No recuerdo haber pasado más frío que las noches del 30 y 31 de julio pasado, viendo los vídeos de Ceuta. No era un frío físico sino un frío interior que hiela la sangre, era el helor del miedo cuando te dicen que una frontera es «permeable» y ves a 80.0000 personas, o las que fueren, cruzándola a nado, en donde la playa se convirtió en escenario surrealista cruzado por almas desesperadas entre flotadores de colores, gigantescos neumáticos de camiones e incluso una bicicleta. Y es este el frío que siento, el frío que, cuando se esconde, se convierte en rabia.
Me acordé entonces de una señora italiana, Oriana Fallaci, quien a sus 71 años se había retirado a su piso de Nueva York y había presenciado directamente el atentado y derrumbe de las Torres Gemelas, tal y como lo describió tres días después del atentado, en un artículo que se publicó el 29 de septiembre de 2001 en el Corriere della Sera bajo el título: «Tengo rabia y orgullo». Poco tiempo después, debido al impacto social, Fallaci decidió ampliar su análisis de la experiencia en un libro con el mismo título «La rabia y el orgullo», teniendo una acogida importantísima, a tal punto, que se vendieron millones de ejemplares por toda Europa.
Fallaci, a los diez años de edad, hacía de mensajera para los partisanos en Florencia, cruzaba el río Arno a pie, con los puentes volados por los alemanes, para llevar munición, armas y octavillas a la resistencia, circunstancia por la que el ejército italiano, cuando tenía catorce años, le concedió una condecoración de guerra. Vio como a su padre lo metían en la prisión clandestina de Villa Triste, donde fue cruentamente torturado por los nazis; era atea, abortista, se peleó con todos los generales del planeta, se arrancó el chador delante de las narices de Jomeini y llamó asesinos a los americanos en Vietnam. Nunca profetizó sino que observó, y lo que observó en 2001 no venía en porcentajes sino en número de personas. Así, en el año 2000, en la Europa occidental que a ella le importaba, es decir, la UE más Noruega y Suiza, vivían unos 15,5 millones de musulmanes; hoy sabemos que, en 2026 hay unos 27 millones, casi el doble en 25 años. En España hemos pasado de 900.000 a casi 2.500.000. Esto no es opinión, es el padrón.
Fallaci escribió que Europa se rendiría sin disparar un tiro, tan solo debía de dejar de creer en sus fronteras. Fue entonces cuando acuñó el término Eurabia para denunciar lo que consideraba la mutación cultural y la sumisión política de un continente que abdicaba de sus propios valores. En su obra tardía «La fuerza de la razón», la autora da un salto y pasa de la mera crítica al islamismo radical a la acusación directa contra la propia indolencia europea
Por esto, hoy es desolador comprobar cómo en nuestra propia casa, en la frontera de España y de Europa, por Ceuta, han entrado decenas de miles de personas en 24 horas. No puede ser que sea exclusivamente una campaña de TikTok la que haya abierto la puerta de esa manera tan organizada. En la ciudad se han quedado entre 5000 y 10.000, quizás muchos más. En una ciudad de 83.000 habitantes se ha levantado, con lo que había a mano, una ciudad dentro de otra ciudad. Sin embargo, lo más grave es que Oriana Fallaci avisó de que nos pondríamos la mordaza antes de que nadie nos lo pidiera.
Y aquí viene lo que nadie quiere decir y que solo ella constató: que todas las culturas no son iguales y que convivir no es sumar, sino negociar cada día desde lo más básico: cómo se debe tratar a una mujer. De ahí el coraje legendario y la raza de periodista que tuvo cuando fue a entrevistar a Jomeini, al que desafíó directamente, preguntándole cómo nadaban las mujeres con un chador, a lo que respondió el imán: «si no le gusta la vestimenta, no está obligada a usarla, ya que el chador es para las mujeres jóvenes y respetables». Fallaci le contestó: «Es usted muy amable, imán. Y ya que lo dice me voy a quitar este estúpido trapo medieval ahora mismo». Acto seguido se quitó el velo de la cabeza y lo arrojó. Este gesto irritó tanto al ayatolá que se levantó y abandonó la entrevista; sin embargo, es muy anecdótico que tuviera que intervenir el hijo de Jomeini como mediador para finalizar la entrevista al día siguiente, con la condición y la promesa de que no hablaría del chador, promesa que, naturalmente, Oriana incumplió nada más encontrarse nuevamente con el mandatario religioso. Jomeini, curiosamente, reaccionó con una irrefrenable carcajada. Fallaci desmontaba así el relativismo cultural y la multiculturalidad —hace 25 años— desde su perspectiva feminista y laica.
Cuando Oriana tiró el chador delante de Jomeini, o cuando le dijo mentiroso a Kissinger, no estaba haciendo espectáculo, estaba haciendo lo que aprendió de su padre (declarado héroe de la resistencia): no doblegarse jamás ante los poderosos. Una convicción que a aplicó a su periodismo de entrevistas o como corresponsal de guerra.
En estos momentos de nuestra historia la profecía de Fallaci pareciera que se cumple. La frontera de Ceuta no cae por invasión, cae porque nosotros hemos decidido no defenderla, porque nos han hecho creer que esa defensa atenta contra los derechos humanos. Y cuando uno deja de creer en su puerta, el vecino la abre desde fuera. Podemos ponernos muy dignos en el congreso, pero un país que permite que en 24 horas entren 80.000 personas en una ciudad de 83.000, hay algo que no funciona; mientras nosotros discutimos si somos racistas o solidarios, el rey de Marruecos es un adversario que nos tiene tomada la medida desde siempre.