcelo Gullo en la península ibérica constituye una respuesta cultural imprescindible. Al proponer la unión estratégica en clave hispanoamericana, Gullo no hace más que proponer una insubordinación continental conjunta contra las estructuras del poder anglosajón que nos dividió para reinar. Frente al entramado discursivo del progresismo apátrida y el conservadurismo liberal que anidan en ambos lados del océano, urge recuperar la política de los pueblos. Desplegar el trapo en Atlanta es el síntoma de que el pulso de la nación sigue vivo, a la espera de una conducción que deje de pedir permiso en los salones de Washington o Londres y se atreva, finalmente, a fundar su propia soberanía.