Ya no hay izquierdas y derechas. Hay gente que madruga y otra que pasa en la cama más tiempo que las sábanas. Recuerdo: hace algunos años —cuarenta o cincuenta, o más—, un sindicalista cordobés de los de entonces me explicaba que las jornadas de huelga no eran para descansar ni mucho menos, sino todo lo contrario: había que levantarse muy temprano —madrugar a lo bestia—, acudir a la empresa una o dos horas antes de que abriese, formar los piquetes informativos, la mesa/carpa nuclear de actividades, repartir folletos, reunir firmas y, llegada la ocasión, montar el correspondiente pollo a los esquiroles y pelearse como era debido con los seguratas e incluso con las fuerzas del orden en el caso de que acudiesen a reventar la protesta. Después había que organizar la manifestación, convocar a la prensa, leer manifiestos y mantener el seguimiento de la huelga… Un trajín. En aquellos tiempos, el sindicalismo y el activismo izquierdista en general eran madrugadores. Ahora en estos tiempos tan lejanos a aquellos tiempos, no. Ahora en España no madruga ni Dios, casi.
El otro día acudí al parque de bomberos de la localidad en que habito para informar de la rotura de una cañería en la vía pública, enfrente de mi casa. Digo que acudí porque previamente, por teléfono, me habían informado de que estos percances en los que coinciden competencias municipales —mantenimiento, bomberos, servicio de aguas—, nunca se tratan como emergencias y, en consecuencia, los bomberos de guardia no podían atenderme. Para allá que fui a las diez de la mañana, porque, también me dijeron, el turno se cambia a esa hora. O sea que los bomberos tampoco madrugan, ni se dan prisa por acudir al contratiempo a menos que la casa esté ardiendo o el niño no pueda sacar la cabeza de entre los barrotes del balcón. Eso sí, al parque de bomberos de la localidad en que habito no le falta, a la entrada, un pancartón como un copón de grande, con la bandera de Palestina muy bien dibujada y el lema en letras enormes: «Stop genocidio». Caramba, a los bomberos les inquietan más o menos los sufrimientos e inundaciones de su vecindario, pero tiempo les sobra para acordarse de la guerra en oriente medio. Ahí, seguro, a quien madruga Dios le ayuda.
Deseando estoy ver madrugar algún día, aunque sea el del santo patrón, el 1º de Mayo, a sindicalistas de foulard, de oficina y comité de empresa, de horas sindicales y baja por depresión; pero madrugar como madrugan los autónomos, los que quitan el polvo al asfalto a las cinco de la mañana; como madruga mi santa esposa, que unos días se levanta a las cuatro y otros —los buenos—, a las siete, para desplazarse al aeropuerto, subirse a un avión y echar horas de vuelo como si fueran a terminarse y hubiera que exprimirlas y sacarles todo el jugo que den a nueve mil metros de altura; como madruga mi amigo Sergio, panadero y cineasta, que se levanta todos los días del año a las cinco menos cuarto, a excepción de Año Nuevo; como madruga mi hijo Julio, que pone el despertador a las cinco cuarenta y cinco para empezar el día y meterse hora y cuarto en el metro de Londres y acudir al colegio donde da clases. Benditos madrugadores que mueven el mundo. Benditos colegios, bendito pan de los panaderos y benditos aviones, que proveen de bocatas y viajes baratos al precariado viajero, el que se queja porque los vuelos a Santorini, Praga o Banjul salen demasiado temprano y, claro, sus perdidas horas de sueño eran tan necesarias como su inestimable presencia en este mundo.
Esta desafección del universo moderno y quejica por los madrugones tuvo su exponente crucial en aquel lema feminasta de «volver a casa sola y borracha» como paradigma de la liberación de la mujer. Naturalmente, la eriza que volvía al hogar borracha como la Cristina y solita del todo —seguramente para siempre—, no tenía pensado madrugar sino bien al contrario: resucitar pasadas las once, sola y con resaca; seguramente entre olores a arena del gato demasiado saturada. Madrugar es de cobardes, lo valiente es enfrentarse al mundo a partir de las once de la mañana —si es cumplido mediodía, mejor—, con todo acabado y todo por hacer, contemplando cómo se aleja el último vagón de ese día malbaratado, cómo pasa la vida, cómo se van aquellos sueños y aquellos afanes de la loca juventud, cuando creyeron que los cielos eran una plaza por conquistar, hasta descubrir que el paraíso consistía en un chaletaco en Galapagar y no abierto a todos… «Jardines abiertos para pocos, paraíso cerrado a muchos», como dijo Soto de Rojas de su Granada imperial y nazarita, de su Alhambra carolingia y sus palacios renacentistas donde en verano hacia fresquito gracias al mármol y en invierno calor por virtud de las chimeneas, y frío siempre, el mismo frío de las distancias insalvables, de las alturas inhumanas, de las bellas ideas que se alejan y desvanecen y al final mueren tan solas como si estuvieran borrachas.
Hay una ética del madrugón que tiene que ver con la cultura rural ancestral, la necesidad de aprovechamiento de las horas de luz. Levantarse antes del alba era oficio, en aquellos tiempos, de campesinos, viajeros y soldados, pues la tierra, el camino y la guerra eran dedicaciones que necesitaban iluminación natural. Después se inventaron las cosechadoras, las gafas militares con visión nocturna y los vuelos baratos y ya el asunto fue cambiando. Madrugar evolucionó de virtud popular a tradición engorrosa. No es de extrañar la inquina, por no decir el odio, que la ideología dominante de nuestro tiempo tiene por el mundo rural. Para el progrerato eólico que nos pastorea, el campo es un sitio para instalar paneles solares, para organizar campamentos de verano donde se instruya a los niños —y niñas— sobre «el cuerpo como espacio político», para que los ecologistas estén entretenidos catalogando especies de víboras y para que haya incendios y se pueda echar culpas a la Junta de Castilla y León, tal vez a Díaz Ayuso; lo demás son ganas de hacer pan con tortas, porque los productos agroganaderos pueden comprarse tranquilamente a Marruecos, a Chile y la república Argentina, a Brasil o Chipre. Dedicarse a la explotación agrícola y ganadera son ganas de enredar, de crear problemas a la gente que no madruga y no tiene tiempo de atender tanta reivindicación de unos paisanos que emplearía mejor su tiempo en ver series de Netflix, interesarse por la producción de fresas desde una perspectiva feminista —y desde el punto de vista teórico, claro está—, o buscar pareja en Tinder. Y controversia resuelta… y a dormir hasta las once, como la gente de orden.
Había una cultura del madrugón propia de la sociedad industrial. Levantarse antes del alba era oficio proletario. El aprovechamiento de la luz solar iba aparejado no sólo al rendimiento del trabajo individual sino al ahorro de energía. Las fábricas echaban humo de día y de noche, pero el gasto eléctrico bajaba muchísimo durante el lapso diurno. Ahora eso también ha cambiado: madrugan sólo los repartidores porque el ahorro energético no tiene ya apenas que ver con las horas de actividad sino con los módulos/bloques de energía que dispongan las distribuidoras. Si se emplean renovables, a lo mejor se ahorra más en invierno a las seis de la tarde que en verano a las nueve de la mañana. También puede pasar que el suministro decaiga un poco a meditarde, que se vaya la luz del todo y no vuelva hasta que le metan potencia desde alguna central nuclear, pero eso son ya cuestiones que no conviene remover porque el gobierno se molesta. Como dijo el otro: el progreso no es gratis, ni fácil. Aunque cabe también preguntarse qué clase de progreso disfrutamos si nos vamos quedando a oscuras. En fin, de todas formas…
De todas formas el proletariado ya no es tan importante. Ni siquiera es un sector social imprescindible. En algunos sitios, ni siquiera existe. Lo cual, en su día, llegó a plantear algún problema teórico desde la perspectiva ortodoxa del leninismo; si bien desde otra perspectiva, la actual feminoide, es una ventaja: los proletas eran machistas y encima madrugaban, lo que resultaba del todo incompatible y absolutamente inconciliable con el modelo de familia en el que la Doña llega a casa sola y borracha; y a las tantas.
Al final, ya ven: madrugar es de antiguos. Una cosa obsoleta, inútil por demás. A los amantes del amanecer sólo nos va a quedar un consuelo: el día que lleguen los bárbaros y se acabe el mundo, a ellos, a los enemigos de alzar pestaña antes de las once, les va a sorprender durmiendo. Que se jodan. En realidad todos nos joderemos… Pero ellos, más.