Título: “La huella hispánica en los Estados Unidos de América”
Autor: Atilana Guerreo Sánchez
Editorial: Sekotia, Editorial Almuzara, Córdoba, 2026. 216 páginas
Nos proponemos con esta crónica no sólo reseñar el acertado y pertinente libro de la profesora de filosofía Atilana Guerreo Sánchez, que lleva por título La huella hispánica en los Estados Unidos de América (Sekotia, Editorial Almuzara, Córdoba, 2026), sino resaltar algunos hitos importantes, y aunque solo sea de pasada, que tienen que ver de forma esencial con el tema que ella aborda en su obra. De ahí que haya añadido el que esto escribe la referencia al mosquete español modelo 1757, como realidad y símbolo de la ayuda de la monarquía de Carlos III a la independencia de las trece colonias rebeldes, pertenecientes al imperio británico y en pugna con el mismo. Sin esas armas y muchos otros pertrechos sufragados por España, no hubiesen surgido los Estados Unidos de América.
Libros con títulos y temáticas parecidas al de Atilana hay ya unos cuantos que vienen de forma oportuna a dar eso que se llama “la batalla cultural”, como forma de recordar sin vergüenza las hazañas de España en su historia bélica respecto a su presencia en Norteamérica y sobre todo como forma de combatir la Leyenda Negra, según la cual y en su versión más retorcida y antipatriótica, la Historia Universal nada le debe al Imperio Español (pongamos entre 1492 y 1812). Muchos de esos estudios los menciona la autora en la bibliografía, como son las obras de Marcelo Gullo, Roca Barea, Carrie Gibson, Thomas E. Chávez, David J. Weber, etc. Por mi parte le quedo muy agradecido por citar mis obras sobre el Western como género cinematográfico, que ha vehiculado como mitología del siglo XX y de lo que va del XXI, gran parte de la ideología que conforma la compleja y plural sociedad estadounidense. Mitos muchas veces oscurantistas, que presentan la negra historia de los EE. UU. como una leyenda casi rosa.
Además del trabajo pionero de Charles F. Lummis, Exploradores españoles del siglo XVI. Vindicación de la acción colonizadora española en América, hay que citar y por mencionar a autores que escriben en español, a monseñor David Arias (Las raíces hispanas de los Estados Unidos), Borja Cardelús (La huella de España y de la cultura hispánica en los Estados Unidos), José Antonio Crespo-Francés (Españoles olvidados de Norteamérica), Miguel del Rey y Carlos Canales (Bernando de Gálvez. De la Apachería a la épica intervención en la independencia de los Estados Unidos), Eva García –editora y coordinadora — (George Washington y España. El legado del Ejército español en los Estados Unidos de América –edición bilingüe en español e inglés–), Marcelo Gullo (Lo que América le debe a España), F. Martínez Laínez y Carlos Canales (Banderas lejanas. La exploración, conquista y defensa por España del territorio de los actuales Estados Unidos), Pablo Victoria (España contraataca. De la deuda de Estados Unidos con Bernardo de Gálvez), Mariano Alonso Baquer (con su tesis doctoral, Españoles, apaches y comanches), etc. Hay que subrayar que bastantes de estas obras están publicadas, como la mía, El violento Far-West y sus armas. Historia negra, leyenda rosa, en la Editorial EDAF.
¿Qué es pues lo que esencialmente aporta Atilana con su libro? Digámoslo de forma breve pero correcta: la mirada filosófica. Ya que es la sistemática del Materialismo Filosófico, que también está presente en las obras de Iván Vélez, Pedro Insua, Pozo Fajarnés y en las mías (dicho sea con modestia), lo que le da un interés y una profundidad teórica al libro de la que otros autores carecen. Y ello aunque la historia fenoménica, la que exhuma, compara y analiza reliquias y relatos, sea imprescindible como conjunto de conocimientos de primer grado para después elaborar ese saber de segundo grado, el de las Ideas, que es la filosofía. Como ésta no se conjuga en singular, pues hay muchas filosofías, el trabajo de Atilana se atiene a la Filosofía de la Historia y a la Filosofía Política desarrollada como sistema por el filósofo Gustavo Bueno (1924-2016). Y no es mérito menor el de Atilana, ya como filósofa, el de dar un formato sustancial, doctrinal, a un conjunto de hechos que de otra forma serían interesantes pero dispares.
La tesis principal y que ya se anuncia en el prefacio es la siguiente: dado el hecho del imperio español, “se puede decir que Estados Unidos heredó una parte formal de dicho Imperio que aún perdura en sus instituciones. Esa parte de la comunidad hispánica vive en su seno y tiene cada vez más presencia en la vida del país” (p. 11). La idea nuclear aquí es la de “parte formal”, pues en los actuales Estados Unidos de Norteamérica es dicha “parte” una realidad viva nada despreciable de su sociedad plural, pues pervive la herencia lingüística, cultural (cultura material extrasomática) e institucional de lo español. Ya el gran poeta de raíces anglosajonas Walt Whitman reconoció sin ambages el carácter hispano de su nación. Y lo hispánico en toda su amplitud es una parte formal y no una parte material, porque se da a una escala sin la cual el conjunto de todos los Estados Unidos no serían lo que son y no podrían comprenderse en su complejo quehacer vital. Y nos referimos principalmente a estados con Texas, Nuevo México, Arizona, California y Colorado, pero también a las grandes ciudades, como Nueva York, San Francisco o Los Ángeles, donde muchos hispanos viven y trabajan de forma legal.
Nos recuerda la autora, rememorando a Ernesto Ladrón de Guevara, que la toponimia es el mejor testimonio vivo de la trayectoria de un lugar. En este caso nos referimos a los pueblos y ciudades que tienen nombres de ascendencia española en la nación estadounidense. Es ésta una realidad que forma parte de la capa basal de dicho país, como los trabajadores de origen hispano forman una parte no exigua de la capa conjuntiva, y políticos y militares, hispanoamericanos de nación biológica o de segunda generación, son ciudadanos estadounidenses de pleno derecho (nación política) operando desde la capa cortical.
También destaca Atilana que la diferencia entre el imperialismo inglés y el español radicaba en lo siguiente: «mientras que Inglaterra mandaba a América lo que no quería para su metrópoli, siendo las colonias refugio de los perseguidos por la ley, en España se cuidaba especialmente la educación religiosa de quienes querían dedicarse a la empresa americana, precisamente para mantenerla libre de las herejías que asolaban Europa» (p. 27).
Al distinguir la autora, siguiendo a Gustavo Bueno, entre Nación e Imperio y las varias definiciones positivas de las mismas como conceptos categoriales (p. e. de la Historia como ciencia), centra el tema de tal forma que puede avanzar sobre esas nociones, pero ya como ideas que precisan de una sistematicidad. Además, y al igual que nosotros, parte de la concepción de la Frontera del historiador clásico Frederick Jackson Turner. La frontera en la constitución y desarrollo de lo que serán los Estados Unidos es algo vivo, dinámico y en constante expansión y transformación, pues tiene su núcleo, curso evolutivo y cuerpo que permea y conforma las tres capas de la sociedad política: basal, conjuntiva y cortical. De esta suerte se afirma que, «llamaremos «género radical» de la nación a las Trece Colonias, las cuales se formaron en su origen desde núcleos distintos que se pueden reconocer como tres modelos coloniales: Chesapeake, Nueva Inglaterra y las colonias medias y del Sur».
Pero la sistematicidad filosófica precisa aún más el asunto, pues al distinguir entre unidad e identidad de un Imperio y entre imperio depredador (colonialismo) e imperio generador, es la propia idea de Historia Universal la que se transforma. La historia universal no es lineal, sino dialéctica. Pero el caso es que el imperio inglés y luego el estadounidense fueron incapaces de asimilar o integrar a la población indígena, renunciando al mestizaje y llegando al exterminio de dicha población. Frente a esto, en un imperio generador como el español las naciones étnicas indígenas pasan por un ciclo de integración, a saber: nación periférica, nación integrada y nación histórica. Los anglosajones bastante tuvieron con intentar sobrevivir en aquellas tierras inhóspitas, en las que siguiendo a pies juntillas al Antiguo Testamento los indios eran vistos como los cananeos; «la raza abyecta que amenazaba con contagiar en su propia degeneración al pueblo elegido de Dios» (p.53).
Es de destacar que una de las estrategias de la autora es la dejar hablar a la propia historiografía hispanista, por boca de autores estadounidenses que reivindican la herencia hispánica en la conformación de los Estados Unidos. Así transitan por las páginas de su libro las citas de Charles F. Lummis, Herbert E. Bolton, Walter Prescott Webb, John Francis Bannon, David J. Weber, etc., y también, por supuesto, las referencias a autores españoles que se han ocupado de este tema. Pero Atilana se arriesga más, pues se pregunta por la esencia de esta nación norteamericana al cuestionar, ¿Qué es Estados Unidos? No vamos nosotros a rebelarles la respuesta, pues el libro de esta autora ha de ser leído y estudiado, y es por eso por lo que lo reseñamos.
Asimismo, hemos de subrayar lo que Atilana también focaliza como importante en lo referente a la huella hispánica: el gran trazado de caminos españoles en el muy extenso virreinato de Nueva España (que luego pasaría a ser México y, tras 1848 y con el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, parte ya de los Estados Unidos – con unos colonos que transitaron por dichos caminos en su frenética expansión–). Mas no menos importantes son las guerras inaugurales de naciones e imperios y las ideologías que las promueven, sostienen y desarrollan En este caso las ideas de Frontera móvil en constante ampliación, Doctrina Monroe e Ideología del Destino Manifiesto.
Mención aparte merece la amplia referencia a la escritora Pearl S. Buck, primera mujer de EE. UU. que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1938 y que fue expulsada de la Junta Presbiteriana de Predicadores. Sus novelas y su vida son un testimonio vivo, valiente y sincero del fracaso del pensamiento protestante a la hora de evangelizar China. Lo cual es aplicable a lo que fue la Conquista del Oeste y el exterminio indio, como muy bien ha estudiado Peter Cozzens.
Por nuestra parte y si no es extralimitarse en lo que pretende ser solo una reseña, queremos recordar la esencial ayuda del reino de España a la Independencia de las Trece Colonias que, tras la victoria frente a Gran Bretaña, formarán el núcleo inicial de la joven república estadounidense. Personajes como el rey Carlos III, el conde de Aranda con sus gestiones diplomáticas, Diego Gardoqui (como agente secreto y comerciante), los gobernadores de La Luisiana (posesión española) Luis de Unzaga y Amézaga y luego Bernardo de Gálvez (con sus éxitos bélicos), el diplomático Juan Miralles, etc., forman parte de una galería de personajes ilustres sin los cuales el nacimiento de los Estados Unidos no hubiese sido posible. Y eso por mucho que la Leyenda Negra o la ideología dominante WASP (como se ve en la propagandística pero falaz película «El Patriota»–Roland Emmerich, 2000–) lo oculte o lo minusvalore; y sin embargo sí se realce la ayuda francesa a los rebeldes.
Finalizamos recordando lo siguiente: en junio de 1776 Carlos III abrió un crédito secreto de un millón de libras tornesas para socorrer a la causa rebelde, poniendo esta fuerte suma en manos del conde de Aranda para que la hiciese llegar a su destino. La mitad del dinero se remitió de forma indirecta y la otra mitad se suministró en material de guerra, del que tan necesitados estaban los sublevados. A través de la compañía bilbaína de José Gardoqui e hijos se enviaron 215 cañones de bronce con sus cureñas o afustes (en concreto 209), 27 morteros, 12.868 granadas (balas de cañón), 30.000 mosquetes del modelo 1752-1757 con sus respectivas bayonetas, 512.314 balas de mosquete y más plomo, 300.000 libras de pólvora, 30.000 uniformes completos de excelente paño de Alcoy, 4.000 tiendas de campaña y miles de botas, zapatos y mantas de abrigo; además de medicinas y raciones de comida (incluyendo miles de vacas, procedentes de la región de Texas en Nueva España y a través de La Luisiana, dado el apoyo militar del gobernador Bernardo de Gálvez a las desnutridas tropas del general Washington). No está de más recordar que gracias a todos estos suministros, el futuro primer presidente de la nueva nación estadounidense tuvo sus primeras victorias frente a los británicos.
El mosquete español modelo 1757 era el arma principal de la infantería española en esos años y en general en la segunda mitad del siglo XVIII (aunque hubo variaciones posteriores en sus diseños). Como todos los mosquetes europeos de la época eran armas imprecisas más allá de los 50-60 metros (armas largas pesadas, con un metro o más de longitud de cañón de ánima lisa, ignición por llave de chispa y cargados con cartuchos de papel basto encerado, preparados con una fuerte dosis de pólvora negra de grano grueso y bala esférica subcalibrada; y esto para que entrase fácilmente por la boca del cañón a pesar de los residuos dejados por la combustión de la pólvora tras varios disparos).
El mosquete español 1757 era de calibre 18,3 mm (0.72 de pulgada), el francés era de 17,5 mm (0,69) y el Brown Bess británico de 19,05 mm (0.75). Estas tres armas (además de las importadas de otras naciones en menor cantidad) se batieron en los campos de batalla de los futuros Estados Unidos, con las estrategias dieciochescas de las formaciones lineales frente a frente, donde la soldadesca era carne de cañón y los asaltos finales a la bayoneta resultaban devastadores. Y este hecho también forma parte, como tantos otros (por ejemplo, la introducción del caballo de origen español entre las tribus indias ya desde finales del siglo XVI y principios del XVII) de la huella hispánica en los Estados Unidos de América, que es como se titula el libro de Atilana Guerrero que acabamos de reseñar.