Reseña de “blasfemar en el templo II- figuras malditas”

Reseña de “blasfemar en el templo II- figuras malditas”

Título: “Blasfemar en el templo (II) Figuras Malditas”

Autor: Adriano Erriguel

Editorial: Ediciones Monóculo, 2026. 476 páginas


El libro “Blasfemar en el templo (II) Figuras Malditas” de nuestro colaborador Adriano Erriguel – publicado por ediciones Monóculo – acaba de aparecer en algunas librerías. Y lo ha hecho de forma sigilosa, sin anuncios ni publicidades, casi como si se tratara de una edición clandestina…

Al igual que en su libro precedente (“Blasfemar en el Templo (I) Debates Irreverentes”) el autor ha actualizado, ampliado y reescrito una serie de textos publicados en Posmodernia y otras páginas web, que ahora se presentan junto a otro material inédito.

Adriano Erriguel toma partido por la parte maldita, y lo hace a través de una serie de figuras cuyos registros no pueden ser más dispares: desde la alta literatura hasta el comic, desde el cine “de autor” hasta el western más popular, desde la filosofía de la historia hasta los recovecos de la política más extremista y underground. ¿Qué tienen en común D´Annunzio y Corto Maltés, Sam Peckimpah y Limonov, Harry Flashman y Dostoyevski? ¿Contra qué quería prepararnos Oswald Spengler? ¿Y Guillaume Faye? ¿Y Pasolini? ¿Qué quería decirnos Juan Eduardo Cirlot en su poesía?

Poco hay a priori de común entre estas figuras, salvo la contumacia en ideas y actitudes vitales que hoy se califican como “nauseabundas” y que sólo pueden merecer la más enérgica condena de las almas bellas, inclusivas, resilientes y sostenibles.

El maldito no se hace, sino que nace.

El maldito lo es por naturaleza y no puede escapar a su suerte, aunque a veces le gustaría. El maldito no es el artista “transgresor” de rentabilidades sabiamente calculadas; no es el “enfant terrible” pendiente de complacer a su público; no es el freak de televisión ni el energúmeno de twitter ni el gurú de youtube. El auténtico maldito no busca monetizar su condición sino ser fiel a su naturaleza.

El maldito es la antítesis del “intelectual comprometido” al gusto de los popes mediáticos y de los políticos de turno. Nada más ajeno al maldito que ese tipo de escritor inspirado por un “insobornable compromiso ético con la sociedad” y blablablá. El escritor como traficante de clichés y oráculo sentencioso de causas progresistas: ¿cabe mayor antítesis para la figura de un maldito?

El maldito es un rebelde contra el Imperio del Bien.

Que nadie espere encontrar a un maldito en las listas para el premio Nobel, ni en las de cualquiera de esos galardones institucionales que tienen, no obstante, la impagable virtud de indicarnos a quién no leer. El tiempo es un juez implacable y todo lo que no es genuino se disuelve en el olvido, sus luces y oropeles se apagan inexorablemente. Por eso, mal que les pese a muchos, las hogueras que encienden los malditos vivirán siempre, tal vez diminutas, tal vez recónditas, pero siempre desafiantes y orgullosas, como en una danza de la muerte medieval que no cesará nunca.

Los personajes de este nuevo volumen de Erriguel son los mensajeros de un mundo diferente, de un mundo radicalmente opuesto al de esos “valores” que hoy se celebran como las formas definitivas del Bien puro, y que, con su moralina untuosa y sus coreografías arco iris, vehiculan una realidad deprimente y grotesca.

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