¿Qué es el pensamiento Woke? ¿Qué es el pensamiento Alicia?: dos patologías distintas de la modernidad

¿Qué es el pensamiento Woke? ¿Qué es el pensamiento Alicia?

Existe una tendencia cada vez más extendida a utilizar como sinónimos términos que describen fenómenos diferentes. Se habla indistintamente de progresismo, wokismo, buenismo, corrección política o pensamiento Alicia, como si todos ellos designaran exactamente la misma cosa. No es así.

Desde la perspectiva que venimos desarrollando en Posmodernia, conviene distinguirlos. El pensamiento woke es fundamentalmente un sistema ideológico; el pensamiento Alicia, tal y como lo conceptualizó Gustavo Bueno, es ante todo una forma de pensar la realidad política. Pueden encontrarse, alimentarse mutuamente e incluso resultar inseparables en determinados discursos contemporáneos, pero no son idénticos.

Comprender la diferencia resulta fundamental para interpretar el momento histórico que atravesamos.

¿Qué es el pensamiento woke?

La palabra woke procede del inglés y significa literalmente «despierto». Su utilización política nació vinculada a la necesidad de permanecer alerta frente a determinadas injusticias sociales, especialmente las relacionadas con la discriminación racial en los Estados Unidos. Sin embargo, con el tiempo el concepto amplió extraordinariamente su campo semántico hasta abarcar cuestiones relativas al sexo, el género, la identidad, la raza, la diversidad cultural, el lenguaje o las relaciones entre mayorías y minorías.

Pero limitar el wokismo a una simple preocupación por las minorías sería insuficiente.

Podemos definir el wokismo como una ideología identitaria y moralizante surgida de las transformaciones de la izquierda occidental después del debilitamiento y perdida de argumentos del marxismo clásico, que sustituye progresivamente la centralidad de la clase social por una pluralidad de identidades consideradas víctimas de estructuras de dominación.

El proletario deja de ser el sujeto privilegiado de emancipación. Su lugar lo ocupan múltiples categorías: identidades sexuales, raciales, culturales o de género. El conflicto económico característico del marxismo se transforma así, parcialmente, en un conflicto cultural.

Pero existe además otro elemento fundamental: el wokismo contempla la sociedad mediante una particular dialéctica entre opresores y oprimidos. Las relaciones sociales son interpretadas frecuentemente mediante estructuras de poder que atraviesan el lenguaje, la cultura, las instituciones, la familia, la sexualidad o la propia percepción de la identidad.

De ahí la extraordinaria importancia que concede al lenguaje. Cambiar las palabras no constituye para el wokismo una cuestión meramente estética. Modificar el lenguaje sería una forma de modificar las estructuras mediante las cuales interpretamos la realidad. Eso nos lleva a la barbaridades lingüísticas que percivimos hoy en día.

Por eso aparecen conceptos como lenguaje inclusivo, espacios seguros, micromachismos, privilegios, apropiación cultural, identidades no binarias, interseccionalidad o deconstrucción. El wokismo pretende transformar simultáneamente las instituciones y las categorías culturales desde las cuales los individuos interpretan el mundo.

El wokismo no es posmoderno.

Aquí aparece una distinción especialmente importante.

Habitualmente se califica al wokismo como «ideología posmoderna».

Si entendemos la Posmodernidad como el periodo histórico abierto tras el agotamiento del orden moderno y, especialmente, después de 1989, entonces las ideologías que aparecen durante la Posmodernidad no tienen necesariamente que ser posmodernas en sus fundamentos.

El wokismo puede entenderse precisamente como uno de los últimos desarrollos ideológicos de la Modernidad. Porque conserva uno de sus principios fundamentales: la pretensión de construir racional y moralmente un hombre nuevo y una sociedad nueva de manera universal. Detrás del discurso emancipador continúa latiendo la vieja promesa moderna: liberar al individuo de todas aquellas estructuras heredadas que condicionan su autonomía.

La tradición, la comunidad, determinadas concepciones de la familia, la diferencia sexual, las identidades históricas e incluso las naciones pueden aparecer entonces como estructuras sospechosas cuando limitan la autodeterminación individual.

En este sentido, el wokismo no supondría tanto la superación de la Modernidad como una de sus últimas radicalizaciones. Es Modernidad tardía dentro de la Posmodernidad histórica.

¿Qué es el pensamiento Alicia?

El concepto de pensamiento Alicia pertenece a una categoría completamente distinta. Gustavo Bueno utilizó esta expresión, desarrollada especialmente en Zapatero y el pensamiento Alicia, para describir una determinada forma de pensamiento político caracterizada por sustituir el análisis efectivo de la realidad por representaciones deseables de esa misma realidad.

La referencia, naturalmente, remite a Alicia en el País de las Maravillas. El pensamiento Alicia no parte fundamentalmente de preguntarse cómo funciona realmente el mundo, sino de imaginar cómo debería funcionar para ajustarse a nuestros deseos. Y posteriormente actúa como si ese mundo imaginado ya fuese real o pudiera convertirse en real mediante la mera voluntad moral.

Su estructura podría resumirse así:

Deseo → afirmación moral → transformación imaginaria de la realidad.

Frente a ello, el pensamiento político realista seguiría el camino contrario:

Realidad → análisis → posibilidades efectivas → decisión política.

La diferencia es decisiva.

La paz como ejemplo

Un ejemplo permite entenderlo perfectamente.

El pensamiento Alicia puede razonar:

«La guerra es mala; todos los seres humanos desean vivir en paz; por tanto, si educamos para la paz y renunciamos a la violencia, podremos construir un mundo sin guerras».

El problema no reside en considerar deseable la paz. Naturalmente que la paz puede ser preferible a la guerra. El problema aparece cuando la deseabilidad moral de la paz se convierte en una explicación del funcionamiento de las relaciones internacionales.

Los Estados no dejan de mantener conflictos porque los ciudadanos deseen la paz. Existen fronteras, recursos, intereses económicos, territorios, rutas comerciales, capacidades militares, alianzas y enfrentamientos entre Estados. Desde una perspectiva materialista, la paz no se obtiene simplemente deseándola. Paradójicamente, puede necesitar ejércitos, fronteras protegidas, capacidad de disuasión y equilibrio de fuerzas.

Precisamente aquello que el pensamiento Alicia puede considerar moralmente desagradable puede constituir una de las condiciones materiales para mantener la paz.

Inmigración y pensamiento Alicia

El mismo mecanismo puede aplicarse a la inmigración.

Una formulación aliciana afirmaría:

«Nadie es ilegal».

La frase posee una enorme fuerza moral y sentimental. Pero desde el punto de vista político no resuelve absolutamente nada. Las personas evidentemente no son «ilegales» en sentido ontológico. Pero sus actos pueden encontrarse dentro o fuera de la legalidad de un Estado. Un Estado implica necesariamente territorio, legislación, ciudadanía y fronteras. Si desaparece la capacidad efectiva de determinar quién puede entrar, permanecer o adquirir derechos políticos dentro de un territorio, comienza a erosionarse una de las características esenciales de la soberanía estatal.

El pensamiento Alicia transforma entonces una cuestión política (fronteras, soberanía, capacidad de integración, recursos disponibles o relaciones internacionales) en una cuestión exclusivamente moral.

Y al hacerlo deja de analizar una parte fundamental del problema.

Wokismo y pensamiento Alicia no son lo mismo

Aquí encontramos la diferencia fundamental.

El wokismo tiene contenidos ideológicos concretos. El pensamiento Alicia no necesita tenerlos. Un discurso woke puede ser aliciano, pero no todo pensamiento Alicia es woke.

Puede existir perfectamente un pensamiento Alicia de derechas. Un liberal que sostenga que el libre comercio terminará inevitablemente hermanando a todos los pueblos puede caer en pensamiento Alicia. Un conservador que crea que basta apelar a determinados valores para que desaparezcan los conflictos sociales también puede hacerlo. Un pacifista que considere que desarmarse unilateralmente conduce necesariamente a la paz puede pensar alicianamente. Y un socialista que imagine que eliminando determinadas estructuras económicas desaparecerán automáticamente los conflictos humanos puede incurrir en exactamente el mismo mecanismo.

El pensamiento Alicia no pertenece exclusivamente a una ideología.

Es una forma idealista de interpretar políticamente la realidad. El wokismo, en cambio, sí constituye un conjunto reconocible de categorías ideológicas.

Cuando el wokismo se vuelve aliciano

Sin embargo, ambos fenómenos encuentran numerosos puntos de contacto.

El wokismo se convierte en pensamiento Alicia cuando supone que transformar las categorías lingüísticas transforma automáticamente las realidades materiales. Cuando considera que modificar una palabra elimina el conflicto que esa palabra designa. Cuando supone que proclamar la igualdad elimina las diferencias reales.  Cuando confunde la condena moral de una situación con su solución política. Cuando interpreta los conflictos internacionales exclusivamente mediante categorías morales. O cuando pretende que sociedades históricas complejas pueden reorganizarse simplemente mediante programas de reeducación cultural.

En ese momento el wokismo deja de limitarse a defender determinados valores y comienza a construir su particular País de las Maravillas.

El error común: confundir moral y política

Aquí encontramos probablemente el punto de conexión más profundo.

Tanto determinados discursos woke como el pensamiento Alicia tienden a producir una moralización extrema de la política. Pero política y moral no son categorías equivalentes. Una decisión puede parecer moralmente hermosa y producir consecuencias políticas desastrosas. Y una decisión políticamente necesaria puede resultar desagradable desde determinados principios morales. Gobernar significa precisamente enfrentarse a esa contradicción.

Un Estado no existe para demostrar permanentemente su superioridad moral. Existe también para garantizar su continuidad histórica, proteger su territorio, asegurar las condiciones materiales de existencia de sus ciudadanos y defenderse frente a otros Estados. La política empieza precisamente allí donde las buenas intenciones dejan de ser suficientes.

Frente al idealismo político

Estamos obligados a desconfiar de las grandes abstracciones cuando se presentan desligadas de las condiciones materiales que permiten realizarlas.

«Humanidad», «Paz», «Libertad», «Igualdad», «Solidaridad» o «Diversidad» pueden convertirse en ideas aureolares cuando funcionan como palabras cargadas de prestigio moral pero se utilizan sin determinar sus contenidos efectivos y sus contradicciones. Porque no existe políticamente «la Humanidad» actuando como un sujeto único. Existen Estados, sociedades políticas, instituciones, ejércitos, empresas, familias, grupos, clases e individuos cuyos intereses pueden entrar en conflicto.

La política comienza reconociendo esos conflictos. El pensamiento Alicia pretende muchas veces disolverlos mediante palabras.

Dos patologías del final de una época

El wokismo es una ideología. El pensamiento Alicia es un mecanismo intelectual.

El primero proporciona categorías con las cuales interpretar la sociedad. El segundo transforma deseos en supuestas realidades políticas. El wokismo divide frecuentemente el mundo mediante categorías identitarias de opresión y emancipación. El pensamiento Alicia divide con frecuencia el mundo entre aquello que moralmente debería existir y aquello cuya existencia resulta incómoda reconocer. Pueden coincidir, pero conceptualmente son distintos. Y esta diferencia resulta particularmente importante para comprender nuestro tiempo. Porque ambos fenómenos aparecen en el contexto de agotamiento de las grandes construcciones ideológicas de la Modernidad.

Liberalismo, socialismo, comunismo, nacionalismo revolucionario y fascismos pretendieron, cada uno desde presupuestos diferentes y muchas veces incompatibles, construir sistemas capaces de explicar y organizar integralmente la sociedad.El siglo XX mostró los límites y contradicciones de aquellas promesas.

Después de 1989 pareció triunfar definitivamente otra gran promesa moderna: el globalismo. Un mundo progresivamente homogéneo, económicamente integrado, culturalmente convergente y gobernado mediante instituciones supranacionales. También esa promesa comienza a resquebrajarse.

Regresan las fronteras, las guerras, las potencias, los intereses nacionales, los aranceles, la demografía, la geopolítica y la lucha por los recursos. Es decir: regresa la realidad que nunca se había marchado.

Se trata de superar el marco intelectual de una Modernidad que, después de prometer durante siglos la emancipación definitiva del individuo y la construcción racional de una sociedad universal, contempla ahora cómo sus últimos metarrelatos se descomponen.

El wokismo puede interpretarse como uno de sus últimos productos. El pensamiento Alicia, como uno de los mecanismos mediante los cuales se intenta evitar reconocer ese agotamiento. Frente a ambos debemos recuperar la política entendida como confrontación con la realidad: historia, comunidad, soberanía, territorio, fronteras, demografía, economía, cultura, poder y conflicto.

No para renunciar a los ideales. Sino para comprender algo mucho más elemental: la realidad no tiene obligación alguna de parecerse a nuestros deseos. Y probablemente el primer paso para construir el mundo que vendrá después de la Modernidad sea abandonar definitivamente el País de las Maravillas.

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