La invasión de Ceuta y el lugar de España en Occidente

La invasión de Ceuta y el lugar de España en Occidente. Ramón Cuadrado

Cuando hablamos de Occidente, de qué es Occidente, muchos argumentan que es una civilización. Esta hundiría sus raíces en la filosofía griega, el derecho romano, la religión cristiana y, ya más recientemente en términos históricos, la Ilustración. España está inserta, por motivos más que evidentes, en esa civilización.

Pero si dejamos de lado esta perspectiva histórica y general y vamos más a lo concreto y actual, Occidente es más que eso: es una cosmovisión y, no menos importante, un bloque geopolítico, que es de lo que vamos a tratar.

El bloque geopolítico occidental está encabezado por los Estados Unidos, que asume el papel de líder tras la II Guerra Mundial. Es la principal potencia militar, la principal potencia económica y la principal potencia cultural, en tanto que ejerce como potencia imperial e irradia su forma de vida a los países de su órbita, incluso más allá, pues la tecnología desarrollada por EE. UU. —y otros países occidentales, obviamente— se usa en todo el mundo, condicionando así su forma de vida hasta cierto punto. Esta cultura que exporta el imperio yanki en forma de tecnología, música, pornografía, entretenimiento, forma de vestir e incluso de comer y beber —Cola-Cola o los McDonald’s, por ejemplo— o el uso de las redes sociales, empapa al hombre occidental desde hace décadas, sea del país que sea.

Parte importantísima de este bloque geopolítico es la OTAN, el conglomerado militar atlantista liderado por los yankis. Los países europeos han descuidado su propia defensa confiados en que el amigo americano les protegerá, renunciando así a parte de su soberanía y siendo negligentes en lo que respecta a sus propios deberes. No obstante, los yankis tienen en Europa alrededor de cuarenta bases militares, llegando a un total de 275 si contamos los  establecimientos militares de menor rango. Se estima que, entre todos, albergan cerca de 100.000 efectivos.

El liderazgo norteamericano y la dejación de funciones europea tiene su contrapartida, evidentemente. EE. UU. es un país que cultiva la servidumbre en lugar de la amistad. Cuando va de la mano de alguien es simplemente porque tiene un interés propio. Y lo que es peor aún: EE. UU. es un país parasitado por Israel. Alberga en su seno la segunda mayor población judía del mundo, con un peso específico brutal en la toma de decisiones, sobre todo en su política exterior. Esto no es ninguna exageración, es una obviedad para cualquiera que preste atención a la actualidad internacional. Así las cosas, cuando Israel lo considera necesario arrastra a su mamporrero particular a sus propias guerras, mientras que por otro lado el imperio yanki defiende sus propios intereses cuando se tercia, como por ejemplo en Ucrania.

Bien, ¿ y cuál es el papel de España dentro de Occidente? Desde la muerte de Franco nuestra función ha sido meramente la de comparsa. La tan cacareada Transición no fue más que el pastoreo estadounidense de nuestro papel internacional, para lo cual obtuvo la complaciente colaboración de las élites del propio país, tanto de personajes que formaban parte del Régimen como de nuevas figuras, sobre todo de la izquierda. El palo en las ruedas para que se llevara a cabo el proceso de democratización de España era el almirante Luis Carrero Blanco, un hombre que anteponía los intereses nacionales a los ajenos, motivo por el que fue liquidado de manera subrepticia por los norteamericanos. Nadie con dos dedos de frente se cree que la ETA de aquellos años tuviera capacidad operativa para su asesinato, aun cuando fueran usados como marionetas, como tontos útiles. Es preciso tener en cuenta que EE. UU. ya contaba con dos bases militares en España, las de Rota y Morón, como resultado de los Pactos de Madrid firmados en 1953, es decir, se supone que estábamos en relaciones al menos cordiales. Sea como sea, con este horrendo crimen quedaba abortado el Proyecto Islero, que hubiera dado a España la única cosa que hace realmente que los demás se lo piensen dos veces antes de tomarte el pelo: la bomba atómica. Y de ahí a la libertad, la democracia y el tan manido progreso.

Por supuesto, luego vino el ingreso en la OTAN y posteriormente en la Unión Europea. ¡Al fin somos europeos! Qué bien suena y qué desastre ha sido para España, al margen de los que se han beneficiado económicamente. Si ya no pintábamos nada antes de entrar en la UE, tras el ingreso todavía menos. Ahora nos pastorean también desde Bruselas. Pero bueno, por lo menos los tapones permanecen unidos a las botellas y se van a prohibir los sobres de kétchup. No negarán que son grandes avances.

Y en estas estábamos cuando el 11 de septiembre de 2001 se produjeron diversos atentados en Estados Unidos. Todos los que tenemos ya una edad tenemos en la retina las imágenes de los aviones impactando en las Torres Gemelas. El balance total de los ataques fue de unas tres mil víctimas mortales. Los malos oficiales fueron Osama Ben Laden, el mal personificado, y por supuesto la organización Al Qaeda fundada por el mismo, según nos dicen. Ben Laden era saudí y pertenecía a una familia adinerada con vínculos con los norteamericanos. Estos crímenes darían legitimidad a los Estados Unidos para emprender lo que se llamó «guerra contra el terrorismo», resultando primeramente en la invasión de Afganistán. Precisamente en ese país, que vio en 1979 cómo el Ejército Rojo soviético envió miles de soldados y tanques a apoyar al gobierno comunista ante la rebelión de los muyahidines, se estrecharon los lazos entre Ben Laden y la CIA. Esta agencia de inteligencia yanki apoyó de forma decisiva a los muyahidines hasta que los soviéticos abandonaron Afganistán en 1989. Los muyahidines eran calificados por entonces por el Tío Sam como «freedom fighters». Incluso se les hizo un masaje propagandístico en la película Rambo III, ambientada en el país afgano. Claro que el enemigo de entonces era la URSS, y no el brumoso terrorismo internacional ni los talibanes, el régimen surgido precisamente tras la salida soviética de Afganistán. Qué cosas.

Tras Afganistán le tocó el turno al Irak de Sadam Husein, que supuestamente tenía armas de destrucción masiva, como si los propios estadounidenses no las tuvieran. Evidentemente, éstas nunca aparecieron, pero la coalición liderada por los EE. UU. hizo en Irak lo que le dio la gana, derrocó al régimen y acabó con Sadam en la horca.

Más recientemente tuvo lugar la conocida como Primavera Árabe, en la que diferentes gobiernos de Oriente Medio cayeron de forma estrepitosa tras levantamientos populares, o supuestamente populares. Todos o casi todos tenían en común una cosa: eran vecinos incómodos para el Estado de Israel.

Las malas lenguas —los conspiranoicos, que dirían otros— sospechan que nada de esto es casual, que nada es lo que parece. Que todo lo sucedido, desde los mismos atentados del 11-S hasta lo que vino después, obedece a un propósito y a unos intereses geopolíticos concretos; que los atentados de falsa bandera juegan un papel fundamental en la geopolítica actual.

Y así llegamos hasta el 7 de octubre de 2023, en los que un país como Israel, con unas de las agencias de inteligencia con más medios y más eficaces del mundo, se deja meter un gol por la escuadra en forma de atentados. Casi mil doscientos muertos y más de doscientos cincuenta israelís convertidos en rehenes como resultado. Un ataque de tamaña magnitud como el realizado supuestamente por Hamás y otras milicias palestinas requiere una planificación que implicaría a numerosas personas por un tiempo prolongado, y quieren hacernos creer que unos servicios de inteligencia capaces de ejecutar de forma quirúrgica a elementos concretos en diferentes países no detectaron la preparación del ataque. Los malpensados, que somos los conspiranoicos y las malas lenguas, más bien entenderíamos que el 7 de octubre es a Israel lo que el 11-S a los Estados Unidos, la legitimación para hacer posteriormente lo que les venga en gana, como por ejemplo arrasar Gaza o atacar Irán. Y ahí está el Tío Sam, siempre dispuesto a librar las guerras de Israel, al parecer.

¿Y qué tendrá que ver nada de esto con la invasión de Ceuta y el papel de España en Occidente? Pues tiene bastante que ver.

En el año 2020 se firmaron los Acuerdos de Abraham entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, que suponen la normalización de las relaciones diplomáticas aun cuando permanece latente el conflicto palestino. El acuerdo se firmó, como no podía ser de otro modo, en la Casa Blanca. A los acuerdos se sumaron Baréin y, posteriormente, Sudán y ¡Marruecos!

Nuestro vecino del sur goza desde entonces de relaciones privilegiadas con Israel y EE. UU., países que le proporcionan tecnología y armamento a cambio, obviamente, de su sumisión. A tal punto llega la cosa que el rey moro ha renombrado una autopista con el nombre del presidente Donald Trump. Es un detalle, una anécdota, pero a veces estos detalles son importantes. No es para menos, ya que el gobierno de Trump es el que ha reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un hecho de capital importancia.

Estas relaciones entre Estados Unidos, Israel y Marruecos son fundamentales para comprender por qué Ceuta ha sido invadida. Nada va a pasar sin que yankis e israelís lo sepan. Es más, nada va a pasar sin que lo aprueben o directamente lo promuevan.

Para nuestra desgracia, a la enemistad con Marruecos, que ya viene de lejos, se suma la colisión de intereses de sus nuevos aliados y la enemistad manifiesta entre los gobiernos de España y de esos países. España se significó de manera excesiva, quizá, en defensa de Palestina, llegando a reconocer el Estado Palestino, y nos lo van a hacer pagar. Trump, por su parte, tampoco está muy contento con la implicación de España en la OTAN, como nos recuerda frecuentemente. Así, si Ceuta fue invadida por decenas de miles de marroquís, fue sencillamente porque interesaba a Israel y a los EE. UU., que quieren controlar el Estrecho de Gibraltar. Marruecos, aun siendo implicada directa y beneficiaria de la situación, es sólo la marioneta.

Mientras una ciudad española es invadida, nuestro gobierno está de celebración en la embajada del país que nos ha invadido, ni más ni menos que en la conmemoración del día del trono de Marruecos. Es decir, cuando se produce lo que podríamos calificar sin exagerar mucho como un acto de guerra, representantes del gobierno español están con el enemigo. Esto no puede ser calificado de otra manera que de traición. No hicieron nada para evitar lo que sucedió. No han hecho nada para devolver a los moros a Marruecos y, por supuesto, no harán nada para evitar otra invasión. Porque lo importante no es la integridad territorial de España, sino que el señor presidente nos diga las cancioncitas que escucha y que resuelva sus propios problemas, que no son pocos.

Este es el papel de España en el bloque geopolítico occidental. El de siervo, el de permanecer postrado y humillado a manos de un país con un PIB diez veces menor pero con una idea clara del camino a seguir y que tiene un rey que ejerce como tal y que ha sabido qué culos debía lamer. El día que a Israel y a EE. UU. les deje de interesar el servicio de Marruecos le darán la patada y punto, pero mientras tanto…

De todos modos, no hay mal que por bien no venga. Aunque algunos se obstinen en defender que Estados Unidos es un país amigo, los hechos se empeñan en afirmar lo contrario. Fueron ellos quienes dieron la puntilla al Imperio español en 1898. Fueron ellos, con Franco queriendo descolonizar el Sáhara y prácticamente agonizando, los que impulsaron la Marcha Verde. ¿Y quién ejerció un papel fundamental desde dentro como informante de los EE. UU.? Juan Carlos de Borbón, el rey campechano, un felón de primera categoría. También fueron los yankis los que mataron a Carrero Blanco y llevaron las riendas de la Transición, arrastrándonos al lodo en el que ahora nos encontramos. Y son ellos los que están armando a un país manifiestamente hostil para con España. Con amigos así, ¿quién necesita enemigos?

La conjugación de los intereses de sionistas y marroquís es, en definitiva, una pésima noticia para España. Marruecos es un país expansionista que considera que Ceuta y Melilla son suyas, y lo mismo piensa de las Canarias, por supuesto del Sáhara Occidental y de parte del territorio de sus países colindantes. Marruecos es un país que utiliza la inmigración como medio de presión política sobre España, que envía aquí a la chusma que libera de sus prisiones, que cuenta con una quinta columna en nuestro territorio, que nos humilla poniendo nuestra bandera al revés en una visita oficial, que recibe cantidades ingentes de dinero de la Unión Europea y de España para su desarrollo y que nos lo paga invadiendo una ciudad española, y pese a todo esto nuestro muy querido Ministro del Interior dice que es un «aliado fiable» y que «no supone ninguna amenaza». Es mejor callar lo que podamos pensar sobre estas indignas declaraciones so pena de acabar denunciados porque, además, las famosas malas lenguas sostienen que Marruecos fue el país del 11-M, junto a su aliado, nuestro vecino de más allá de los Pirineos.

Por el contrario, España es un país cuyo sentimiento patriótico ha sido atacado sin cuartel —sobre todo desde dentro. De resultas de este ataque interno se cuestiona la propia existencia nacional y desaparece prácticamente cualquier opción de autodefensa. Es un país donde los rescoldos de ese sentimiento natural de amor por la propia patria son canalizados hacia el deporte, quedando castrada cualquier posible reacción enérgica y vital en defensa de los intereses de España, que son los de los españoles, aunque muchos parecen olvidarlo. Es un país sometido desde hace cincuenta años a intereses extranjeros con la connivencia de las traidoras élites patrias, que miran tan solo por sus propios intereses. Un país cuyas fronteras son violadas y pone un flotador para evitarlo de nuevo. Un país que se lamenta pero no reacciona: «¿dónde está la Unión Europea? ¡Estamos solos, nadie nos ayuda!». Patético espectáculo. España es un país de gente acomodada y sin pulso, que no reacciona porque ha sido sometido durante las últimas décadas a un proceso de ingeniería social para su emasculación. Es un país sin autoridad más que para reprimir a sus propios díscolos. Un país sin hijos. Un país que se pasa la vida mirando a los demás, como si todo lo de los otros fuera mejor que lo nuestro. Un país fruto de un régimen extractivo y corrupto como el del 78, pensado para la postración de España en el orden internacional. En definitiva, un país débil. ¿Cómo no nos van a invadir? ¡Pero si poco nos pasa!

Este es el papel de España en Occidente. Cabeza baja, servidumbre, sin rechistar.

O cae el 78 y España asume que habrá que sufrir y recupera el orgullo y la dignidad o no hay nada que hacer. Sufrir, vamos a sufrir igualmente. Quien piense que con otro gobierno mejorará nuestra situación es que no ve los problemas de fondo. Si tenemos que caer, caigamos al menos con dignidad. Basta ya de humillaciones.

Top