El pasado 16 de junio Rupert Lowe, un parlamentario británico, publicó The Rape Gang Inquiry Report (Informe de la investigación sobre las bandas de violadores), que versa, como indica su explícito nombre, sobre el escándalo de las violaciones a gran escala a niñas británicas nativas, a manos, principalmente, de inmigrantes paquistanís.
El informe es demoledor, pero es necesario, creemos, hacer unas consideraciones previas al lector para ponerle en situación.
En primer lugar, pocos españoles sabrán quién es Ruper Lowe. Nacido en 1957, es empresario y presidió el Southampton F. C., un club histórico del fútbol inglés. Fue elegido europarlamentario por el Brexit Party, formación que mutaría en el partido Reform UK, liderada por Nigel Farage. Por este partido fue elegido diputado en el Reino Unido. La defensa de Tommy Robinson —uno de los activistas nacionalistas que con más vehemencia ha denunciado el escándalo de las violaciones— por parte de Lowe le enfrentó con Farage, quien había criticado a Robinson. La cosa fue a más y Lowe fue expulsado de Reform UK, quedando así como diputado independiente. Lowe acabó fundando formalmente el pasado febrero el partido Restore UK, de corte nacionalista y con un posicionamiento claro y contundente contra la inmigración masiva. Esto, obviamente, podría llevar a las personas contrarias a estas posiciones a cuestionar el informe impulsado por éste por sospecha de parcialidad.
En segundo lugar, es preciso puntualizar la cuestión de las cifras que da el informe, que son las que copan los pocos titulares que un escándalo como este ha ocupado en la prensa española. Esos titulares, lo que queda finalmente en la retina del lector, hablan de aproximadamente 250.000 niñas británicas blancas violadas, y se dice que la consideración de tal número es conservadora. Esta cifra sale de una declaración en la Cámara de los Lores por parte de Lord Pearson de Rannoch en mayo de 2019: «¿Acepta el Gobierno que, si extrapolamos a nivel nacional el informe Jay de Rotherham y otros informes de Telford y Oxford, parece que ha habido más de 250.000 jóvenes blancas violadas en este siglo, en su gran mayoría por hombres musulmanes, normalmente varias veces al día durante años?». El informe argumenta que «cuando la escala de Rotherham/Telford [dos de las ciudades donde estalló el escándalo] se aplica a la distribución nacional documentada, y se multiplica por el factor extremo de subnotificación aceptado por las revisiones oficiales, el total alcanza el umbral de 250.000 como mínimo absoluto». Es decir, no está documentada como tal esta altísima cifra de violaciones. A nuestro juicio, empero, esto no invalida la validez del Informe Lowe. Nos parece creíble porque se observa coherencia y porque las barbaridades cometidas por estas bandas están documentadas por otras fuentes, además de que existen sentencias judiciales firmes. Se puede, pues, discutir la magnitud de lo sucedido, pero no el hecho en sí. Creemos que, en puridad, conocer ni siquiera aproximadamente el número de niñas violadas en el Reino Unido por inmigrantes musulmanes —principalmente— es imposible. Sin embargo, con lo que se sabe, se puede afirmar sin desviarse mucho de la realidad que la magnitud de lo sucedido es gigantesca.
Dicho esto, ya podemos meternos en harina, y que juzgue cada cual.
En el verano de 2014, la profesora Alexis Jay publicó un informe de 159 páginas donde se documentaban las violaciones a menores en Rotherham desde 1997 hasta 2013 —que cifraba en 1.400, calificando esta estimación como conservadora— y se evaluaba la respuesta de las autoridades locales. Por supuesto, el Caso Rotherham tenía réplica en otras ciudades inglesas, en las que un sinfín de niñas nativas británicas, de niñas blancas, vivió un infierno: «Odiaba lo que estaba pasando y mis violadores hacían que mi piel se pusiera de gallina, pero me dijeron que si decía una palabra a alguien irían a por mis hermanas pequeñas y le dirían a mi madre que era una puta», denunciaba una de las víctimas en 2018, y continuaba: «Noche tras noche fui obligada a tener sexo con múltiples hombres en asquerosos restaurantes de comida para llevar y casas sucias. Durante un tiempo estuve pidiendo la píldora del día después en una clínica local al menos dos veces por semana, pero nadie me preguntó nada. Me quedé embarazada dos veces y tuve dos abortos. Horas después del segundo, uno de ellos me llevó para que me violaran otra vez. El peor momento fue cuando justo después de cumplir 16 me drogaron y me violaron en grupo cinco hombres. Días después, el jefe de la banda apareció por casa y me dijo que la quemaría si decía algo de lo que había pasado».
Este es sólo uno de los brutales testimonios de las niñas sometidas por inmigrantes paquistanís. Violaciones “individuales”, en grupo, con objetos, incluso con perros. Secuestros, trata, humillaciones, acoso en domicilios, ocupación de los mismos e incluso incendios, amenazas, agresiones, homicidios, coacción para cometer delitos como traficar con drogas, matrimonios forzosos, embarazos, abortos, torturas… Las brutalidades recogidas en el informe, que consideramos veraces por sus similitudes y su coherencia, hacen que la lectura del informe sea sumamente desagradable.
La victimología de estos casos obedece a un patrón claro: niñas y adolescentes o jóvenes blancas británicas, muchas de ellas de familias desestructuradas. El hecho de no tener estabilidad familiar o, aún peor, de ser maltratadas e incluso abusadas en el ámbito familiar, hacía especialmente vulnerables a muchas de estas chiquillas. Estas bandas se acercaban a las niñas aparentemente de forma inocente, tratando de ganarse su confianza. En el proceso de captación un joven musulmán hacía un acercamiento a la futura víctima y simulaba entablar una relación de amistad para, posteriormente, ofrecerle tabaco, alcohol y drogas, procurando que se sintieran como adultas. A partir de ahí ya estaban perdidas. « (…) las chicas eran recogidas a las puertas de los colegios, en hogares de acogida y en las calles en taxis. Eran llevadas a casas, pisos, restaurantes y hoteles donde eran violadas repetidamente por grupos de hombres, torturadas, filmadas para chantajearlas y se les decía que eran “basura blanca” o “kuffar”, que merecían un castigo. Muchas se quedaban embarazadas siendo aún niñas», recoge el informe. Para mantener a las jóvenes sometidas y evitar denuncias los violadores no sólo no dudaban en golpearlas, sino que también amenazaban directamente con matar a sus familiares. Algunos testimonios manifiestan haber sufrido acoso por parte de estos malnacidos directamente en sus propias casas, hasta el punto de que en un caso un abusador incendió una casa y causó tres víctimas mortales: la adolescente de la que abusaba, su madre y su hermana.
En este punto es preciso hacer un inciso sobre el que volveremos más tarde. Estas bandas de violadores no atacaron, en principio, sólo a niñas blancas británicas. También atacaron a jóvenes hindús y sijs, aunque esto cesó en un momento dado. El Informe Jay sí que recoge ataques a chicas de la comunidad paquistaní, pero lo cita de fuentes de terceros —la Red de Mujeres Musulmanas del Reino Unido (UK Muslim Women’s Network)—, no sale de la investigación propia. Pero el grueso de las víctimas es de forma abrumadora formado por niñas británicas nativas, niñas blancas. Este punto es fundamental.
Por supuesto, innumerables víctimas de las bandas de violadores paquistanís sufren secuelas permanentes, desde trastornos de estrés postraumático a lesiones, adicciones, miedo, dificultad para relacionarse, daños neurológicos… Muchas intentaron suicidarse y, en algunos casos, lo hicieron. El informe recoge el testimonio de una joven, Marie, que afirma haber sido víctima de «violencia sexual extrema». Según se detalla, «fue violada repetidamente a lo largo de los años, incluyendo violación anal. Fue sometida a penetración con objetos. Le orinaron encima. Le mantuvieron las piernas abiertas. Le mordieron en la espalda, le cortaron en la pierna y la estrangularon. Tiene lesiones permanentes. Marie intentó quitarse la vida». Visto lo visto, no es de extrañar.
Por lo que respecta a la autoría, estas bandas estaban compuestas de forma abrumadora por inmigrantes musulmanes de origen paquistaní. Una pequeña minoría estaba formada por mahometanos de otra nacionalidad, asiáticos o africanos. La presencia de blancos autóctonos es proporcionalmente insignificante. Para los fieles de la corrección política, este hecho puede ser irrelevante. Estos —y estas, no se me ofendan— son los que luego criminalizan a los hombres en general, y en particular a los hombres blancos por el mero hecho de serlo. Sin embargo, los que no le damos la espalda a la realidad consideramos de especial importancia el hecho de que estos hijos de Satanás sean, sobretodo, musulmanes provenientes de Pakistán. Es un patrón claro y hay una razón para ello, y hay que decirlo.
El Informe Lowe defiende que los factores religioso, cultural y racial son determinantes en la elección de las víctimas. En ningún caso se atacaba a chicas musulmanas, se afirma. Se atacaba a las blancas porque se les consideraba inferiores, sucias, impuras, incluso un botín. Les llamaban putas, basura blanca. Por eso les pegaban, las drogaban, las torturaban, las vendían, las sometían, las humillaban, las violaban uno detrás de otro: porque se lo merecían.
La consideración que se tiene en el islam de las mujeres y la cultura de clan, de fuerte pertenencia a la comunidad, dio un respaldo moral a lo que hicieron estos animales y permitió su prolongación en el tiempo, pues entre ellos no se denunciaban.
Pero si esto que acaban de leer hace que cualquiera con sangre en las venas viera con buenos ojos el uso de plomo para castigar a los culpables, la actuación de las autoridades va a hacer que aumente su nivel de cabreo. Vamos a entender por “autoridades” a la policía, a los políticos (locales y nacionales), los servicios sociales, las escuelas y los servicios médicos. Incluso a los reguladores de las licencias de taxi.
Pese a las reiteradas denuncias de incontables chicas, los distintos cuerpos policiales, en numerosas ocasiones, no dieron pábulo a lo que contaban; peor aún, en muchos casos fueron tildadas de mentirosas y tratadas de mala manera por los agentes. En otros casos, pese a creerles, no hicieron nada. «Las fuerzas policiales de todo el país ignoraron denuncias de violación, encarcelamiento ilegal y explotación. Los agentes llegaban a menudo horas tarde a los reportes de niños desaparecidos y luego se negaban a tomar declaración a las víctimas y cerraban los casos sin examen. A menudo se detenía a las chicas por alteración del orden público tras las agresiones de los miembros de la banda», se dice en el informe, que prosigue: «Las pruebas de la mayoría de las declaraciones de los testigos demuestran que las fuerzas policiales de Inglaterra y Escocia conocían la captación y violación organizada de niñas, pero fracasaron repetidamente en proteger a las víctimas, investigar a los perpetradores o actuar sobre la base de información clara. Los agentes desaconsejaban las denuncias, criminalizaban a las víctimas, destruían o ignoraban pruebas y permitían que los perpetradores quedaran en libertad». Imaginen la sensación de impotencia, la frustración tan grande que debían sentir las chicas.
Actuación análoga tuvieron los servicios médicos. Pese a las evidencias físicas de violaciones y los relatos de las víctimas, los embarazos de niñas, las lesiones o los intentos de suicidio, no se hizo nada eficaz para la protección de las menores.
Peor aún fue el caso de los servicios sociales, en cuyo caso se encuentra incluso, en ocasiones, una participación activa. En el informe se afirma sin miramientos que «los hogares de acogida se convirtieron en centros de trata. […] El Estado falló sistemáticamente a los más vulnerables y permitió a las bandas operar dentro del sistema de acogida».
Por su parte, las escuelas ignoraron las señales de alarma del comportamiento de muchas de estas chicas. Incluso, según el informe, «observaron cómo las bandas de violadores operaban a plena luz del día y no hicieron nada para proteger a las niñas a su cargo». Y es que, según se describe, muchas veces las chicas eran recogidas en taxis conducidos por paquistanís en la misma puerta de los colegios, lo que se califica de «una complicidad activa que entregó a las niñas a sus violadores todos los días».
Precisamente los taxistas ejercían un rol fundamental en el funcionamiento de estos grupos de violadores. El informe les define como «columna vertebral del transporte y la operación de las bandas de violadores». Por su parte, el Informe Jay se refiere a ellos como «uno de los hilos conductores comunes de la explotación sexual infantil en toda Inglaterra». Los organismos que otorgan las licencias a los taxistas tuvieron conocimiento de la vinculación de éstos con la explotación sexual de menores «pero no tomaron medidas coercitivas, ignoraron los fallos en las comprobaciones de antecedentes y se rindieron ante protestas organizadas cuando se propusieron medidas básicas de seguridad, como el circuito cerrado de televisión». Estos taxistas eran paquistanís, por supuesto.
Para no ser menos, no podían dejar de tener su papel los partidos políticos, especialmente el Partido Laborista, que sale especialmente malparado en el informe.
Pero empecemos por el Partido Conservador. Es lo que tienen los conservadores, que se encargan de conservar las cosas como están. Por eso, ni aún en el poder fueron capaces de imponer el «registro obligatorio de etnicidad para los delincuentes de CSE (Child Sexual Exploitation, explotación sexual infantil)».
Pero esto no es nada en comparación con los palos que se lleva el Partido Laborista, que «tiene la responsabilidad principal del encubrimiento más largo y deliberado», defiende el Informe Lowe. Y es que en el comportamiento de los laboristas se evidencia la alianza entre la izquierda y la inmigración musulmana: «Los ayuntamientos laboristas cedieron las calles, ignoraron los informes de los padres y permitieron que los perpetradores operaran, entre otras razones porque los bloques de votantes musulmanes eran electoralmente vitales». Cada uno tiene sus prioridades, ya ven. Por si fuera poco votaron en contra de una enmienda del Partido Conservador —una buena iniciativa, en esta ocasión— en demanda de una investigación a nivel nacional de las bandas de violadores. Para no perder la costumbre, argumentaron que esto era cosa de la extrema derecha, a lo Pedro Sánchez y los bulos de la ultraderecha. ¿Saben quién era el Director de la Fiscalía General del 2008 al 2013? Keir Starmer. .¿Saben quién ordenó pasar por alto el carácter racista de las violaciones y ocultar el origen etnorreligioso de los violadores? Keir Starmer. ¿Saben quién era el Primer Ministro como líder del Partido Laborista que se negó a votar a favor esa moción en demanda de una investigación de alcance nacional? ¡Bingo!
En definitiva, esto es lo que podríamos llamar un fallo multiorgánico, sólo que no es un fallo. No lo es porque el error es involuntario. Y cuando alguien sí hizo lo que debía, otro no lo hizo. Lo acontecido en el Reino Unido con las “autoridades” en relación con las violaciones de chicas británicas es, en el mejor de los casos, negligencia y, a veces, hasta colaboración pasiva. Lo sabían y miraron hacia otro lado. Lo sabían y se callaron como putas. Lo sabían y no hicieron nada. Y no hicieron nada, sobre todo, porque los violadores eran casi siempre inmigrantes paquistanís de religión musulmana, y nadie quiere que le llamen islamófobo ni racista. De hecho, los que tuvieron la decencia de alzar la voz y denunciar lo que estaba pasando fueron represaliados y vieron perjudicadas sus carreras profesionales. Es de suponer que temían también un posible levantamiento popular de los nativos británicos, al menos de los que no son imbéciles a jornada completa.
¿A qué clase de demencia colectiva hemos llegado cuando se tolera la violación, la humillación, la coacción, el sometimiento, la tortura, el rapto y la violencia contra chicas indefensas para que no nos llamen racistas o islamófobos, para que conservemos nuestro puesto de trabajo? Si esto no es la tiranía de la corrección política, ¿qué es?
No, el Reino Unido no es un Estado fallido. Es un Estado que ha perdido el norte, que ya no está para servir a su propio pueblo, que ha evidenciado de forma atroz el divorcio entre la élite gobernante y el pueblo trabajador autóctono. El Estado británico ha pervertido sus fines, pero funcionar, funciona bien. Hace el mal, pero lo hace eficazmente.
No podemos acabar sin mencionar dos cosas más.
Una, la responsabilidad social colectiva de todos los que defienden como modelo de la sociedad el multiculturalismo y la inmigración sin control, la de todos aquellos fanáticos fieles a la corrección política, impermeables a la realidad. Todos los que han votado a los partidos que han permitido esto son, en parte, culpables.
Y dos, un asunto sobre el que dijimos anteriormente que volveríamos: las violaciones a chicas hindús y sijs. En estos casos, las comunidades a las que pertenecían estas chicas se organizaron y defendieron a sus chicas. Del otro lado, no hubo en ningún caso una respuesta comunitaria porque, sencillamente, no hay conciencia de comunidad. La corrección política y su empeño en que los europeos cristianos y blancos nos sintamos culpables por nuestro pasado histórico nos han llevado a la postración y a la asunción de culpas que no nos corresponden. Como dice el informe, «hasta que el país rechace el miedo a ser llamado ‘racista’ y recupere el valor de nombrar las verdades incómodas, las condiciones que permitieron que estas redes prosperaran permanecerán. Esta Investigación registra el daño sin disculpas. La parálisis de nuestras instituciones no fue un capricho. Fue el resultado predecible de décadas de cambios legales y culturales que antepusieron la sensibilidad a la justicia».
Lo primero, pues, para los nativos europeos, debería ser la protección de nuestras familias. ¿Racistas? ¿Islamófobos? Cada uno sabrá, pero que nos lo llamen aunque sea mentira, es igual. Mejor eso que ver lo que se ha visto en el Reino Unido: miles de chicas —2.500, 25.000 o 250.000, tanto da— violadas repetidamente, agredidas y prostituidas sistemáticamente y de forma sostenida en el tiempo —durante décadas— por inmigrantes paquistanís de religión musulmana, con el silencio cómplice de las “autoridades” encargadas de velar por la seguridad de las chicas por miedo a ser tachadas de racistas o islamófobas, por miedo a perder votos. La doble humillación de las víctimas: violadas por los paquistanís, ignoradas por las autoridades. Culpables por acción, culpables por omisión.
FUENTES:
- https://www.therapeganginquiry.org/
- https://content.govdelivery.com/attachments/UKLGIU/2014/09/11/file_attachments/323357/Child+Sexual+Exploitation+in+Rotherham+-+Alexis+Jay+report.pdf
- https://www.libertaddigital.com/internacional/europa/2018-03-13/las-autoridades-britanicas-permitieron-el-abuso-de-otras-1000-ninas-por-no-parecer-racistas-1276615406/