Respecto a OnlyFans y plataformas similares hay un carácter muy interesante de su negocio y muy poco tratado para el gran público que me apetece mostrar. Y no me refiero a su aspecto moral, que bastante tiene ya de cuestionable.
Pero primero debemos volver a tratar de la prostitución clásica y sus entresijos.
Aunque en España la prostitución queda en un limbo de alegalidad que puede ser combatido y a la vez presentar facturas a Hacienda, hay conductas dentro de ella que están tipificadas como delito. Y no me refiero a la trata de personas, la explotación sexual de tipo esclavista ni cuestiones similares. Quiero mentar la tipificación como delito en la legislación española de cualquier tipo de proxenetismo. Lógicamente, quien obtuviere dinero del trabajo sexual ajeno por medio de intimidación o violencia, entra en una categoría penal. Pero incluso cuando dicha condición fuese consentida sin mediar violencia, el proxeneta puede enfrentarse a una condena de 2 a 4 años de cárcel. Cualquier chulo que reciba un pago del 20 % de todo servicio por conceptos tan vagos como «la habitación», entra en una conducta perseguida y pensada. Nada que objetar. Aunque me gustaría saber en qué situación deberíamos entender una plataforma online en que hay trabajo sexual de terceros y los dueños obtienen una contraprestación económica fija sobre las ganancias de cada uno. Unos ofrecen habitación, otros una web. Y en ambos casos se puede presuponer una aceptación libre y voluntaria. ¿Deberíamos plantearnos qué hacer con una plataforma que recibe el 20 % de las ganancias de, por lo que parece, más de 4,6 millones de cuentas creadoras de pornografía? Quizás no sea proxenetismo, del mismo modo que por alguna clase de triple mortal, el trabajo sexual deja de ser prostitución cuando hay una cámara y se difunde al público.
Potencialmente es grave, porque podríamos estar hablando de los mayores proxenetas del planeta y la Historia, aunque se suele ignorar ese punto de vista sobre la cuestión. Casi tanto como el propio hecho de que en la actualidad solamente en OnlyFans haya 4,6 millones de cuentas creando contenido pornográfico tan ricamente.
Para ilustrar, en los años 90 y sin datos exactos ni demasiado fiables, la plantilla de actrices y actores en la industria pornográfica podía ser de entre 6.000 y 12.000 personas. Repitamos que en la actualidad solamente OnlyFans tiene 4,6 millones de cuentas creadoras de «contenido». Y otras plataformas similares pueden tener otros 2 millones. Lo que nos hace sobrepasar los 6,6 millones de cuentas ofreciendo material pornográfico. 6,6 millones de cuentas que no de personas. El número de personas involucradas en la generación de tal contenido puede ser bastante mayor y, en términos generales, bastante joven.
De hecho, por perfil promedio deberíamos hablar de una chica joven que encuentra en esa plataforma una forma «fácil» de remuneración.
Aunque las apariencias engañan. La supuesta atracción por mucho dinero, rápido y fácil acaba en una realidad muy diferente. Pues OnlyFans podría bien tratarse del eje central de la generalización de ese tipo de trabajo sexual y, también, de su precarización a niveles extremos. Si hacemos caso a los datos, si bien es cierto que el top más alto de las cuentas que ofrecen material pornográfico en dicha plataforma obtienen generosos beneficios, la inmensa mayoría de las cuentas acaban en una enorme masa de personas que han ofrecido al público su intimidad y trabajo sexual para obtener unos pocos cientos de euros o dólares en el mejor de los casos. Unos cientos de los que lógicamente la empresa obtiene su bocado y que dudo que compensen en modo alguno los potenciales peligros de entrar en dicho sector. Precisamente porque una motivación para entrar en esa plataforma es la creencia de poder obtener mucho dinero y rápido. Por desgracia, lo que se puede llegar a obtener es una limosna, sentirse utilizado y también rechazado. Y, en el peor de los casos, que dicho material se difunda, jamás pueda ser eliminado y prácticamente quede tatuado en la piel de la persona.
Entrando en cierta retórica marxista, por más voluntaria que dicha actividad pudiera ser, podemos estar hablando de una explotación de los sectores más humildes de la sociedad, que son los más susceptibles a sentir atracción por la llamada del dinero rápido y fácil. Aunque no lo sea. Llamada que es una trampa, pues las oportunidades son mucho más escasas de lo que se vende y los riesgos para la integridad psíquica, física y moral más que elevados. Pudiendo, además, entrar en el análisis de que dichas plataformas y su modelo de negocio, que cualquiera podría entenderlo como proxenetismo digital, obtienen su más que generosa plusvalía de la venta del cuerpo y la sexualidad de mujeres de clases humildes en el más reciente capítulo de explotación contemporánea.
Además, en un nivel más profundo, únicamente cuando se vacía por completode contenido el sexo, puede comenzar a tratarse como un producto o servicio tal como si hablásemos de hornear pan. E incluso el panadero puede sostener que “hace el pan con amor”. Comentario inaplicable al sector del que hablamos a menos que sea una muestra supina de cinismo. No se vende amor en modo alguno, ni responsabilidad afectiva o cualquier otra cosa, se vende el cuerpo y la sexualidad femenina como un producto desechable y barato al servicio de los deseos más primarios y, muchas veces abyectos, de cierto sector masculino. Todo ello con otro incentivo que no es más un equívoco de difícil comprensión racional pero que ha funcionado bien en ámbito de la agitprop contemporánea.
Y ese otro equívoco para entrar en dicha plataforma de pornografía precarizada y externalizada es el grotesco de que es empoderante. Y sobre ello podría debatir ampliamente, aunque mi postura —hasta cierto punto— se asemeja a la de Louise Perry en *The Case Against the Sexual Revolution*. Libro que aconsejo se provenga del ámbito ideológico que fuera.
Al final, la revolución sexual, muy principalmente a partir de la aparición de la píldora anticonceptiva, ha sido un camino confuso en que se partía del deseo o anhelo de que las mujeres pudieran ser «autónomas» en la decisión y el momento de ser o no madres. El original «nosotras parimos, nosotras decidimos». El problema es que ese camino abierto fue aprovechado para, una vez desligado el sexo de su rol reproductivo, poder convertirlo en un acto cada vez más carente de algún sentido mínimamente trascendente, hasta obtener una especie de acto de ocio sin implicaciones emocionales, personales ni sociales. En definitiva, un producto más. De hecho, algo en lo que estoy más que de acuerdo con la autora de tal libro es que el entender, por ejemplo, la promiscuidad, la carencia de sentido emocional en el sexo o entrar en ciertas industrias bajo la promesa de «empoderamiento» jamás ha supuesto tal cosa. Lo que se ha conseguido, irónicamente, es hacer del cuerpo femenino y la sexualidad femenina un producto más y más ampliamente disponible. Algo que para feministas como Dworkin es poco el colmo de la explotación del patriarcado sobre la mujer.
Con palabras más explícitas, creer que entrar en dichas dinámicas y redes como OnlyFans es empoderante en modo alguno es tanto como decir que se obtiene dignidad de exhibirse en un mostrador por el precio de una hamburguesa con patatas.
Es difícil comprender y mucho más complicado compartir que se pueda obtener empoderamiento alguno de tratar al propio cuerpo y la propia sexualidad como producto low cost en una plataforma que lo que ha hecho es sacar tajada de la generalización, externalización y precarización de la pornografía. Si algo produce, en cualquier caso, es una depreciación profunda de la mujer y la sexualidad. Cosa que dudo que fuera la intención del movimiento feminista. No así de ciertos sujetos e industrias poderosas que, lógicamente, vieron en la emancipación de la mujer y la revolución sexual una gran oportunidad de negocio y de satisfacer, precisamente, los más bajos y primarios deseos de ciertos sectores de la población.