- Hay pocas palabras tan utilizadas en nuestro tiempo y, al mismo tiempo, tan mal comprendidas como identidad. Hablamos de identidad personal, cultural, nacional, europea, sexual, religiosa o política. Se reivindican identidades, se inventan identidades, se niegan identidades y hasta se pretende que cada individuo pueda construir la suya a voluntad. Pero antes de discutir qué identidades deben protegerse convendría formular una pregunta mucho más elemental: ¿qué es realmente la identidad?
La primera equivocación consiste en entenderla como una fotografía. La identidad no es una imagen inmóvil de aquello que somos. Tampoco consiste en permanecer idénticos a nosotros mismos mientras todo cambia a nuestro alrededor.
Un pueblo puede transformar sus instituciones, modificar sus costumbres, incorporar palabras extranjeras, experimentar revoluciones políticas, atravesar guerras, recibir influencias exteriores y seguir reconociéndose como el mismo pueblo. Del mismo modo, un individuo cambia radicalmente entre la infancia y la vejez sin dejar por ello de reconocerse dentro de una continuidad biográfica.
Por eso, la identidad no es inmovilidad: es continuidad dentro del cambio.
La identidad no se elige desde cero
Uno de los grandes errores de nuestro tiempo consiste en imaginar al individuo como una criatura soberana que aparece en el mundo desprovista de cualquier pertenencia y que posteriormente escoge aquello que quiere ser. Sucede exactamente al contrario. Antes de elegir, ya somos.
Nacemos en una familia que no hemos elegido. Recibimos una lengua que no hemos inventado. Crecemos entre símbolos, relatos, paisajes, recuerdos, instituciones, costumbres y formas de entender el mundo que existían antes de nuestra llegada. Incluso las categorías mediante las cuales pensamos nuestra propia libertad nos han sido transmitidas. El individuo nunca comienza desde cero.
Esto no significa que estemos condenados a repetir mecánicamente aquello que hemos recibido. Toda herencia puede interpretarse, transformarse, enriquecerse e incluso rechazarse parcialmente. Pero hasta para rebelarnos contra nuestra herencia necesitamos partir de ella. Nadie puede emanciparse de aquello que previamente no posee.
La identidad es, por tanto, simultáneamente herencia y construcción. Recibimos algo y hacemos algo con ello.
Somos porque pertenecemos
La Modernidad llevó progresivamente al extremo una determinada concepción del hombre: el individuo autónomo, racional y autosuficiente, anterior a cualquier comunidad. Pero ese individuo abstracto no existe. Existen hombres concretos. Personas nacidas en lugares determinados, educadas en lenguas concretas, insertas en familias, generaciones, comunidades y naciones determinadas. No existe primero el individuo y después la comunidad, como si esta fuese simplemente una asociación voluntaria a la que pudiéramos adherirnos o renunciar del mismo modo que entramos o salimos de una empresa. La comunidad participa en la formación del individuo.
No solamente tenemos una identidad individual. Nuestra identidad individual contiene inevitablemente una dimensión colectiva.
Somos hijos de alguien, vecinos de algún lugar, miembros de una generación, hablantes de una lengua y herederos de una historia. El hombre es un ser relacional. Necesita al otro para descubrirse a sí mismo.
Para saber quién soy necesito saber quién no soy
Toda identidad presupone una diferencia. Esta afirmación provoca inmediatamente incomodidad porque nuestra época ha convertido la diferencia en sospechosa. Se pretende celebrar la diversidad mientras simultáneamente se eliminan las condiciones que permiten que existan verdaderas diferencias. Pero si todo fuese idéntico, ninguna identidad sería posible.
España existe porque no es Francia. Europa puede reconocerse históricamente porque no es China. Andalucía posee determinados rasgos precisamente porque no es Baviera. Una lengua existe porque puede distinguirse de otras lenguas. La diferencia no implica necesariamente hostilidad.
Reconocer al otro como diferente no significa considerarlo inferior.
Muy al contrario: solamente puede existir un verdadero reconocimiento del otro cuando aceptamos que el otro tiene derecho a seguir siendo otro. Una sociedad mundial completamente homogeneizada, formada por individuos intercambiables que consumen los mismos productos, escuchan la misma música, habitan las mismas ciudades, utilizan las mismas palabras y comparten idénticos referentes culturales no representaría el triunfo de la diversidad. Representaría su desaparición.
Identidad y diferencia
Aquí aparece una paradoja característica de nuestro tiempo. Nunca se ha hablado tanto de diversidad y nunca se había desarrollado una maquinaria económica, tecnológica y cultural tan poderosa para producir homogeneidad.
Las mismas franquicias ocupan las calles de Madrid, París, Roma o Berlín. Los mismos productos circulan por medio mundo. Las mismas plataformas construyen imaginarios colectivos. Las mismas modas culturales atraviesan las fronteras en cuestión de horas. El globalismo promete diversidad mientras tiende hacia la uniformidad.
Frente a ello, defender las identidades no significa encerrarse detrás de una muralla ni convertir el pasado en un museo. Significa defender el derecho de los pueblos a continuar siendo sujetos de su propia historia. Porque la verdadera diversidad humana no consiste en reunir individuos desarraigados procedentes de todas partes dentro de sociedades progresivamente idénticas. La verdadera diversidad consiste también en que existan pueblos diferentes, culturas diferentes, lenguas diferentes y maneras diferentes de habitar el mundo.
Existe, sin embargo, otro error situado en el extremo contrario: imaginar la identidad como pureza. Nunca han existido culturas completamente aisladas. Los pueblos comercian, combaten, emigran, conquistan, aprenden, imitan, mezclan y transforman aquello que reciben de otros pueblos. España constituye precisamente un magnífico ejemplo.
Roma, el cristianismo, los pueblos germánicos, la presencia islámica, la Reconquista, América, Europa y nuestra propia pluralidad regional han ido dejando sucesivas capas históricas. Eliminar cualquiera de ellas impediría comprender lo que somos. Pero reconocer influencias no significa afirmar que todas las combinaciones produzcan resultados indistinguibles.
Una cultura puede incorporar elementos exteriores precisamente porque posee una estructura suficientemente fuerte para asimilarlos, reinterpretarlos y convertirlos en algo propio. La cuestión fundamental no es, por tanto, si una cultura cambia. Todas cambian. La verdadera cuestión es quién dirige ese cambio y dentro de qué continuidad histórica se produce.
La memoria
Toda identidad necesita memoria. Un individuo que perdiese completamente su memoria tendría enormes dificultades para responder a la pregunta «¿quién soy?». Con los pueblos sucede algo semejante.
La memoria colectiva permite conectar generaciones que nunca llegaron a conocerse. Los muertos continúan formando parte de una comunidad porque aquello que hicieron condiciona aquello que nosotros podemos hacer. Por eso una nación no está constituida únicamente por quienes viven actualmente dentro de sus fronteras. También está formada por generaciones anteriores y por la responsabilidad hacia quienes todavía no han nacido. La comunidad adquiere así una dimensión temporal.
Recibimos una herencia que no nos pertenece completamente porque tenemos la obligación de transmitirla. No necesariamente intacta. Pero sí reconocible.
Identidad frente a identidad subjetiva
La Posmodernidad ha asistido además a una transformación decisiva del concepto de identidad. Paradójicamente, mientras se debilitan las grandes identidades históricas —familiares, culturales, nacionales o religiosas— proliferan identidades individuales cada vez más subjetivas.
La identidad deja entonces de responder a la pregunta:
«¿De dónde vengo y a qué pertenezco?»
para responder exclusivamente a otra:
«¿Cómo deseo definirme?»
La diferencia es enorme. En el primer caso, la identidad surge de una relación entre individuo, comunidad, historia y reconocimiento social. En el segundo, amenaza con convertirse en una declaración unilateral del sujeto. Pero una identidad completamente privada resulta contradictoria. Si nadie puede reconocerla fuera de mí, deja de ser propiamente una identidad social para convertirse simplemente en una autopercepción. La identidad necesita reconocimiento porque somos seres que viven entre otros.
El arraigo
Existe además una dimensión física frecuentemente olvidada. El hombre no habita únicamente ideas. Habita lugares.
Una plaza, una iglesia, un cementerio, una montaña, un río, una calle o una determinada arquitectura pueden formar parte de nuestra identidad porque contienen memoria. El territorio convertido en paisaje deja de ser simplemente geografía. Se transforma en patria. En un proyecto sugestivo de vida en común, en una unidad histórica con proyección universal.
Por eso el desarraigo contemporáneo no consiste exclusivamente en abandonar físicamente el lugar donde uno nació. También puede producirse permaneciendo exactamente en el mismo sitio mientras todo aquello que permitía reconocerlo desaparece. Puede llegar un momento en que alguien siga viviendo en su ciudad y, sin embargo, experimente la sensación de encontrarse en cualquier lugar. Ese sentimiento constituye una de las experiencias características de nuestro tiempo.
Defender la identidad no significa rechazar al extranjero. Tampoco significa congelar las sociedades ni construir comunidades cerradas. Una identidad segura puede relacionarse con otras precisamente porque sabe quién es.
El problema aparece cuando una sociedad considera que afirmar su propia identidad constituye una forma de agresión. Entonces deja progresivamente de transmitirla. Y aquello que una generación decide no transmitir difícilmente podrá ser recuperado por la siguiente. La apertura solamente resulta fecunda cuando existe algo que abrir. De otro modo no tenemos apertura. Tenemos disolución.
El derecho a seguir siendo nosotros
La gran batalla intelectual de las próximas décadas probablemente no se librará exclusivamente alrededor de conceptos económicos tradicionales como izquierda y derecha, capitalismo y socialismo, mercado y Estado. Se librará también alrededor de una pregunta mucho más profunda:
¿Quiénes somos?
Frente al individuo desarraigado, intercambiable y convertido fundamentalmente en consumidor, debemos recuperar al hombre situado: miembro de comunidades concretas, heredero de una historia y responsable de transmitirla.
Frente a la homogeneización debemos reivindicar la diferencia.
Frente al igualitarismo debemos recordar que la igualdad jurídica de los hombres no exige convertirlos en seres idénticos. La igualdad ante la ley y la igualdad de derechos y obligaciones son perfectamente compatibles con el reconocimiento de las diferencias, del mérito, de la excelencia y de la diversidad humana.
Y frente a quienes pretenden convertir la identidad en una elección puramente subjetiva debemos recuperar su dimensión histórica, comunitaria y relacional.
La identidad no consiste en permanecer inmóviles. Tampoco consiste en inventarnos cada mañana. Identidad es recibir, interpretar y transmitir.
Es memoria y proyecto. Es pertenencia y diferencia. Es continuidad y transformación. Es saber de dónde venimos para poder decidir hacia dónde queremos ir. Porque solamente quien sabe quién es puede relacionarse verdaderamente con quien es diferente. Y solamente una sociedad consciente de su identidad puede cambiar sin desaparecer.
En el fondo, defender la identidad significa defender algo extraordinariamente sencillo: el derecho de los hombres y de los pueblos a continuar siendo ellos mismos.