La RAE define el ilusionismo como el «arte de producir fenómenos que parecen contradecir los hechos naturales». Por su parte, la Wikipedia nos dice que es «un arte escénico, subjetivo, narrativo y espectáculo de habilidad e ingenio, que consiste en producir artificialmente efectos en apariencia maravillosos e inexplicables mientras se desconoce la causa que los produce». Por sintetizar, el ilusionismo es un engaño, una distracción de lo que en realidad es. Algunas personas son realmente habilidosas en este arte, muy buenos en lo suyo, y viven de tales espectáculos.
El espectáculo, precisamente, es el tema tratado en una obra de Guy Debord, La sociedad del espectáculo, analizada en una conferencia por el profesor Javier Barraycoa, que analiza la obra desde la perspectiva del control social. La obra comienza citando a Feuerbach, quien defiende que nuestro tiempo prefiere «la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser». Aunque la intención del filósofo alemán era atizar al cristianismo, en realidad, defiende Barraycoa, «es una afirmación que describe perfectamente nuestra sociedad secularizada», una huida de la realidad para soportar la existencia.
El ponente cita como ejemplo de falsa dialéctica la presentación de la realidad política a través de la confrontación derecha-izquierda, conceptos no arraigados a la realidad. Ambos son abstracciones para tratar de comprenderla que sólo tienen sentido en su contraposición. La política queda así «espectacularizada cuando todo queda reducido no a discutir sobre lo que es el bien común, sino a partir de discutir cosmovisiones imaginarias de una cosa que se llama derecha y de una cosa que se llama izquierda». En definitiva, pues, no puede existir un debate político como tal pues no hay realidad alguna que le dé soporte.
Los conceptos de derecha e izquierda en política aparecen durante la Revolución Francesa, cuando, en la Asamblea Nacional, los partidarios de que el rey tuviera derecho de veto absoluto se sentaron a la derecha del presidente de la Cámara y los que se oponían se sentaron a la izquierda del mismo. En su momento, estas denominaciones podían tener sentido. Ahora, al menos en España, carecen absolutamente de él. En esencia, los dos principales partidos de la democracia española, PP y PSOE, son lo mismo. Ambos son partidos vendidos al globalismo; los dos defienden la Agenda 2030; los dos son esclavos de Bruselas y votan lo mismo en la Unión Europea en un altísimo porcentaje; los dos nutren sus filas con una parte nada desdeñable de indeseables, arribistas y corruptos; los dos, sobretodo, parten de las mismas premisas filosóficas y tienen la misma cosmovisión y concepción de la política. En definitiva, PP y PSOE son el mismo perro con diferente collar. Las diferencias son meramente superficiales.
Por otro lado tenemos a los outsiders, Podemos por la supuesta izquierda y Vox por la supuesta derecha, que son las versiones respectivas para los más cafeteros, pero cuyo papel en la ficción ilusionista, en la sociedad del espectáculo político, no es más que la de la consolidación del orden establecido. Esto no implica que no haya, por supuesto, honrosas excepciones, sea cual sea la sigla que ampare a aquél que de verdad cree que hace lo correcto. Y, para acabar, tenemos a los nacionalistas periféricos que aspiran, en algunos casos, a hacer el espectáculo ilusionista en el propio terruño y, en otros, a hacer creer a su público que aspiran a ello pero quedando sólo en la apariencia, amagando pero sin golpear.
Particularmente deplorable es la pretensión de un supuesto antagonismo entre el Partido Popular y los socialistas. Recuerda, salvando las distancias, claro, a la oposición entre Real Madrid y F.C. Barcelona. El mismo Florentino Pérez, presidente del club blanco, declaró hace un tiempo que necesitaba «un Barça fuerte» porque en aquel momento necesitaba el apoyo azulgrana para su proyecto de Superliga europea, además de que, en aras de vender el producto y generar ingresos, se necesita que los supuestos antagonistas sean potentes. De manera análoga actuó Juanma Moreno, del PP andaluz, quien pidió en una intervención en el parlamento andaluz que volviera el Partido Socialista, «que lo necesitamos». Y tenía razón. Claro que se necesitan; porque juegan al mismo juego, son engranajes de la misma máquina y, por supuesto, se retroalimentan.
La realidad que se oculta tras la falsa dicotomía entre partidos de izquierdas y de derechas es el corrupto Régimen del 78, sustentado en el falso mito de la Transición a la democracia, en realidad una operación de potencias extranjeras, principalmente Estados Unidos y Alemania, para la sumisión y la postración de España en el orden internacional. Mientras tanto, las élites patrias se dedican al expolio del trabajador español, verdadero paganini de la fiesta democrática. Trabajar en España es de pringados, hay que asumirlo. Pero eso sí, ¡somos libres! O eso nos dicen, vaya.
Dice un refrán: «El que no ve la verdad, a la hoya se encamina. La primera medicina, es saber la enfermedad». Bien, pues dejen de prestar atención a los ilusionistas, no se dejen distraer. Siempre será preferible la cosa a la imagen, el original a la copia, la realidad a la representación, el ser a la apariencia. Despierten del Matrix del 78. Tomen la pastilla roja —que no es la del PSOE, malpensados— y sean bienvenidos al mundo real.