Parodia, «moñecos», pereza

Parodia, «moñecos», pereza. José Vicente Pascual

Hay frases que de tanto repetirse acaban por perder su significado y dejan de ser útiles para nadie, como aquella mal citada y atribuida a Marx: «Cuando la historia se empeña en repetirse, siempre lo hace como parodia». En nuestro caso —nuestras circunstancias históricas—, no tiene ya sentido tildar de paródico a tal o cual sesgo de la actualidad que la izquierda interprete como elemento de peso, trascendente en el desarrollo de sus políticas concretas, porque esa misma izquierda lleva repitiéndose a sí misma, instalada en su inútil parodia, desde hace muchas décadas. Todo es escenario, teatro, aspaviento. Son parodia y además funcionan a base de «moñecos», y dan mucha, muchísima pereza.

Quizás algún lector se pregunte qué leches es un «moñeco». El publicista Pedro Herrero, inventor del término, comunicador y youtuber entre otras actividades, lo define como «una distracción política o un debate artificial utilizado por el Gobierno para desviar la atención pública de los temas verdaderamente problemáticos o incómodos». El truco es más viejo que las puertas de madera, pero funciona casi siempre. Lo malo para quien inventa el «moñeco» de turno es que, por lo general, sólo funciona con los convencidos y los más acérrimos. O sea: que ya no funciona. Por muchos conflictos y supuestos escándalos y situaciones complicadas que inventen, por mucho que sobreactúen, ya no cuela; en consecuencia, regresan al territorio de la parodia y siguen dando pereza.

Históricamente la izquierda fue un movimiento de gente trabajadora que luchaba por sus intereses laborales —sindicatos— y mantenía un ideario estratégico desde los respectivos partidos de aquella órbita. La estructura no ha cambiado en lo formal, aunque el núcleo de la cuestión ha girado hacia quién sabe. Antes, el proletariado era la vanguardia de la lucha obrera; ahora los obreros tienden a votar a la derecha y la vanguardia izquierdista son los Javis y otros millonarios progres, las élites de Hollywood y el estudiantado woke de las universidades para chicos/as de buena familia. Antes la lucha de clases consistía en movilizarse por los intereses objetivos y estratégicos del pueblo trabajador; ahora la lucha de clases, aparte de no existir, se resume en la impostura de un moscorrofio con bigote, barba y tetas postizas que reivindica su derecho a que la llamen «mujer» y a usar el excusado de señoras en los lugares públicos.

Dirán que estoy haciendo una parodia de la izquierda actual. Cierto, me detengo en una parodia de la parodia porque, sinceramente, no dejan otra opción. Son torpes hasta para generar sus propios relatos y sus «moñecos» activos. Tenían una oportunidad estupenda con la invasión de Ceuta por el reino de Marruecos, ocasión espléndida para haber levantado un relato más o menos coherente sobre la solidaridad, la convivencia, el «racismo», etcétera. Pero de inicio quedaron sin reacción, pasmados, con el amado líder de vacaciones en Canarias, y después no han tenido mejor idea que echar las culpas a Vivas, un señor mayor que ha trabajado todo el tiempo por su ciudad y sus vecinos; naturalmente, el amago les ha salido como les ha salido: de pena. Después llegó Barbie Gaza para llamar racistas y fascistas a los vecinos de Ceuta, que es casi peor que no haber hecho nada. Alguien, en algún plató de televisión, dijo el otro día que esta chica «es agotadora»… No tanto como aburrida, de puro repetirse.

Para aburrida, para pereza de rango superior, Ana Belén recitando a Alberti ante las puertas del último «moñeco» de la izquierda. En serio, ¿no podían haber enviado a estantigua menos pastelosa? Y del «moñeco», qué decir… Francamente, me da apuro llamar «moñeco» a la señora Mª Carmen, por su edad provecta y porque es evidente que la pobre lo ha pasado fatal en los últimos tiempos. Llamaré por tanto al suceso «sesgo de telenovela», copiando el término al tuitero, muy activo en redes sociales, Anónimo García.

El sesgo de telenovela ha sido brutal. Por supuesto, nadie niega ni yo me atrevería a negar el problema morrocotudo de la vivienda en España, acrecentado en los últimos años por el subidón inverosímil de precios y alquileres. El estallido social era previsible y lo que me extraña es que no sea muchísimo más multitudinario y virulento. Pero no hablaba de esa realidad incuestionable, sino de la irrealidad en que vive esta izquierda de telenovela. ¿No había alguna familia humilde para solidarizarse con ella y montar el teatrillo, entre los 272.000 desahucios que ha habido en España desde que tenemos gobierno progresista? No es que la persona elegida carezca de méritos, pero resulta que responde al perfil de los moradores odiados por el perroflautismo.

Como dijo el otro: «Si la señora, funcionaria jubilada, inquilina de renta antigua, se hubiera marchado de vacaciones a Benidorm y le hubieran ocupado el piso, los mismos que hoy se desgañitan apoyándola estarían peleándose con la policía por defender a los okupas». Al respecto, cuando ya estaba organizado el despliegue sentimental en torno al calvario de la desahuciada, Martín Domingo Carrillo, en sus redes sociales, opinó con bastante mesura: «La humanidad no está por encima de la legalidad. Quien diga lo contrario está invitando al caos. Si cada caso sentimental anula una sentencia, si la emoción prevalece sobre el contrato, entonces no hay Estado de Derecho: hay un mercado de lágrimas donde gana el que mejor llora ante las cámaras. Las consecuencias serían terribles. Nadie invertiría, nadie alquilaría, nadie confiaría en que un papel firmado significa algo. Pero la izquierda prefiere el melodrama al Código Civil. Prefiere convertir a Maricarmen en símbolo antes que admitir que durante décadas la sra. Abascal (sí, se apellida así, qué le vamos a hacer) se benefició de un sistema que ya no podía sostenerse. La salida de la inquilina de la vivienda era la crónica de una sentencia anunciada hace 20 años, cuando dejó de cumplir la ley porque vivir barato en el Retiro le salía más a cuenta. No hay drama en cumplir una sentencia. El verdadero drama sería que dejáramos de cumplirlas».

Palabras sabias ante las cuales no se me ocurre más que añadir. Si acaso, repetirme un poco: son una penosa parodia de lo que fue la izquierda, eligen a sus «moñecos» con la misma fortuna que a sus ministras de sanidad; y sobre todo: dan muchísima pereza; casi tanta que a punto he estado de no escribir este artículo y dedicar sus mil y pico palabras a cualquier otro asunto que merezca más la pena. Pero una vez más me pudo el escenario, ese contexto inamovible sobre el que se desarrolla el todo social, los cimientos que ya nadie se atreve a sugerir que podrían transformarse —digo transformarse, no repetir fórmulas fracasadas que llevaron a la miseria y la esclavitud a media humanidad—; un artificio histórico y una falacia moral donde todo es representación y simulacro, todo engañifa a grito pelado; y donde terriblemente, en los posos del fangal que nadie quiere ver, todo es real y es verdad. Y silencio y complicidad.

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