Una actualización del credo del incrédulo

Una actualización del credo del incrédulo. Diego Chiaramoni

Hacia 1984, tres años después de su muerte, se recopilan una serie de textos del Padre Leonardo Castellani bajo el título Las ideas de mi tío el cura. Son trabajos que hoy no pasarían el tamiz inquisitorio de lo políticamente correcto. Los textos fueron escritos entre 1933 y 1945, una época en la que los ejes de discusión geopolíticos, eclesiales y filosóficos eran otros, pero que, bien leídos, hallamos entre todo aquel material, algunas piezas superlativas. Castellani medita sobre la cuestión judía, la desesperación pagana, la situación argentina ante el mundo, los premios literarios de entonces, la guerra civil española y se adelanta casi dos décadas –Castellani tenía el don de la Profecía- al diálogo entre católicos y marxistas. Entre las páginas de esta recopilación de artículos, encontramos el Credo del Incrédulo, un texto irónico en el cual el autor glosa el Credo de los Apóstoles a la luz de los dogmas paganos del hombre contemporáneo:

Creo en la Nada Todoproductora, donde salieron el cielo y la tierra.
Y en el Homo Sapiens, su único Rey y Señor,
que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de la Santa Materia,
bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisicionado, muerto, achicharrado,
cayó en la miseria,
inventó la Ciencia,
y ha llegado a la Era de la Democracia y la Inteligencia.
Y, desde allí, va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el Libre Pensamiento,
la Civilización de la Máquina,
la Confraternidad Humana,
la Inexistencia del pecado,
el Progreso Inevitable,
la Putrefacción de la Carne
y la Vida Confortable.

Antiguamente, escribe Castellani, se creía que el incrédulo era el absoluto escéptico, aquel que no podía fiarse de nada y menos en sede sobrenatural. Pero en verdad, el incrédulo no es que no crea en nada, sino que es más dado a creer que el resto de los mortales. Es que el hombre no puede renunciar a su vocación religiosa, a esa herida metafísica que lo llama más allá de sí mismo. Sucede que quizás, como decía Chesterton –tan admirado por Castellani-, cuando el hombre deja de creer en Dios, cree en cualquier cosa. Yo he visto muy buena gente que, abandonada su fe, dejada a un costado del camino, empezó a creer en las lámparas de sal, en las pirámides de energía, en el vegetarianismo redentor o en el dulce de leche dietético; y claro, ya no le rezan a un Dios personal, sino al “Universo”.

Pensando en todo ello y evocando aquella página del cura Castellani, he dado forma a una actualización del Credo del Incrédulo el cual, respetando sus 12 artículos, dice más o menos así:

 

Creo en las redes todopromotoras, donde se invierten el cielo y la tierra.

Y en el Homo Videns, su único hijo, indigente adulador.

Nació de la Santa Pantalla.

Se alimentó del poder de la oligofrenia del capital.

Fue ponderado, impuesto y maquillado.

Inventó Instagram, el gym, las barberías y el cuantificador del like.

Desde el trono del algoritmo ha de venir a juzgar a infames y exitosos.

Creo en la libertad de contenidos.

La civilización tecnificada.

La homogeneización de la raza humana.

El relativismo como norma, la culpa como invento

y el cuerpo perdurable… Amén

 

Queda hecha mi parte recogiendo el ovillo de Castellani. Los tiempos se aceleran y quizás se requiera una nueva actualización en breve tiempo, o no. Al fin y al cabo, el Credo del Incrédulo es siempre el mismo.

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