La vivienda, exigencia exorbitante para españoles y privilegio para extranjeros

La vivienda, exigencia exorbitante para españoles y privilegio para extranjeros. José Vicente Pascual

Intentaré una mirada desde lejos, que abarque el paisaje completo porque me parece que hablar del “problema de la vivienda” sin contemplarlo en su contexto absoluto, como una más de las dimensiones del nuevo universo globalizado, es un error, un absurdo y una pérdida de tiempo. Por tanto:

Hablando por la vereda y muy claro: si usted no tiene capacidad económica para contratar una hipoteca entre 400.000/500.000 €, a 35/40 años, está abocado a una de dos: vivir en un suburbio con vecinos de trapillo, jeringuillas en el parque y okupas en el segundo izquierda, o alquilar un piso en zona vivible aunque modesto y a precio mortal, entre los 1200 y los 1500 € mensuales. Si tampoco le llega, siempre podrá alquilar una habitación por un precio bastante más asequible, pero olvídese de usar la cocina y el baño justo cuando los necesite o le apetezca; el coliving puede resultar llevadero aunque lo normal es que resulte como el infierno de Sartre: los otros.

¿Qué está pasando?

La burbuja de los alquileres ha crecido y crecido desde la pandemia, aunque años atrás ya venía dando pistas. Hay varios factores determinantes del “secado” de la oferta y, en consecuencia, el incremento brutal de los precios. El primero de ellos, la itinerancia de los ciudadanos de la Unión Europea. Seamos sinceros con nosotros mismos: una cosa es el turismo, industria española tradicional y elemento recurrente en nuestro PIB, y otra muy otra las dinámicas de masas en el seno de sociedades prósperas (1). No es lo mismo contar con los que vienen una semana a beber sangría y comer paella que hacer cálculos realistas sobre los muchos ciudadanos de la UE que van a instalarse en España, sobre todo procedentes de países más poderosos económicamente que el nuestro —Francia, Alemania, Países Bajos, Luxemburgo, Dinamarca, Suecia—, también del inevitable Reino Unido, de Rusia, de Noruega y, en general, todo el que tenga posibles y ganas de hacerlo… Decía, que me pierdo en el mapa urbano… Decía que multitud de ciudadanos de los citados países y de otros muchos se han ido dando cuenta de que su dinero canta fuerte en España; sea pensión, salario o negocio, se trate de nómadas digitales, de pacíficos jubilados o gente dedicada a los negocios, van cayendo en la cuenta de que España es un país espléndido para vivir, barato por relación a sus disponibilidades, de clima insuperable, gastronomía como Dios manda, con infraestructuras modernas y más que aseadas y, en suma, envidiable en tantísimos aspectos. Total, que se instalan y gentrifican las ciudades. El auge del alquiler turístico era cosa cantada. Globalización lo llaman. A quien no lo entienda a la primera, no merece la pena explicárselo dos veces.

Si unimos a esas circunstancias otros derroches del espectáculo hispano, como la inseguridad jurídica e ineficiencia de los procedimientos de desahucio por impago de rentas, la okupación, la confiscación tributaria de beneficios por alquileres, los sablazos que mete Hacienda a las donaciones y herencias… El panorama se completa: no hay oferta para una demanda creciente; y los precios, de lógica, viajan a Marte.

Nosotros también lo hacemos

Caso conocido: matrimonio con dos hijos, él y ella trabajan y ambos ganan estupendos sueldos; llega Madre Tributaria y las cuentas se hacen redondas: él trabaja todo el año para pagar a Hacienda, y ella para su familia, o al revés, tanto da. Solución: se instalan en Lisboa. Su trabajo les permite alternar períodos laborales y días de descanso de él con los de ella, y viceversa. Ahora son portugueses y sus hijos estudian a Luis de Camoens en vez de a Cervantes. Los españoles también se van dando cuenta de que hay algunos países, vecinos y no tan vecinos, donde vivir es más fácil: Eslovenia, Lituania, Chekia, Rumanía, Bulgaria, Portugal… Por el momento, quienes se van apuntando a esta emigración espabilada son jubilados mayoritariamente, pero es cuestión de tiempo que individuos laboralmente activos, como el matrimonio al que antes me refería, hagan cuentas y concluyan que es más sencillo y práctico tomar vuelos baratos de vez en cuando, balsear con el centro de trabajo y vivir en Praga, donde el metro no se paga y hace un frío importante casi todo el año pero el carbón de las calefacciones también sale por cuatro cuartos. Hay casos extremos, como instalarse en Filipinas o en Tailandia, mas no los tendremos en cuenta por ahora. Menos mal.

¿Construir vivienda social?

En España se ha construido vivienda social desde siempre. La mayoría de nuestras ciudades situadas en áreas periféricas de los grandes núcleos de población tienen aspecto soviético, con barrios enormes de viviendas económicas, todas iguales y todas unánimes en su utilitaria fealdad. Si sumamos a este dispendio la cantidad de viviendas rurales inhabitadas, en entornos “vaciados”, se llega fácil a la conclusión de que no faltan viviendas. Falta mercado. Y falta un modelo económico que libre a las clases trabajadoras de hacinarse en poblachones sin lógica como Martorell o Móstoles. Pero claro, esta última reivindicación es tan antigua que ya la desacreditó la historia en tiempos del desarrollismo, cuando Franco gozaba de buena salud y los españoles viajaban en Seiscientos rumbo al domingueo playero.

Hace un montón de años, un familiar, en cierta andaluza ciudad provinciana, se interesó por las condiciones para solicitar y acceder a unas viviendas sociales muy pintureras que se estaban construyendo por su zona. El concejal del gremio en persona le dio la clave infalible: «Si eres un chorizo te dan la vivienda seguro». Se ve que el concejal estaba quemado por el machamartillo demagógico en materia de vivienda/urbanismo. La anécdota —muy verdadera—, puede parecer chusca, incluso un tanto clasista. Pero la realidad es la triste realidad: en Andalucía no ha existido barrio de viviendas sociales que no haya terminado por convertirse en marginal, un núcleo irredento de delincuencia, trasiego de drogas y el etcétera de la pudrición social. Ahí están para demostrarlo el Polígono de Cartuja en Granada, las Cuatro Mil en Sevilla, el Puche en Almería, el Torrejón de Huelva…

¿No se puede hacer nada?

Con el gobierno actual, no. No puede hacerse nada. Prometerán otra vez la construcción de no sé cuántos miles de viviendas sociales, las cuales nutrirán la lista irrealizada —irrealizable— de otros tantos anuncios tramposos, como todo lo que hacen. Este gobierno está demasiado ocupado pensando en cómo librarse de sus líos judiciales/policiales, y en cómo robar las próximas elecciones (2). Lo demás les trae al pairo.

Otro gobierno, con otra gente y otra orientación, podría empezar por revisar los condicionantes en materia de legislación y política tributaria que espantan a la oferta, o la reconducen hacia el alquiler turístico/temporal. Lo que no sirve de nada es la intervención del mercado, más bien al contrario: encarece aún más el producto. Barcelona es la ciudad de España donde con más rigor se aplica el tope legal del precio de los alquileres; y naturalmente, es la ciudad de España con los alquileres más caros —si exceptuamos Ibiza en el mes de agosto—.

Pero todo eso ya se dijo: sería para otro momento, con otra gente gobernando. Ahora, hoy, no queda otra: aguantar como se pueda. Ya sé que a veces se aguanta hasta donde no se puede, y eso honra a quien lo padece. Pero, de verdad… no hay otra.


1.- Casi que se trata de otra asignatura, bien que relacionada con el asunto de este artículo, pero día llegará en que sea muy necesario analizar la enorme brecha social abierta en las sociedades occidentales a partir de la pandemia, las estratosféricas diferencias salariales y el desequilibrio de la mayoría de las rentas —precarizadas— respecto a las estabilizadas en sectores que han podido mantener niveles retributivos óptimos. Estas diferencias sociales se mantienen «tranquilas» hasta que los giros de la historia las agitan. Lo dicho: día llegará.

2.- No lo he dicho por decirlo: si pueden, robarán las elecciones de 2027. Si nadie lo remedia, lo harán.16

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