Menéndez-Pelayo, un sabio complejo, pero necesario

Menéndez-Pelayo, un sabio complejo, pero necesario. Ignacio Pastor

Mucho se ha escrito, criticado, elogiado y elucubrado sobre la vida de don Marcelino Menéndez Pelayo. La realidad es que este autor, amén de su magna obra, ha sido empleado por propios y extraños como instrumento de combate político, tanto para sustentar una determinada idea de España como para denostar las raíces y los fundamentos de la nación española. Sea como fuere, la aportación de don Marcelino al acervo político nacional merece una atención detenida, pues encierra aspectos de singular relevancia que no siempre han recibido el estudio que merecen o, cuando menos, exigen una relectura a la luz del peculiar estado de la política española y de la orfandad de liderazgo y de brújulas morales que aqueja a sus élites.

En esta línea, la ausencia de una verdadera conciencia nacional se ramifica en múltiples problemas, aunque ninguno resulta tan acuciante, severo y palpable como la progresiva evaporación de un éthos compartido, sustentado no sólo en el pueblo, sino también tejido y vertebrado por aquellos grupos y familias cuya misión histórica ha consistido en el ejercicio de la política y en la dirección de la comunidad nacional. La reflexión que se propone en estas páginas debe mucho a las sugerentes consideraciones de Dalmacio Negro Pavón en su discurso Menéndez Pelayo y nosotros, del que se tomarán algunas ideas como punto de partida para comprender la vigencia del pensamiento de don Marcelino Menéndez Pelayo.

En este sentido, escribe el propio Dalmacio Negro:

«Pues, debidamente hibernado o arruinado el éthos tradicional, el consenso oligárquico parece empeñado en la destrucción de la Nación Histórica para dar satisfacción a imaginarios hechos diferenciales y supuestos agravios históricos o, pretextando modernizarla, hacer otra nación muy distinta, ajena a su historia; pues no se trata sólo del eadem sed aliter, sino que lo que está en juego es el éthos que singulariza a las naciones.»

Ante esta más que evidente crisis antropológica de la nación y frente a la expansión constante de un Estado que, fiel a la lógica de su propia naturaleza desde su configuración como Estado moderno a finales del siglo XV, ha tendido históricamente a extender de manera progresiva el ámbito de su acción, cabe preguntarse hasta qué punto una figura como la de don Marcelino Menéndez Pelayo merece ser rescatada para responder a algunos de los interrogantes de nuestro tiempo o, al menos, para constituir un hilo conductor que, junto con otros autores, permita articular una respuesta conjunta a la patente deriva de España.

Bien es cierto que algunas de las tesis de don Marcelino se tienen hoy por superadas; sin embargo, es precisamente en estos casos donde la grandeza de un autor no ha de medirse por la vigencia literal de todas sus premisas, sino por la profundidad de su pensamiento, la fecundidad de sus intuiciones y el aliento intelectual que impregna el conjunto de su obra.

Don Marcelino comprendió con singular lucidez la política de su tiempo. Su pensamiento, eminentemente realista y, por momentos, cercano al pesimismo, constituye todavía hoy una fuente inagotable de enseñanzas. La principal aportación que cabe extraer de su figura reside, precisamente, en su empeño por asentar una interpretación de la historia rigurosa y, sobre todo, veraz, ajena a la tentación, siempre seductora, de acomodar el pasado a los prejuicios, intereses y pulsiones del presente con el propósito de legitimar determinadas posiciones intelectuales o políticas.

No en vano, el propio Menéndez Pelayo advertía:

«Negar es fácil; dudar, todavía más; burlarse, facilísimo. Pero ni las negaciones, ni las dudas, ni las burlas, por muy chistosas que sean, pueden en historia prevalecer sobre los documentos.»

Entonces, ¿Por qué merece la pena recordar a una figura como don Marcelino Menéndez Pelayo y mantener viva su memoria en nuestros días? A mi juicio, por dos razones.

La primera responde a una exigencia propiamente intelectual, tan necesaria como infrecuente en la sociedad contemporánea. Con ello no se pretende sostener que todos debamos emprender la lectura íntegra de la Historia de los heterodoxos españoles en sus imponentes volúmenes; se trata, más bien, de comprender qué impulsa a un hombre a dedicar su vida a una empresa de semejante magnitud. Comprender a Menéndez Pelayo supone comprender un ideal de vida intelectual hoy prácticamente extinguido: el del estudioso que hace del conocimiento una vocación y del trabajo una forma de servicio. No en vano, Azorín lo definió como el «último gran obrero del cerebro», expresión que resume con admirable precisión la disciplina, la capacidad de trabajo y la extraordinaria fecundidad intelectual que presidieron toda su existencia.

La segunda razón por la que no debemos ignorar la figura del polígrafo santanderino se encuentra, en cierto modo, en continuidad con la primera: la posibilidad de volver a comprender la vida con la altura que ésta merece. Me explico. La época de don Marcelino resulta, desde la perspectiva contemporánea, casi distópica. Quizá permanezcan inalterados los escenarios; los pasillos que recorrió, las calles por las que transitó o los edificios que conoció siguen, en muchos casos, formando parte de nuestro paisaje cotidiano. Sin embargo, el mundo espiritual e intelectual que dio forma a hombres como él parece haberse desvanecido.

Más allá de las controversias que puedan suscitar algunos aspectos de su vida o de su pensamiento (cuestión ajena al objeto de este artículo), lo que don Marcelino nos recuerda es la extraordinaria capacidad del ser humano para elevarse por encima de las limitaciones de su tiempo mediante el estudio, la disciplina y la búsqueda perseverante de la verdad. No es casual que él mismo declarase: «Sólo el celo de la verdad me mueve en mis investigaciones, que continuamente estoy rectificando porque no presumo de infalible». Difícilmente podría resumirse mejor el ideal del verdadero intelectual: el de quien no pone su inteligencia al servicio de las propias convicciones, sino sus convicciones al servicio de la verdad.

No deja de resultar sorprendente que figuras como el propio Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Gumersindo de Azcárate o Gregorio Marañón pertenezcan, en sentido estricto, a la misma humanidad que nosotros. Y, sin embargo, contemplados desde nuestro presente, parecen representar una estirpe de hombres de una talla intelectual y moral difícilmente igualable, cuya existencia constituye un permanente recordatorio de hasta dónde puede llegar el espíritu humano cuando hace del conocimiento una auténtica vocación.

Ejemplos como éstos nos permiten comprender que el adanismo del que adolecen buena parte de las sociedades española y occidental no hace sino acelerar la evaporación de las civilizaciones. La convicción de que todo comienza con nosotros, despreciando el legado recibido y rompiendo los vínculos con la tradición, termina por erosionar los fundamentos mismos sobre los que se sostiene una comunidad política.

Frente a ello, la mirada al pasado, ejercida con serenidad, rigor y fidelidad a la verdad, constituye la primera piedra de cualquier empresa de regeneración. Sólo desde el conocimiento honesto de nuestra historia será posible reconstruir una conciencia nacional sólida y devolver a nuestras instituciones el rigor, la honorabilidad y el sentido de servicio con los que fueron concebidas por hombres y mujeres cuya talla moral e intelectual difícilmente nos permitiría mantener la mirada.

En suma, y para responder a la pregunta inicial, recuperar a don Marcelino no consiste únicamente en rescatar una obra, una doctrina o un conjunto de ideas. Significa, sobre todo, recuperar la voluntad de reconocernos hijos de una tradición que ejerce un permanente mecenazgo sobre el presente, proporcionándonos los recursos intelectuales y morales con los que afrontar los desafíos de cada época. Una tradición que nos mantiene espiritualmente vivos y continúa alimentándonos cada vez que nos hallamos desorientados, orientando nuestro juicio sin privarnos nunca de nuestra libertad para aceptarla o ignorarla.

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