Cuando hablamos de Modernidad, no estamos utilizando simplemente una categoría cronológica. No llamamos moderno a aquello que es reciente ni identificamos la Modernidad con una determinada estética, una innovación tecnológica o una etapa concreta de la industrialización.
La Modernidad es, ante todo, una determinada concepción del hombre, de la sociedad y del mundo. Y comprenderla resulta imprescindible porque buena parte de las categorías políticas con las que seguimos interpretando nuestro presente nacieron precisamente de ella.
La Modernidad puede definirse como el gran proceso histórico mediante el cual las sociedades europeas fueron sustituyendo progresivamente un orden político, moral y comunitario fundamentado en realidades anteriores y superiores al individuo por otro construido alrededor de un sujeto abstracto, autónomo y universal.
No ocurrió de un día para otro. Sus antecedentes pueden buscarse mucho antes, pero su formulación intelectual alcanza una de sus expresiones decisivas durante la Ilustración y, particularmente, con Immanuel Kant.
De un mundo recibido a un mundo construido
El mundo premoderno partía de una evidencia fundamental: el hombre nacía dentro de realidades que no había elegido.
Nacía en una familia, una comunidad, una religión, una tradición, una patria y un territorio. Su identidad no comenzaba exclusivamente en su voluntad individual, sino en su pertenencia a una comunidad histórica concreta.
Esto no significa idealizar las sociedades anteriores a la Modernidad. Significa comprender que su principio ordenador era distinto.
La política no podía reducirse simplemente a garantizar derechos individuales. Existía también una noción de bien común que trascendía los intereses particulares de quienes componían la comunidad.
La Modernidad alterará progresivamente esta relación.
El individuo dejará de concebirse principalmente como miembro de una comunidad para convertirse en el punto de partida teórico desde el cual debe construirse la comunidad.
La diferencia parece pequeña, pero sus consecuencias son enormes.
Ya no será fundamentalmente la comunidad la que otorgue un marco de sentido al individuo. Será el individuo quien, mediante su voluntad, consentimiento o razón, legitime la comunidad.
Aquí encontramos uno de los grandes giros de la Modernidad.
Kant y el sujeto moderno
Kant no inventó por sí solo la Modernidad. Antes de él encontramos elementos decisivos en Descartes, Hobbes, Locke, Rousseau y numerosos autores de la Ilustración. Pero Kant representa uno de sus momentos filosóficos fundamentales porque coloca en el centro al sujeto racional autónomo.
El hombre moderno aspira a emanciparse de toda tutela externa y encontrar en su propia razón el fundamento de la moralidad. La razón pretende descubrir principios universalmente válidos independientemente de las tradiciones, religiones, costumbres o particularidades históricas de cada pueblo. Aparece así uno de los conceptos fundamentales de la Modernidad: la universalidad abstracta.
Frente al hombre concreto —español, francés, alemán; hijo de una determinada tradición; miembro de una comunidad histórica— aparece conceptualmente el Hombre con mayúsculas: un sujeto racional universal cuyos derechos y principios deberían poder formularse con independencia de cualquier pertenencia concreta.
Ese hombre abstracto será posteriormente uno de los protagonistas fundamentales de las grandes ideologías modernas.
Los grandes metarrelatos de la Modernidad
La Modernidad no produjo una única ideología. Produjo varias. Y algunas terminaron enfrentándose violentamente entre ellas.
Liberalismo, socialismo, comunismo, nacionalismos revolucionarios, fascismos y otras grandes construcciones ideológicas de los siglos XIX y XX presentan diferencias enormes y en muchos casos incompatibles.
Pero existe entre ellas un cierto parentesco histórico: comparten la convicción típicamente moderna de que el mundo puede ser reconstruido conforme a una determinada idea racional de cómo debería ser. La historia deja entonces de ser únicamente aquello que sucede para adquirir una dirección.
El liberalismo imaginará el progreso mediante la emancipación del individuo y la extensión del mercado. El marxismo interpretará la historia como lucha de clases destinada a desembocar en una sociedad sin clases. Otros proyectos modernos intentarán construir hombres nuevos, sociedades nuevas, Estados nuevos o incluso civilizaciones nuevas.
Todos ellos, aunque profundamente diferentes, participan en mayor o menor medida de una característica fundamental de la Modernidad: la política convertida en proyecto de transformación integral del mundo.
La Modernidad es, por eso, la época de los grandes metarrelatos. Cada uno promete explicar el pasado, interpretar el presente y anunciar el futuro.
Progreso: la gran fe moderna
Por debajo de muchas de estas ideologías encontramos además una creencia especialmente poderosa: el progreso.
La Modernidad transforma el progreso técnico —que es perfectamente observable— en una filosofía general de la historia. Si nuestras máquinas son mejores que las de nuestros abuelos, se comienza a asumir que nuestras sociedades necesariamente también lo son. Lo nuevo adquiere una presunción de superioridad sobre lo antiguo. La tradición pasa entonces de ser considerada un depósito de experiencia histórica a convertirse frecuentemente en una sospecha: algo que debe justificar su existencia ante el tribunal del presente.
Esta mentalidad produce una extraordinaria capacidad transformadora.
La Modernidad construyó Estados, industrias, sistemas educativos, infraestructuras, instituciones científicas y tecnologías capaces de modificar radicalmente las condiciones materiales de la existencia. Negarlo sería absurdo. Pero al mismo tiempo fue erosionando algunos de los vínculos comunitarios que habían estructurado históricamente las sociedades europeas.
El individuo se hizo progresivamente más autónomo. Y también, paradójicamente, más solo.
Del ciudadano al individuo
Una de las contradicciones finales de la Modernidad aparece precisamente aquí. La emancipación del individuo respecto de las comunidades tradicionales no produjo necesariamente individuos soberanos.
En muchas ocasiones produjo individuos cada vez más dependientes de estructuras gigantescas: el Estado burocrático, el mercado global, las grandes corporaciones, los sistemas financieros y, finalmente, las plataformas tecnológicas. El hombre moderno creyó liberarse de sus antiguas pertenencias. Pero aquellas pertenencias —familia, municipio, tradición, comunidad, nación— eran también estructuras intermedias capaces de protegerlo frente a poderes mucho mayores.
Cuando desaparecen, el individuo queda directamente enfrentado al Estado y al mercado. La paradoja es evidente:
el individuo absolutamente emancipado puede terminar siendo el individuo absolutamente administrado.
1989: la última victoria de la Modernidad
La caída del Muro de Berlín en 1989 fue interpretada inicialmente como la victoria definitiva de uno de los grandes proyectos modernos: la democracia liberal.
El comunismo soviético había sido derrotado y parecía que el liberalismo occidental podía convertirse finalmente en el modelo universal de organización humana.
Durante las décadas siguientes apareció entonces el que probablemente haya sido el último gran metarrelato de la Modernidad: el globalismo.
Conviene diferenciar globalización y globalismo.
La globalización describe un proceso material de intensificación de intercambios económicos, tecnológicos, culturales y comunicativos entre diferentes lugares del planeta.
El globalismo es otra cosa. Es la conversión política e ideológica de ese proceso en la aspiración hacia un mundo progresivamente homogéneo, organizado mediante mercados globales, instituciones supranacionales y principios pretendidamente universales, donde las fronteras, soberanías y particularidades nacionales fueran perdiendo importancia.
Durante algún tiempo pareció que aquel proyecto representaba inevitablemente el futuro.
Ya no.
El agotamiento de la Modernidad
China, Rusia, Estados Unidos, India y numerosas potencias emergentes han vuelto a situar en primer plano conceptos que parecían condenados a desaparecer: soberanía, fronteras, potencia industrial, territorio, recursos estratégicos, demografía, ejército e interés nacional.
La Historia, cuya desaparición algunos llegaron a anunciar, ha regresado con enorme fuerza. O quizá nunca se había marchado.
Lo que se está agotando no es simplemente el globalismo. Lo que empieza a mostrar síntomas de agotamiento es la propia cosmovisión moderna que hizo posible aquel globalismo.
Porque también están entrando en crisis sus categorías fundamentales: el individuo abstracto, el progreso inevitable, el universalismo político y la pretensión de construir sociedades desligadas de sus comunidades históricas.
Entonces, ¿qué es la Modernidad?
La Modernidad es el ciclo histórico y filosófico nacido de la progresiva emancipación del individuo respecto de las comunidades, tradiciones y órdenes heredados, que convierte al sujeto racional autónomo en fundamento de legitimidad y deposita en la razón, el progreso y los grandes proyectos ideológicos universales la capacidad de reconstruir la sociedad y orientar la Historia.
Esta definición permite comprender algo fundamental. La Modernidad no debe confundirse exclusivamente con el liberalismo. Tampoco con la izquierda. Ni con el capitalismo. Todos ellos son fenómenos que se desarrollan dentro de una matriz histórica mucho más amplia.
Por eso combatir una determinada ideología moderna mientras se conservan intactos los principios filosóficos de la Modernidad puede significar simplemente sustituir una de sus manifestaciones por otra.