En estos días se ha debatido algo en el Congreso de los Diputados que sonroja tener que debatir. Algo muy sencillo e intuitivo. Antropológico incluso. Prepolítico, desde luego.
Se debate si las viviendas sociales en España, levantadas y sufragadas con el dinero de los españoles, han de alojar preferentemente a los españoles sin casa o no.
Se debate si las ayudas a la maternidad o las plazas de guarderías, en España, sostenidas gracias al esfuerzo de los españoles, han de ser prioritariamente para las familias españolas que las necesitan o no.
Y se debate si los españoles deben seguir preteridos, olvidados y abandonados en su propia tierra o si, por el contrario, han de ir siempre primero.
El deber de los padres y el oikos
Les voy a revelar un secreto. Es un debate ficticio. Acartonado. Artificial. Fuera del mundo de la política, fuera del congreso de los diputados no hay debate, ni duda, ni división.
Nuestros compatriotas lo tienen claro porque no existe la madre que atiende antes a un desconocido que a su hijo. No existe el marido que procura antes el bien de un extraño que el de su esposa. Ni el chico que no desea que a sus amigos, a sus vecinos o a sus compañeros de trabajo les vaya lo mejor posible.
Ahí fuera no hay gente que relegue, destierre o arrincone a los suyos. Esto solo pasa en el Congreso. Fuera de él la gente organiza su vida y sus prioridades a partir de vínculos, lazos, afectos, amores, lealtades o responsabilidad con sus semejantes.
Ni quieren a todo el mundo por igual, ni piensan en todo el mundo por igual ni, cuando los recursos son limitados, los destinan a todo el mundo por igual. Nada de eso. Jerarquizan, priorizan. Ponen primero a los suyos, a sus seres queridos, a los de casa.
Si las personas actúan así a diario es porque saben cómo funciona la economía doméstica. Es más, es porque saben que economía viene de Oikos, que es hogar. Y que el deber de quienes guardan un hogar es gestionarlo virtuosamente y hacerse cargo del sostenimiento material de sus miembros. Es garantizar la continuidad del hogar. Su viabilidad.
Y ese hogar no es ni abstracto, ni universal, ni infinito, ni ilimitado. Es un bien concreto que atender y preservar. El hogar familiar. El hogar nacional.
Nadie entendería a un padre que marginara a sus hijos. No solo por resultar contranatura. Sino porque sería una sangrante elusión de sus deberes y obligaciones. Una forma de desligarse. De desentenderse de la suerte de los suyos. De abandonarlos. Por eso esas actitudes, cuando las hay, merecen toda crítica y reprobación.
Y siguiendo la misma lógica, nadie entiende al político esnob y endófobo al que aburren las cosas del comer de sus compatriotas pero le apasionan las causas más dispares de la otra punta del mundo.
Ese tipo cosmopolita que ignora la llamada de la tierra, que se despreocupa del porvenir de su comunidad inmediata, tal vez por una mezcla de pereza y pedantería, pero que gusta proclamar a los cuatro vientos su humanitarismo, su universalismo, su igualitarismo. Es el político hipermétrope: pretendidamente sensible hacia lo lejano y abstracto, pero duro e indiferente hacia lo cercano, lo concreto, lo conocido.
Pues bien, este político internacionalista, como aquel progenitor que fallaba a sus descendientes, produce tanta pena como indignación. Apena su distancia respecto a su pueblo. Indigna lo ajeno que es a sus tareas. Lo averiada que tiene su brújula moral.
La hora de España
Hay que ser claros: jugar a ser solidario con los de fuera cuando los españoles carecen de toda base material de existencia digna, es una forma terrible de ser insolidario con los nuestros. Es una dejación de funciones, una traición en toda regla. Porque la situación actual no es de normalidad. Ni de neutralidad. Es de avasallamiento. De abandono del nacional. De prioridad extranjera. Porque no es normal, ni neutral, ni natural que los españoles tengan que competir con un número potencialmente ilimitado de personas por un número estrictamente limitado de casas, trabajos, servicios, ayudas o recursos.
Esa pulsión contra lo propio, contra lo amado, contra lo real no solo es irresponsable o cruel, es también una extravagancia intelectual propia de esta era del desarraigo, algo que no habría podido pensar, imaginar y concebir el ser humano a lo largo de los siglos. Porque para llegar a tolerar o justificar la actual situación de desplazamiento del nacional en el empleo, en la vivienda o en las prestaciones sociales, uno ha tenido que considerar que no hay un «nosotros» distinto de un «los otros», que no tenemos vínculos, ni obligaciones, ni compromiso, ni responsabilidad, ni ataduras con nuestras familias, con nuestros amigos, con nuestros vecinos o con nuestros compatriotas. Que solo existe el derecho a desentenderse, pero no el deber de proteger.
Que las relaciones entre las personas son meros contratos o actos administrativos. Que detrás no hay amor, ni historia, ni cultura común. Que no hay nada que cuidar. Que las naciones o las comunidades son accidentes. Que solo somos números. Que uno, cuando se cansa de su pueblo, puede darle al botón de apagar y desconectarse.
Solo así, desde esa triste perspectiva en la que las personas no compartimos nada ni pertenecemos a nada, puede entenderse que se haya obligado al español a convivir con listas de espera interminables y urgencias saturadas. Que se le haya privado de la posibilidad de acceder a una vivienda después de favorecer la entrada de cinco millones de personas en poco más de cinco años, o que por idéntico motivo se haya llevado a los servicios públicos y sociales al colapso y la degradación.
Ni en España cabe todo el mundo, ni somos el hospital de todo el mundo, ni su residencia, ni tampoco somos un folio en blanco sobre el que esculpir una nueva identidad. Somos una comunidad nacional con unos rasgos distintivos y una doble misión: por un lado, garantizar nuestra continuidad histórica, por otro, cuidar, abrazar y elevar a aquellos de los nuestros a los que peor les va, para que puedan ser libres y mirar el futuro con esperanza.
Porque la justicia social, si no quiere ser un simple brindis al sol o una declaración pomposa, requiere de fronteras, de concreción.
Ténganlo claro: es un derecho histórico de los españoles que sus necesidades sean atendidas en primer lugar. Es también un deber histórico para sus representantes políticos, que han de dar, con sus actos, continuamente razón del porqué de su existencia y su legitimidad.
En esta tesitura, necesitamos políticos que claven su mirada en España y los españoles. Frente a los mitos, las utopías y las ensoñaciones cosmopolitas hay que reivindicar la política de las causas pequeñas, de las cosas concretas, de las viviendas, los pueblos, los barrios, los hospitales, las familias, los campos, las guarderías. Quizá para nuestros representantes públicos todo esto sea pequeño comparado con la inmensidad del mundo, pero les aseguro que no hay causa más grande que la de dotar al pueblo español de aliento comunitario, dignidad, justicia social y confianza en un destino compartido.