Llevo dos semanas hablando de Ceuta en platós, radios y tertulias, y de casi todas me voy con la misma sensación incómoda, la de que se me escucha a medias, porque en cuanto termino de hablar el programa vuelve indefectiblemente al recuento, cuántos entraron, cuántos han vuelto ya, cuántos menores quedan y en qué centro los metemos, como si el problema empezara y terminara en una hoja de cálculo.
Que los hechos son graves no lo discute nadie con dos dedos de frente, y conviene recordarlos antes de seguir, más de setenta mil personas cruzaron la frontera en menos de cuarenta y ocho horas entre el 30 de julio y el 1 de agosto, murieron sesenta y siete, los centros de menores llegaron a estar al 1.600% de su capacidad según reconoció el propio presidente de la ciudad, y después llegaron los autobuses que devolvieron a decenas de miles en un tiempo récord que, por sí solo, debería bastar para entender quién tenía el mando de la maniobra desde el primer minuto. Es una crisis migratoria y es una crisis humanitaria, desde luego, pero quedarse ahí es quedarse en la superficie de un asunto que va mucho más lejos, y me temo que a unos cuantos les resulta bastante cómodo que la conversación no pase de ahí.
Porque el 11 de agosto, cuando las playas de Ceuta todavía estaban sembradas de mantas térmicas y chabolas, el ministro de Justicia marroquí, Abdelatif Uahbi, se sentó ante las cámaras de una televisión árabe y eligió sus palabras con un cuidado que a mí, que llevo media vida leyendo entre líneas los comunicados de Rabat, no me pasó desapercibido, dijo que Marruecos sigue reivindicando «sus territorios», que el asunto está sobre la mesa y que lo plantean «cada vez» que se reúnen con los españoles, y remató con la frase que nadie en Madrid ha querido subrayar, la de que su política en este terreno es «de largo aliento». Traducido del lenguaje diplomático al castellano corriente, eso significa que tienen paciencia, que tienen todo el tiempo del mundo y que no piensan renunciar jamás, y los saharauis reconocemos esa frase nada más oírla porque llevamos medio siglo escuchándosela con otras palabras y en otros escenarios, mientras el mundo miraba hacia otro lado y nos explicaba que había que ser realistas.
Nosotros fuimos el primer capítulo de esta historia, y la forma en que España respondió a aquel capítulo, la de 1975 y la de todos los años que vinieron después, es precisamente la razón por la que hoy un ministro marroquí puede reclamar dos ciudades españolas en horario de máxima audiencia sin que se le mueva un solo músculo de la cara.
Conviene además decir que nada de esto es improvisación ni calentón coyuntural, porque está escrito y publicado desde hace setenta años, el mapa del Gran Marruecos que dibujó Alal el Fasi incluía el Sáhara Occidental, Mauritania entera, buena parte del suroeste argelino, un pedazo de Malí y también Ceuta, Melilla y las islas Canarias, y en todo este tiempo nadie en Rabat lo ha desmentido ni retirado, sencillamente porque no les hace falta desmentir aquello que van ejecutando por fases según se lo permite la coyuntura de cada momento. Y la coyuntura les sonríe hoy como no lo había hecho nunca, después de haber blindado primero la alianza con Israel y luego la relación con el Washington de Trump, dos espaldas bien cubiertas que les dieron el envalentonamiento necesario para lanzar la ofensiva definitiva sobre el Sáhara, ese intento de dar la ocupación por cerrada para siempre y de borrar del mapa y de las actas a un pueblo entero. Ahora le toca el turno a Ceuta, aunque hay que entender bien lo que está pasando, no la están asaltando, la están midiendo, comprobando cuánto aguanta la valla, cuánto tarda el Estado español en reaccionar, qué dicen o qué callan los socios europeos y cuántos días dura exactamente el ruido antes de que todo el mundo se vaya de vacaciones.
Lo siguiente serán Canarias y lo que ellos llaman el Sáhara oriental, todo ese suroeste argelino que reclaman desde antes incluso de la guerra de las Arenas, y ya sé que a más de uno esto le sonará a exageración de saharaui resentido, igual que sonaba a exageración cuando algunos avisábamos de que la carta de marzo de 2022 no iba a comprar ninguna paz sino a abrir el apetito, y aquí estamos cuatro años después comprobando quién tenía razón.
Frente a todo esto tenemos a un presidente del Gobierno como lo es Pedro Sánchez, capaz de calificar lo ocurrido de «ataque» y de «violación de la integridad territorial» para, acto seguido, no adoptar una sola medida que esté a la altura de esas dos palabras, ni una llamada a consultas de la embajadora del reino alauí, ni la revisión de un solo acuerdo, ni la más mínima consecuencia; y tenemos a un ministro de Exteriores, José Manuel Albares, que responde al marroquí con un solemne «la integridad territorial de España ni se ha tratado ni se tratará nunca con nadie» justo después de que el otro haya afirmado en abierto, sin que nadie le obligara y con toda la calma del mundo, que la plantea en cada encuentro bilateral, de manera que uno de los dos está mintiendo y el que tiene la sartén por el mango, me temo, no es el que habla desde Madrid.
Hay una palabra que resume la política exterior española con Marruecos desde hace años, y esa palabra es sumisión, porque se entregó el Sáhara para comprar tranquilidad y no se compró absolutamente nada, se entregó la voz, el voto y el prestigio de un país que se suponía serio, y lo que ha llegado a cambio son setenta mil personas empujadas contra una frontera y un ministro extranjero reivindicando Ceuta y Melilla en una televisión que ven millones de personas en todo el mundo árabe. Como negocio es ruinoso y como gesto es humillante, y lo peor es que en Rabat han tomado buena nota de ambas cosas.
Por eso reclamo contundencia, y no la reclamo solamente por el Sáhara, aunque sea lo que me trae aquí desde hace veinte años, sino porque quien no defiende el derecho internacional el día que le toca al vecino se queda sin un solo argumento el día que le toca a él, y a España le está tocando ya. Marruecos no quiere una parte ni un pedazo ni una compensación, lo quiere todo, lo ha dicho, lo ha escrito, lo tiene planificado por fases y lo está cumpliendo con una paciencia que debería asustarnos mucho más de lo que nos asusta. Si se le permite, lo hará.
Que nadie diga después que no lo avisamos.