Se hace patente que muchos entre las clases más humildes vemos la seguridad, el bienestar y la estabilidad como parte del pasado. Todo aquello que hemos perdido. Vemos el bienestar real como un tímido destello del faro que se deja atrás. Y se cambia por la bruma de un progreso que nadie sabe definir más que por los lobbies a los que paga las facturas. Se mira a la patria como el enfermo a su salud, como un estado anterior del que ya no disfruta. Pero con una diferencia sustancial: el enfermo puede recuperar la salud. Sin embargo, cuando lo fundamental de una sociedad se pierde, además de ser difícil de recuperar per se, ofrece la enorme resistencia de ser una lucha en derredor. Es una lucha contra el concepto mismo del tiempo.
Que nuestra pretensión sea recuperar aquello que nos han arrebatado es legítimo, pero choca contra el propio punto de vista. Lo que se pretende es volver a un estado anterior, es querer vivir en un recuerdo, en una ensoñación idílica de lo que fue. Y ya no es. Y por no ser, tampoco es recuperable en modo alguno.
Los movimientos de derechas, aunque en grados distintos de conservadurismo, no pueden resolver algo que les es contrario, por lo menos en su forma actual. El conservador no recupera, no revive, no cambia: únicamente mantiene. En el peor de los casos, todos conocemos el rol que le han atribuido como gestor a una parte de la derecha más sistémica.
El llamado progresismo, por más destructivo que se muestre, tiene las de ganar porque es una fuerza con un proyecto y cuenta con la tácita aceptación social de que es la única fuerza con monopolio legítimo del cambio. Todos los demás son meros administradores temporales de lo que ellos producen. Y la más virulenta oposición proviene de movimientos más nostálgicos que con un proyecto claro de futuro.
Por eso sostengo que la derecha, por muy antisistema que se plantee, tiene el pecado original que la condena a la impotencia: vivir en el pasado.
No podemos recuperar aquellos tiempos, como tampoco podemos volver a nuestra juventud. Se trata de una imposibilidad elemental. Y por ello, un movimiento basado en la morriña está condenado al fracaso. Del mismo modo, el progresismo está lanzado al triunfo —por muy nefasto que sea— porque es el principal movimiento que se proyecta, que se adueña del presente y ejecuta planes para obtener un futuro determinado. Y todo ello, sí, con un rechazo y odio visceral hacia el pasado. Lo contrario a la derecha, que se enclaustra en su amor al pasado, quedando inmóvil y con miedo al futuro. Imposible ganar con tales cartas.
Mi observación: Sin olvidar el pasado que nos han arrebatado, y haciendo de tal agravio una fuerza motivacional, debemos construir un plan para cambiar la realidad hacia un futuro que, sin ser ese pasado ideal e idealizado, ofrezca sus bondades, pero no como algo rescatado de un baúl, sino como algo nuevo que rompa con ese ya consolidado y decrépito proyecto progresista que lleva muchas décadas haciendo trizas todo lo que toca.
Es comprensible que la invocación a un pasado que fue mejor y que han destruido con saña sea una buena mecha, pero no es la pieza principal de la artillería. Puedo reconocer, incluso, que la frase «Reconstruiremos todo lo que destruyáis…» tiene una buena dosis de épica necesaria para calar en las conciencias. Pero permanece el error de creer que se puede recuperar todo aquello que han demolido. Algo falso y, además, innecesario. España no puede volver, ni con toda la voluntad y mayoría parlamentaria y social del mundo, a finales de los 90 ni a cualquier otro momento.
Hay que avanzar; esa es la premisa fundamental. No hay que volver a momento alguno de nuestra cronología. Hay que romper el monopolio de algunas fuerzas sobre el concepto mismo de progreso. Hay que acabar con esa falsa impresión de que únicamente las fuerzas obsesionadas con lobbies y todo tipo de grupos de intereses particulares y egoístas son las únicas legitimadas para aplicar cualquier cambio, por más grotesco que sea.
Hay que hablar del progreso en su forma pura: tener un trabajo que permita vivir, formar una familia y tener un techo; la creación de una clase media que pueda ser trabajadora y propietaria, que pueda irse de vacaciones y que no esté pensando, con 35 años, con quién compartir piso. Un progreso en seguridad, para que cualquier vecindario sea un buen lugar para vivir sin tener que pasear mirando alrededor con temor.
Más aún, que los hasta hoy impunes sientan auténtico pavor de las consecuencias de sus desmanes en nombre de un progreso falaz. Conseguir que los trenes salgan y lleguen a su hora. Que la energía sea asequible y que no haya que hacer campañas patológicas para poner menos el aire acondicionado en verano. Es más, que más familias puedan tener aire acondicionado, horrible hábito fascista según los que abusan de él en privado y en público se desabrochan la camisa.
Hay que construir. Y a pesar de que se construya sobre ruinas y con la mirada muchas veces puesta en el pasado, lo que se debe plantear debe ser rupturista y captador de nuevas voluntades y proyectos.
Lo principal es conseguir evidenciar aquello que las fuerzas destructivas consiguen ocultar: que ellas son, precisamente, las más retrógradas y antisociales. La llamada prioridad nacional no debería ser un debate, sencillamente un fundamento del propio estado. Lo absurdo es tomar el nombre de un pueblo al que se le niega la ayuda de sus propios recursos. No podemos permitir que se hagan llamar progresistas aquellos que han hecho inmensos esfuerzos por hacernos retroceder y vivir muy por debajo de lo que merece nuestra gente.
El progreso debe ser terreno de combate, debe ser discutido, disputado y tomado. Se debe acabar con el monopolio que algunos creen tener sobre el propio concepto de progreso y que nos ha llevado al cuestionamiento absoluto incluso de nuestra existencia.