Un gobernante tóxico para gente tóxica

Un gobernante tóxico para gente tóxica. José Vicente Pascual

Ahora Meloni. Este PS nuestro tiene problemas con todo el mundo, lo que quiere decir que el problema es él. A estas alturas, cuando ya nos conocemos todos y las cartas están todas repartidas, no merece mucho la pena argumentar sobre lo pésimo de este gobierno, lo ruin de sus políticas y lo indecente de su posición parlamentaria, mantenida declaradamente por quienes sólo piensan en aprovecharse de su debilidad —léase PNV, o Junts— aunque consideren a Sánchez un patán, a sus ministros unos inútiles y su proyecto de sociedad un disparate. De verdad que ya no merece la pena porque, en líneas generales, las posiciones están tomadas, el voto decidido y el adversario señalado. Ya pueden sacarle al gobierno diez o doce escándalos más, ya puede la oposición meter la pata todo lo que quiera, que cada cual ya sabe cómo va a responder, lo que le importa y lo que le resbala, qué tipo de convivencia le interesa y cómo espera que responda el Estado —o no responda— a sus inquietudes vitales.

Sí conviene, sin embargo, caracterizar con mejor precisión los límites sociológicos y las tendencias psicosociales sobre los que nuestro ínclito PS y sus conchabados asientan la razón de su poder, el motivo último, decisivo, por el que un individuo de características tan enfermizas —persona tóxica de manual—, ha  conseguido mantenerse en la Moncloa durante ocho años y tenga perspectivas realistas de prorrogarse cuatro más a partir de 2027.

Mantengo al respecto una teoría muy particular, y precisamente por eso la expongo. No sé si tendré algo de razón o estaré del todo equivocado, pero como el “amor del montón” de la canción, es mía y le tengo aprecio. Resumo: creo que la inmensa mayoría de las personas que mantienen —mantendrían— con su refrendo electoral, a estas alturas, al gobierno del One, bien directamente votando al partido socialista, bien indirectamente apoyando a formaciones garrapatiles como IU, Sumar, Compromís, etc, son gente tóxica tan tóxica como nuestro presidente. No digo todos —mejor que nadie se dé por aludido—, pero sí en su gran mayoría. Puede haber despistados que voten socialismo por inercia sentimental, por tradición familiar o por un tacticismo personal tan retorcido que, en fin, no lo entiendo pero lo respeto. Aunque ya digo, así lo creo: la inmensa mayoría se integran en el conjunto abrumador de la gente tóxica que campea por España. Un personal con el que no tiene sentido debatir, al que se puede escuchar desde luego, y luego de oírlos, en todo caso, preguntarles: “¿Qué os ha pasado para acabar así?”.

Son esa gente, esos conciudadanos. Son individuos siempre o casi siempre en estado de lamentación porque la vida les ha tratado regular; pero en vez de analizar su propia responsabilidad en los sucesos que determinaron y continúan marcando los pulsos de su existencia, siempre descargan culpas en elementos externos, circunstancias incontrolables, injusticias y desigualdades contra las que no tienen medios ni aliento para luchar aunque, esperan, el Estado y el gobierno se encargarán de ir solucionándolas paulatinamente. No tienen ningún interés en avanzar pero quieren empatar el partido retrasando a los demás, y a eso llaman equidad. Son gente, por lo general, con muy poco que perder y muy dispuestos a que todos lo perdamos todo en aras de la igualdad; sujetos sin horizonte ni otra aspiración que la pobreza bien administrada, sin miseria y con guarderías gratis, con transporte gratuito para niños y ancianos, con ayudas de subsistencia mínima vital para familias sumidas en la precariedad, con asistencia sanitaria “gratis” y con escuela pública “gratis”. Lo “gratis” es la gran coartada, el argumento supremo, la gran conquista social, y ninguno y ninguna de entre ellos/as se dará cuenta, nunca, de que les sorben la vida y les esquilman tiempo y alma, les roban cada vez que compran garbanzos en el supermercado y con el fruto del saqueo les compran lo “gratis”. Y así funciona el negocio.

Hay varios personajes paradigmáticos de esta tropa alienada, hipnotizada por una promesa de futuro que nunca llegará pero hace soportable el camino gracias a los ímpetus que prestan el resentimiento y la mala uva. Uno de los que más me llaman la atención —de paradigmas hablábamos—: la feminista tóxica peliteñida que odia a los hombres, odia a la cultura occidental por “machista” e “imperialista”, odia a todo el que no comparte su queja y, en realidad, odia el mundo y la vida y se odia a sí misma por haber nacido mujer. A esa persona conviene no preguntarle qué opina de esto y de lo otro; lo prudente, de nuevo, sería interesarse: “¿Qué te ha pasado?” Porque algo serio y quizás sucio le ha pasado, seguro: un matrimonio envenenado, una historia de maltrato, una decepción calamitosa y una frustración de por vida. Así es ella, así son en mayoría los integrantes de la legión del “¿Qué te ha pasado?”. Y contra ese rencor poco puede hacerse.

Muchos se preguntan cómo es posible que un tío tan hortera, tan insustancial, tal falso y vacío como PS continue en el poder. Yo creo que la respuesta es de lógica: es un presidente tóxico hecho a molde de la gente tóxica que recorre los escenarios de la patria, se digan progresistas, nacionalistas o simplemente de mala índole espiritual. No son el mal, pobres ellos. No son el mal. Son, a su pesar y al mismo tiempo, la excusa y la consecuencia del mal. Porque existen, tenemos “gobierno progresista”; si dejase de existir la razón de su presencia, adiós progresismo y adiós psicópatas en la Moncloa. Total, que el mal los quiere eternos, los necesita inmediatos y cuantos más, mejor. A ver lo que duran.

Que durarán lo suyo, seguro.

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