«Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los
arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor».
Harper Lee.
Matar un ruiseñor
Nunca vi más gozo ante la sorpresa ni más alegría en la mirada de mi hijo pequeño que hace un montón de años, cuando en la travesía en ferry del Estrecho, regresando de Tánger, comenzaron a saltar delfines y a seguir la embarcación entre silbidos, espuma restallante y fulgores de un azul que en esos momentos se había convertido en escenario maravilloso para aquella ilusión infantil. Los personajes de la breve, deslumbrante historia, fueron ellos mismos, los delfines y el niño que observa encandilado, desde la cubierta de un barco, el baile milenario y sagrado de los amigos del mar. Ese recuerdo nunca va a desaparecer, ni de la memoria de mi hijo ni de la mía; continúa ejerciendo —en su memoria y en la mía—, la potestad liberadora de los hechos prodigiosos a los que hemos asistido como testigos, cual enseñanza humilde y al mismo tiempo abrumadora: la felicidad es posible porque una vez en la vida fuimos sinceramente felices, viendo nadar y brincar a aquellos delfines junto al barco que nos conducía a tierra firme, o sea: a lo de siempre. Para consuelo, de lo extraordinario quedó la evocación de unos momentos mágicos, el desvelamiento efímero sobre las aguas de universales como la verdad y la belleza.
Hablando de lo bello —y sus formas—, los delfines tienen una presencia ancestral en la literatura de occidente como símbolo de guía, de salvación, de amistad y desde luego de inteligencia bondadosa. En el ideario mitológico-estético de la Grecia clásica aparecen narraciones en las que Apolo adopta forma de delfín para guiar a los marineros hasta la isla de Delos, templo terreno dedicado íntegro a este dios; y encontramos en innumerables leyendas el argumento del delfín que salva náufragos, muy repetido también en relatos latinos.
Los romanos usaron la imagen del delfín como símbolo de protección en la navegación, algo muy apreciado en una potencia marítima. En su imaginería aparece frecuentemente en mosaicos y fuentes, a veces junto a tridentes o anclas, representando prosperidad y viajes felices que llegan a buen término. Hay una imagen encantadora que usaban a menudo, el delfín enroscado a un ancla; el ancla como símbolo de firmeza, el delfín como alegría y agilidad y poderío sobre las aguas, juntos como metáfora de avanzar con impulso pero sin perder el equilibrio, el buen juicio y —esto es importante—, la inteligencia y la alegría de vivir y navegar.
Para el cristianismo primitivo, la imagen del delfín llegó a simbolizar a Cristo, salvador que rescata al ser humano del piélago de la desesperanza, el error y el pecado. En el renacimiento y el barroco, la figura del delfín sigue apareciendo en emblemas arquitectónicos, edificios públicos, fuentes y pontanas. En composiciones poéticas siempre actúa como metáfora de libertad, fidelidad y buen gobierno. En la literatura moderna, quizás la obra de referencia más conocida sea «El día del delfín» de Robert Merle, que incluso inspiró una exitosa película y que reflexiona sobre la inteligencia de estos animales y su relación con los humanos.
El delfín, ahora, a estas alturas de la historia, no es simplemente una alegoría, un precioso significante; es un colosal significado, una construcción cultural de primer orden, heredada de nuestro devenir histórico y enraizada en lo profundo con los valores estético-morales de nuestra civilización: cuidamos de los nuestros, atendemos a los enfermos, a los niños, a los ancianos; queremos ser libres y elegir a quienes nos gobiernan —las dos cosas—, queremos ser dueños de nuestras vidas y respetamos la vida del prójimo, y amamos a los delfines. Queremos mucho a nuestros hijos, es verdad. Los queremos más que a nada en este mundo. Pero también amamos a los delfines. Somos así. Así nos ha hecho la historia y así late y respira nuestra civilización.
Luego llegan los de la otra orilla, otras culturas, otras costumbres y otros valores, matan a una cría de delfín y la exhiben como trofeo.
Llámenme racista —lo tendré a honra—, pero las imágenes de aquellos salvajes corriendo jubilosos con el cadáver de la cría de delfín alzada en triunfo me recordaron funestamente a los vídeos de Hamás que se conocieron tras las brutalidades del 7 de octubre de 2023. ¿Comparo a personas con peces? No. Comparo actitudes. Para nosotros, los delfines son pura celebración de la vida. Para otros, vecinos de enfrente, y a la vista está, las únicas celebraciones que merecen la pena son las funerales. Y si los que matan son ellos, mejor.
Dice el perroflauta Pablo Fernández, portavoz nacional de la mugre podemita, que los bárbaros invasores de Ceuta mataron al delfín «porque tienen hambre»; una explicación tan miserable y purulenta como el personaje que la proclama —y como casi todos sus seguidores—, una estupidez muy propia de la factoría de sandeces en que se ha convertido la dirigencia de esa secta. Pero en fin, aceptemos por un momento que a Pablo le asiste razón, que los invasores tenían hambre porque no habían llegado a tiempo los bocadillos de la Cruz Roja ni las latas de conserva, los porros y los sprays de pimienta que les reparten las ONGs. Bueno, yo creo que la vida de una cría de delfín tiene más peso y más valor que toda el hambre que puedan pasar aquellos energúmenos. Lo creo firmemente, porque el desdichado delfín no pudo elegir entre vivir o morir a manos de desalmados, pero ellos sí tenían opciones para su maldita hambre; morderse un codo, por ejemplo. Otra: volver a Marruecos y no regresar nunca.
Sí, sin duda: la vida de esa cría de delfín valía mucho más que las quejumbres y las hambres en la playa del Trampolín. Aunque seguimos a la espera de que el progresismo que incendió las redes sociales por la muerte del perro Excalibur, los veganos militantes, los animalistas a machamartillo y los antitaurinos incesantes digan media palabra al respecto.
Ya verán cómo callan. Como putas.