El compañero Nicolás Ventura, un patriota desvelado en tiempos de eclipses, me insta a meditar y escribir sobre un fenómeno del pensamiento político y filosófico que ha ido ganando escena en los últimos tiempos: la ilustración oscura. Me lo propone a mí, que ando refugiándome hace tiempo en la literatura para poder campear los vientos de la realidad. Tiempos en los que me asemejo a un personaje de Onetti, que crea una ciudad ficcional y se va a vivir allí. No es cobardía, quizás hastío y como decía el Iñigo de Loyola: discernimiento de espíritus. Llega un momento de la vida intelectual en la que la energía espiritual es fundamental y, como dicen los PF de los planteles de fútbol, hay que saber manejar las cargas.
Se ha escrito bastante ya sobre esta “Ilustración oscura”, de modo que intentaré puntualizar algunos conceptos fundamentales sobre el citado movimiento y ponerlos en diálogo con el eterno sueño ilustrado, que en esencia y sin maquillajes, siempre ha perseguido los mismos objetivos.
El primer elemento que puede llamarnos la atención es el nombre, pues la expresión “ilustración oscura” (Dark Enlightenment) parece un contrasentido. La propuesta, según sus figuras más eminentes, entre ellas el filósofo británico Nick Land, es invertir radicalmente los principios fundantes de la Ilustración del siglo XVIII. Si aquella ilustración proponía situar a la luz de la razón como medida del accionar humano, al progreso como meta fetiche, la igualdad y la democracia como principios políticos apodícticos, la ilustración oscura (neorreacción/NRx) propone un contra iluminismo sombrío, un rechazo de la igualdad por considerarla antinatural y una abolición de la democracia liberal. Tales principios, para el poco avispado jovencito antiprogre, pueden ser seductores, el inconveniente –como toda doctrina prometeica-, es el revés de la trama, es decir, aquello que queda oculto, no lo que se muestra.
Un viejo principio de soberanía política reza lo siguiente: “el vacío geopolítico no existe, el espacio que un Estado no ocupa o controla de manera efectiva, inevitablemente será ocupado por el enemigo”. El mismo Nietzsche lo vio claramente, muerto Dios, hay que tender el puente al Superhombre. Se dice que la ilustración oscura es una filosofía política que nace en los márgenes de Internet, en foros tecnológicos, en blogs y demás ghetos cibernéticos. Yo creo que se trata de uno de los tantos arrebatos pseudomísticos del imperialismo internacional del dinero. Curtis Yarvin, programador estadounidense, otro de los ideólogos del movimiento, sostiene que el mal de los gobiernos contemporáneos es la dispersión de la responsabilidad política, por esa razón, el Estado debe pensarse como una empresa jerárquica con un claro núcleo directivo, aquello que hoy se conoce con el término CEO (Chief Executive Officer) y con ello, la imposición de ese lenguaje tan árido como insustancial que incorpora términos como “visión estratégica”, “toma de decisiones”, “liderazgo de equipo directivo”, etc. Jamás pude explicarme cómo se pueden hacer reuniones, congresos y hasta claustros educativos bajo el imperio de estos flatus vocis. Quien quiera condenarme a una pena doliente, puede enviarme a uno de estos aquelarres empresariales. Una cosa es cierta: la insustancialidad –como canon de estos tiempos- vehiculiza una llamativa efectividad.
Uno de los conceptos más sugestivos de este movimiento es el “la catedral”. La idea ha sido acuñada por Curtis Yarvin quien bajo el seudónimo Mencius Moldbug designa con ello el sistema descentralizado de consenso sociocultural e ideológico de las sociedades occidentales contemporáneas. “La catedral” es una red de instituciones (universidades, mass media, estamentos de la burocracia estatal, partidos políticos de masas, etc.) que refuerzan los principios de la democracia liberal y las ideas progresistas, erigiéndose como rectora del pensamiento políticamente correcto. Frente a ello, surge la necesaria instauración de un nuevo orden político basado en cuatro acciones fundamentales:
- El Estado como corporación o neocameralismo. Es necesaria la estructuración y el gobierno de un país bajo las mismas coordenadas en que se administra una empresa o una startup tecnológica. Un director ejecutivo y un gobierno de accionistas.
- La fragmentación política o “Mosaico”. La ilustración oscura propone la abolición de los estados modernos impulsando un mosaico global de microestados soberanos, una especie de ciudades-estado privadas bajo la égida del libre mercado y su hija dilecta, la competencia.
- La imposición de la salida (“Exit”) sobre el voto (“Voice”, es decir, la “voz” como expresión de la democracia liberal). Se trata de un rechazo formal a la deliberación personal. Por tal razón, si un residente no está de acuerdo con las directrices del núcleo jerárquico de ese microestado corporativo, puede emigrar, salir (exit) a otro microestado.
- El reinicio democrático (“Reset”). Para ello es necesario el desmantelamiento de “la catedral” (pulverización de la burocracia estatal, quita de la pauta a los medios de comunicación y privatización o cierre de usinas ideológicas como la Universidad). Aquel estertóreo grito de Milei “¡afuera!”, se alinea en ese sentido.
Es claro que la democracia liberal, la cantinela progresista, los medios de comunicación como formadores de opinión y la burocracia estatal son elementos que obturan la prosecución del bien común como corazón y razón de la política, pero la pretendedida solución de esta ideología llamada “ilustración oscura” –llamarla “doctrina” es asignarle demasiado rango-, peca no solo de utópica, sino de inhumana y contradictoria. Utópica por desconocer el corazón del hombre, inhumana por supremacista y sobre todo contradictoria. En este último elemento quiero demorarme brevemente. No se puede acometer la crítica de la modernidad con los mismos presupuestos de la modernidad. Este movimiento llamado “ilustración oscura”, no es un anti-iluminismo sino una forma velada de aquel, con nuevo rostro y viejos presupuestos. En su diseño de los nuevos estados corporativos campea a sus anchas la misma diosa razón, ella diseña, ella fija reglas, ella valida o anula y, además, como si fuera poco, tiene como aliado al capitalismo, fenómeno moderno por excelencia.
En su libro Dialéctica del iluminismo, Theodor Adorno y Max Horkheimer expresan una sentencia tan lúcida como aparentemente extraña a su ideología, también hija de la modernidad:
“El iluminismo, en el sentido más amplio de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de quitar el miedo a los hombres y de convertirlos en amos. Pero la tierra enteramente iluminada resplandece bajo el signo de una triunfal desventura”[1]
¿Qué es la “ilustración oscura” sino la utopía soberbia de un par de amos? En aquel famoso grabado N° 43 de la serie titulada Los Caprichos, publicada por Goya en 1799 se observa un hombre dormido sobre una mesa o escritorio de piedra. La cabeza aparece apoyada sobre los brazos cruzados y su rostro oculto. La postura es de abatimiento, ensoñación e indefensión. Detrás de él emergen una serie de animales como búhos, murciélagos y un lince con mirada viva. En el bloque de piedra una inscripción que reza: “El sueño de la razón produce monstruos”. La obra parece situar a Goya compartiendo los ideales de la Ilustración, advirtiendo que cuando la razón se duerme, surge la ignorancia y las supersticiones. Cabe otra lectura, casi en sentido inverso: cuando la razón sueña, rompe los límites de su naturaleza, se extralimita, también produce monstruos como los de la ilustración oscura o la ilustración resplandeciente, simplemente porque la actitud es la misma: el anhelo de ser amos.
“CEO”, “tecnofeudalismo”, “aristocracia computacional” y demás términos fetiches son cantos de sirena de un nuevo sueño de dominación. Ya lo dijo el Gordo Chesterton contra todo proyecto prometeico y para nuestro consuelo: “A cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales”. Ese es la verdadera salida, “salida” digo…que suena mucho mejor que “exit”.
[1] Adorno, T – Horkheimer, M. Dialéctica del iluminismo. Editora Nacional de Madrid, 1992: p. 13.