La Intelligentzia Artificial: El nuevo caballo de Troya de la colonización pedagógica

La Intelligentzia Artificial. Julian Otal Landi

Asistimos a una era donde la fascinación por la técnica parece haber adormecido la capacidad de sospecha. La irrupción de la Inteligencia Artificial en el ámbito educativo ha sido recibida, en su gran mayoría, con el entusiasmo acrítico propio de las pedagogías globales: se la celebra como el oráculo definitivo de la personalización del aprendizaje, el asistente perfecto o el nuevo estándar de la objetividad del conocimiento. Sin embargo, bajo el ropaje de la neutralidad matemática y la eficiencia algorítmica, se agazapa un fenómeno mucho más antiguo y persistente. Como ha señalado oportunamente, la IA contemporánea no opera meramente como una herramienta tecnológica, sino como una verdadera Intelligentzia Artificial.

El término, que recupera de manera inevitable la matriz del pensamiento de Arturo Jauretche, no es un simple juego de palabras. La intelligentzia jauretcheana denunciaba a aquellas élites intelectuales nativas que, formadas en el espejo de las metrópolis, funcionaban como correas de transmisión de un pensamiento ajeno, desraizado y colonial. Hoy, esa misma matriz se ha automatizado. La Intelligentzia Artificial es el nuevo aparato de colonización pedagógica del siglo XXI; un cientificismo sin comunidad que procesa miles de millones de datos globales para devolver respuestas estandarizadas que sutilmente liman las identidades nacionales, los arraigos territoriales y las memorias colectivas.

A este sesgo geopolítico de origen se le suma una trampa técnica aún más perversa: la «burbuja digital» que el algoritmo teje a la medida de cada usuario. Se constituyen como verdaderos “nichos ecológicos” para convencer al cipayismo. Diseñadas bajo la lógica de la hiperpersonalización y la retención del usuario, las arquitecturas digitales aíslan a los estudiantes en cámaras de eco cognitivas. El algoritmo no expone al alumno a la complejidad del debate historiográfico, sino que retroalimenta sus propios sesgos, búsquedas previas y consumos de entretenimiento, devolviéndole un reflejo distorsionado y simplificado de la realidad. Esta burbuja digital anula la alteridad y el pensamiento crítico, confinando al joven en un solipsismo informativo donde la confrontación con el dato histórico disidente se vuelve imposible. La fragmentación del espacio público se traslada así al aula: ya no compartimos un archivo común sobre el cual discutir, sino infinitas realidades personalizadas por un código privado de Silicon Valley.

El carácter de este dispositivo se vuelve escandalosamente evidente cuando se lo somete a la prueba de la historia local. Si un estudiante atrapado en su burbuja interroga a los grandes modelos de lenguaje sobre la causa de las Islas Malvinas o el proceso de despojo colonial del Atlántico Sur, la respuesta automatizada rara vez se aparta de la corrección política dictada por las perspectivas anglosajonas que hegemonizan los servidores globales. Lo que la IA ofrece no es «la verdad objetiva», sino un «caballo de Troya» cognitivo: un relato estetizado y despolitizado que tiende a la desmalvinización sutil, blindado por el algoritmo para que encaje perfectamente en las zonas de confort de la burbuja del usuario.

El problema radica en que el sistema educativo formal suele adoptar estas herramientas desde la pura lógica del consumo o la optimización de tareas. Se enseña a los jóvenes a usar la IA, pero no a interrogarla. De este modo, la escuela renuncia a su función crítica y se convierte en el laboratorio perfecto de la alienación cultural. El algoritmo reemplaza al manual escolar, pero con una agravante: goza de la mística de la infalibilidad tecnológica. Si la IA lo dice, parece no haber espacio para la réplica.

Frente a esta ofensiva algorítmica, la respuesta no puede ser el ludismo estéril de la prohibición ni la capitulación tecnófila. El desafío que debemos asumir en las aulas es el de la soberanía cognitiva. Abordar la Inteligencia Artificial desde el análisis historiográfico implica transformarla de herramienta de consulta en un objeto de estudio en sí mismo. Hay que enseñar a las nuevas generaciones a desplegar una gimnasia intelectual que deconstruya el algoritmo: interrogar sus sesgos de archivo, rastrear qué intereses geopolíticos nutren sus bases de datos y contrastar sus verdades enlatadas con el documento histórico y el archivo territorial.

Desinformación y errores. Se suele observar que la IA puede inventarse fuentes (de hecho, se las inventa) y puede ofrecer información desactualizada (de hecho, la ofrece). Es que la información que reúne se basa en operaciones de sentido historiográficas donde la Historia ya se encuentra adulterada y manipulada por el canon académico. Es decir, la IA puede alucinar (de hecho, alucina) aunque difícilmente desarrolle una opinión favorable en torno a los procesos populares como ha significado el peronismo para Argentina. En función de ello, resulta necesario desmantelar la madeja de la desnacionalización que anuda en la mentalidad formativa de las últimas generaciones, la causa Malvinas (anudada con el irredentismo dictatorial) y su consecuencia: que se fue a la guerra por la conciencia patriotera esbozada en la escuela y propugnada por el peronismo. Por dichos motivos, la desmalvinización que proponía tempranamente Alan Rouquie dependía de un absoluto rechazo a toda causa nacional (de allí los estudios contemporáneos de David Rock y Gillespie buscando adonde anidaba el autoritarismo en nuestro país que nos llevó a la tragedia de la guerra; mientras los trabajos de Verón y Sigal;  Verbitsky y Feinmann condenaban al último peronismo como los responsables del terror que luego fuera ampliado por la última dictadura)

La soberanía de una nación ya no se defiende únicamente en las fronteras físicas o en la economía material; se disputa, fundamentalmente, en la arquitectura de los flujos de información y en la formación del pensamiento de su juventud. Desenmascarar a la Intelligentzia Artificial es el primer paso para evitar que la tecnología del mañana termine de consolidar el olvido del ayer.

 

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