El otro día entré en el Mercadona de mi barrio y me olió a metro de París, cosa funesta. Hacía muchos años que no me atacaba, en España, una vaharada tan agresiva. En otros tiempos, sí. Cuando era jovencito y tomaba el autobús o cualquier otro transporte público, siempre me recibía la pestilencia propia de la época y de aquella sociedad tardofranquista, un mundo urbano que ya había aprendido lo de «Libertad sin ira» pero aún flaqueaba en el uso del champú, el gel de baño y el desodorante. Añádase a la tragedia que en esos años estaba permitido fumar en el bus, que las únicas prohibiciones impuestas por urbanidad eran bajarse en marcha y escupir en el suelo. Tales resultaban, en consecuencia, los aromas en la España alboreal en democracia, un par de años después de que el Caudillo pasase a mejor vida.
Ese mismo husmo —no tan intenso, seamos sinceros, pero igualmente desazonador—, me llegó en el supermercado del señor Roig la tarde del pasado sábado; una peste a la francesa en la que se mezclaban los tufos pinrélicos con efluvios de sobaquina y de bajos mal curados y peor tratados. Un desastre que me puso a cavilar: ¿adónde va nuestra civilización? ¿En serio vamos para atrás, volvemos al ahorro en jabón y al encanto animal de las fetideces naturales? Recuerdo al filósofo Agustín García Calvo, quien defendía la conveniencia de lavarse poco para no diluir nuestra personalidad y atractivo biológico en la uniformidad higienizada contemporánea. Para él, los olores corporales son reclamo y atractivo, un rito olfativo previo al apareamiento. Total, que siguiendo aquella doctrina, aplicándola en rigor, las personas que ambulaban en el súper, en el fondo, lo que hacían era exhibirse y buscar pareja. Claro que a mí, la verdad, no me pareció que la muchedumbre sabadiega anduviera de ligue sino más bien de compra urgente. Y desde luego: se habían lavado poco. O nada.
El olor es el signo de las civilizaciones. Un país que huele a estiércol pudiera ser próspero por su ganadería, pero si huele a sobaco, una de dos: o es pobre de solemnidad o está en camino. En la antigüedad, los aromas agradables tenían consideración de sagrados, como un obsequio de los dioses a la pituitaria humana, mientras que los malos olores se asociaban con la enfermedad, el caos y la perversión moral. Por eso en Roma se construyeron termas y alcantarillados como la cloaca Máxima, para alejar la pestilencia del centro urbano, algo que nunca se consiguió del todo porque Roma era un depositorio inmenso de malos olores provenientes de los letrinarios, las curtidurías y mataderos, tabernas, prostíbulos, hogares proletarios y, de vez en cuando, los cadáveres abandonados en la vía pública. Pero, en fin: se preocupaban por el asunto, parecían conscientes de que una sociedad que se respeta intenta oler bien y liberarse de hedores en la medida de lo posible.
¿Estaremos dejando de ser romanos? ¿Iremos de cabeza a una nueva edad media, cuando se consideraba que el agua caliente era fatal porque abría los poros y por la piel entraban las plagas y las enfermedades mortales? Hay quien cree, y a lo mejor no se equivoca, que la famosa «pobreza energética» —más aguda que nunca y por eso mismo desterrada de la conversación pública por la izquierda oportunista, sindicalera y chupona—, decía yo, decía que a lo mejor esa pobreza energética provoca el ahorro intensivo de agua caliente; y además los precios cada vez más desmesurados de los productos de higiene personal —los precios de todo, 4’3% sobre inflación acumulada hasta agosto de 2026—, apartan a los consumidores de aquellos géneros de aseo que favorecen ambientes públicos gratos, en todo caso neutros, por lo que el advenimiento del reinado del tufo resulta imparable, al menos mientras sigamos por estos derroteros.
Claro que el progresismo no va a quedarse cruzado de brazos ante el resurgimiento del efluvio colectivo. En tiempos enemigos de fobias sociales, el activismo ecológico-pedrista ya tarda en declarar la bondad del bálsamo chotuno y la maldad de la sobacofobia. Quedamos a la espera de colectivos que reivindiquen el olor a pies como expresión natural de las individualidades liberadas de la tiranía de la ducha; significarlo quizás como enfermedad dérmica cuyas víctimas tienen derecho a ir al cine sin que su fila se vacíe, y además denunciar por odio a quienes se quejen del pestazo.
A todo esto, el recibo de la luz ha subido en torno al 20% y la bombona de butano un 15’85%. Parece lógico pensar que en los hogares menos prósperos de España —o sea, en casi todos—, se esté racionando el uso del agua caliente, el número de duchas y baños en cada casa. Hace medio siglo, el baño semanal era un logro de la higiene privada y pública. Ahora, supone un retroceso mayúsculo. Sin embargo les prometo que el pestazo del sábado pasado, en el Mercadona de mi barrio, representaba con exactitud esa tendencia, con el agravante de que el famoso baño —semanal— estaba aún por efectuarse. Dije antes que me olió a metro de París… No rectifico pero afino la impresión: ni el metro de París es capaz de emanar semejante sensación de decrepitud, tan mayúsculo aroma a decadencia, a retroceso y a futuro.
Allá vamos. Tápense la nariz.